Mentiras, cambios de opinión, inexactitudes o ignorancia

Uno es honesto y sincero, mientras que los demás mienten, o al menos ese es el mensaje principal que nos han dejado los candidatos a la presidencia del gobierno durante las semanas previas a las elecciones del 23-J. Pocas veces como esta, las mentiras del rival han copado la campaña, lo que da una muestra del nivel de nuestra clase política y de la poca ilusión que sus propuestas de futuro transmiten a los votantes. De las mentiras de “Perro Sánchez” a “Fakejóo”, de “los manipuladores de Vox” a las “inexactitudes” de Sumar. Parece mentira, si se me permite la gracieta, porque “parece mentira” que en esta sociedad de la información se nos tenga más desinformados que nunca, lo cual es cualquier cosa menos casual.

La campaña comenzó con la entrevista que el presidente del gobierno concedió a Carlos Alsina, en la que el periodista le inquirió: “¿por qué nos ha mentido tanto?”. Y Pedro Sánchez contestó, con el cuajo que tiene acostumbrado y sin perder la compostura, que él no había mentido, solo había cambiado de opinión. Que asuntos en los que tenía una opinión (indultos, pactos, el delito de sedición o malversación, política fiscal…) había tenido que modificar sus planteamientos, pero que eso no era ninguna mentira. Recuerden algunos cambios de opinión resumidos en Sí se puede. Antes no se podía, pero ahora ya sí se puede. A la mañana siguiente, el propio Carlos Alsina detalló una serie de mentiras (y no cambios de opinión) que el presidente había tenido durante los años previos.

El candidato del Partido Popular Alberto Núñez Feijóo no se libró del escrutinio del mismo Carlos Alsina. Por mucho que el gallego dijera que se sometería a cualquier prueba o máquina de la verdad porque “a mí me importa mucho que no se diga de mí que miento”, Alsina le desgranó todas las mentiras que dijo el día del debate cara a cara frente a Pedro Sánchez. A raíz del debate, el equipo de campaña del PSOE pasó a cimentar su campaña en las mentiras de Feijóo, o “Fakejóo”, como circuló en redes sociales, y los asesores del PP pasaron a hablar de “inexactitudes”, de interpretaciones de los datos. Creo que el día que Feijóo afirmó de manera vehemente en Televisión Española que el PP “nunca dejó de revalorizar las pensiones conforme al IPC” estaba diciendo lo que él creía cierto o lo que le habían asesorado, luego no era tanto un problema de mentiras como de ignorancia. La propia periodista de la cadena pública, Silvia Intxaurrondo, trató de sacarlo de su error: “No lo hicieron en 2012, ni en 2013, ni en 2017”. Datos fácilmente contrastables, como todos aquellos en los que patinó Sánchez de manera reiterada durante el cara a cara. ¿Nos mienten o son muy malos? Yo creo que ambas cosas.

¿Mentía Santiago Abascal cuando reprochó a Sánchez que había sacado adelante la reforma laboral con un pacto con Bildu? No creo que lo hiciera a conciencia, simplemente no se preparan los temas, hablan para los suyos. Cuando Yolanda Díaz se empeña en hablar de las bondades de la reforma laboral mientras oculta el dato de los fijos discontinuos sin trabajo, ¿nos miente, nos da una información sesgada por su propio interés, o es que lo ignora? Cuando la misma cabeza de lista de Sumar suelta la mentira tan demagógica de que las grandes empresas pagan el tres por ciento de impuestos, ¿lo hace sabiendo que miente o es por mero desconocimiento? Por cierto, quien inició este bulo archirrepetido elección tras elección fue el ministro del Partido Popular Cristóbal Montoro. Montoro miente, escribí en su día, y lo dije con todas las letras porque, al contrario que muchos de los candidatos actuales, el exministro de Hacienda sí sabía de lo que hablaba.

A mí, como votante cabreado que no quiere dejar de votar, me molesta mucho. La mentira y la incompetencia. La manipulación y la ignorancia de aquellos en quienes supuestamente depositamos nuestra confianza. La semana del 23-J el diario El País publicó un artículo de Carmen Domingo titulado Ganar votos con mentiras. Obviando el sesgo del artículo, recuerda que gracias al PolitiFact, una organización sin ánimo de lucro para detectar fake news, supimos que el setenta por ciento de las afirmaciones realizadas por Donald Trump durante su campaña fueron falsas, pese a lo cual ganó, y pese a todo lo cual podría volver a hacerlo.

“Por desgracia, vivimos en un mundo en el que los políticos pueden desafiar los hechos, inventárselos incluso, y no pagar ningún precio político por hacerlo, consiguiendo desacreditar a la política al tiempo que la mentira acaba no solo cobrando mucha más importancia que la verdad, sino que se rentabiliza de mejor manera”. En la misma página de El País en la que se publica el artículo, se incluye otro de Soledad Alcaide, Defensora del Lector, sobre las críticas a Feijóo atribuidas por Xavier Vidal-Folch a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.

Cada uno barre para su casa, y pese a los desmentidos raudos y categóricos de la propia Comisión Europea y su gabinete, negando dichas palabras, para el periódico aquello fue «Una afirmación delicada sin contrastar». Otro modo de llamarlo. La “futbolización” de la política: los míos siempre dicen la vedad, aunque mientan, y los otros siempre mienten, aunque sus datos sean veraces. Una pena.

Como fue una pena comprobar a eso de las once de la noche que todos ellos, mentirosos, ignorantes, manipuladores y esparcidores de mierda, habían logrado polarizar la sociedad de tal modo que los “bloques” en ese momento estaban empatados a 171 escaños. En ese momento, mientras en Ferraz comenzaron a cantar el guerracivilesco “No pasarán”, las redes sociales de corte derechista hablaban de “pucherazo”, y a mí me entró un escalofrío por todo el cuerpo. Nunca pensé que llegaríamos a esto.

En estos últimos meses hemos visto cómo se han desprestigiado (con cagadas impropias de sus dirigentes y con mentiras de los opositores) instituciones básicas como la administración de Justicia, Correos, la Junta Electoral Central, Televisión Española (siempre estuvo sometida al partido en el poder), los medios de comunicación, el CIS, el Banco de España, Renfe o Adif (por la avería del domingo), incluso una entidad semiprivada como Indra, una empresa que se contrata de manera habitual en numerosos países para sus procesos electorales.

Todo vale contra el enemigo. Recordemos el “necesitamos un gobierno que no nos mienta” en plena jornada de reflexión y duelo tras el 11-M de 2004. En aquellos momentos de confusión, Ángel Acebes mantenía la autoría de ETA de los atentados pese a las primeras detenciones, y Rubalcaba y los suyos alentaron a los suyos a asediar sedes del PP de una manera nunca vista. Un periodista de prestigio (y clara afinidad ideológica) como Iñaki Gabilondo informó de aquella otra falacia de los terroristas suicidas con tres capas de calzoncillos para azuzar la batalla mediática, una mentira nunca contrastada de la que tuvieron que desdecirse tiempo después, como de tantas otras que los distintos medios dijeron esos días. Todo valía y todo vale, y además, todo parte de una consideración de la sociedad como imbéciles fácilmente manipulables. Que quizás sea cierto. Lo dije cuando gobernaba el PP y lo mantengo ahora, Nos toman por imbéciles.

Hace pocas semanas se ha inaugurado en el Espacio Fundación Telefónica una interesante exposición: Fake News, la Fábrica de mentiras. La exposición trata la creación de la mentira con sus distintos objetivos, algunas de las grandes fake news de la historia, las estrategias de desinformación, el papel de los medios de comunicación y los tan necesarios fact-checkers, los verificadores. En uno de los apartados, se habla de la Escalera de la manipulación definida en su día por Claire Wardle, experta en desinformación, quien distingue siete pasos o peldaños de menor a mayor en función del grado de deliberación del engaño:

  • Sátira o parodia.
  • Conexión falsa.
  • Omisión de contenido.
  • Contexto falso.
  • Contenido impostor.
  • Contenido manipulado.
  • Contenido fabricado.

Por desgracia, cada día tenemos menos parodia, menos humor, y más contenido fabricado o manipulado. Tomé la foto con la que empieza este post a la entrada de la exposición y cada frase (Platón, Orwell, Huxley, Goebbels) da más miedo que la anterior. La información circula a toda velocidad por el mundo y apenas hay tiempo para combatir la desinformación y la mentira. El ministro de propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels, acertó con sus once principios de la propaganda, y me preocupa el de la vulgarización: el mensaje debe ir dirigido al menos inteligente de los individuos que va a recibirlo. Como el principio de la simplificación. Qué drama.

Vuelvo a las mentiras y a las campañas electorales. Hay una serie de partidos que no mienten nunca, o que cumplen lo que proclaman: son los nacionalistas. Han dejado bien claro que les importa muy poco la gobernabilidad de España y la situación económica o social de fuera de sus territorios. Saben que sus votos valen más que los de otros partidos, que son fundamentales para la investidura, van a exigir contraprestaciones, algunas de ellas inasumibles, y así se lo han hecho saber a los dos principales partidos desde hace décadas. El mismo sistema suicida en el que llevamos anclados desde hace décadas.

De avispas y mariposas

Calle 45, a la altura de la Décima Avenida, planta 14ª, 1.32 de la tarde. En ese preciso instante, una mujer de mediana edad que respondía al nombre de Cathy puso un cazo a hervir. Mientras el agua se calentaba, abrió la nevera para buscar un par de huevos, algo de lechuga un tanto pasada, un tomate y… sí, ahí estaba, al fondo, una lata de atún medio abierta que había dejado la noche anterior. Su diminuto apartamento estaba hecho un desastre. Desordenado, sucio, caótico. Cathy siempre pensó que hacía juego con el mobiliario barato que su casero se negaba a sustituir, si bien ese día se había propuesto «pasar un trapo y ordenarlo, que ya va siendo hora».

Cualquiera que se hubiera cruzado con ella en la última hora la habría visto contenta. Buscó su lista favorita de Spotify en el iPhone XIII que acababa de agenciarse y lo apoyó junto al microondas. Taylor Swift. Subió el volumen, incluso tenía ganas de bailar. Por primera vez en mucho tiempo. Lo que Cathy no podía esperar fue la sacudida que experimentó segundos después, el estruendo con el que la diminuta ventana de la cocina saltó en mil pedazos. Al principio pensó que alguien estaba disparando, lo cual no sería extraño pues no era la primera vez que se escuchaban tiros en el vecindario. Algo rebotó contra el microondas, contra un armario, contra la pared contraria y se quedó botando en el suelo. Cathy se tiró al suelo para evitar lesiones y desde allí, con la cara pegada a los azulejos de la cocina comprobó asombrada que se trataba de una bola de golf. En su trayectoria, había destrozado la ventana, había hecho una marca a la puerta del armario y «no, no, no, dime que no», la puerta del microondas y el iPhone último modelo. La pantalla estaba hecha añicos.

Calle 46 con la Undécima, 1.09 de la tarde. Nada más entrar al piso, Will dejó las llaves en la repisa de la entrada, soltó la pesada caja que llevaba en brazos y se pasó el pulgar por la comisura de los labios, por donde todavía le brotaba algo de sangre. Se lamió la llaga del interior de la boca y soltó un sonoro «Fuck!». Varias veces. Se quitó los Martinelli y apartó la caja con el pie para dirigirse a la cocina. Abrió la nevera y sacó una lata de cerveza. De las buenas, de las de selección. Se recostó en el sofá, abrió la lata y nada más darle un buen trago se la apoyó sobre la herida de la boca. No fue el alivio que esperaba, aunque la mantuvo ahí unos cuantos segundos más. Le dolía la cabeza, que echó hacia atrás mientras cerraba los ojos. En esa posición, intentó dar otro sorbo a la cerveza, pero se derramó más sobre su camisa y la tapicería que la que pudo ingerir.

Varios «fuck» más y un lamento por un día en el que nada había salido bien. Acababa de quedarse sin trabajo, la policía le había inmovilizado el coche, se había llevado un buen guantazo de un indeseable y para colmo no era capaz ni de tomarse una fucking beer tranquilo. Recordó que en los momentos de estrés en el trabajo solo le relajaba el golf. Soltar unos cuantos swings con la madera. Había varios lugares relativamente cerca del trabajo a los que podía acudir a «soltar unos bolazos», ya fuera en campo abierto, como le gustaba, o en alguna nave cercana a la zona financiera. El caso era liberar tensión, sentir el sonido del driver sobre la bola y ver el recorrido de la misma, bien sobre un césped verde primorosamente cuidado, o impactando contra la red de protección. En cada golpe movía decenas de músculos y eso era lo que Will sentía que necesitaba en ese preciso instante. Así que metió unas treinta bolas en una cesta, sacó la bolsa de palos del armario, se la colgó al hombro y salió del piso. Mientras esperaba el ascensor, se le ocurrió coger la alfombrilla de entrada, la enrolló y la metió en la bolsa. De camino a la azotea del edificio pensó que iba a cometer una locura, pero total, qué importaba ya nada a esas alturas.

Y qué altura tan maravillosa, pensó, qué poco he salido aquí. Allí, entre salidas de refrigeración, tuberías, antenas y cuadros eléctricos buscó un buen sitio despejado, miró la orientación del sol y desenrolló la alfombrilla, en la que situó la primera de las bolas y un tee. Como si de una calle de un campo de golf se tratara, apuntó hacia el espacio entre las hileras de edificios, por donde a esas horas pasaban un montón de coches. Tomó aire y ¡Buuum!, soltó con rabia el primer golpe. Descargó toda la furia contenida de las últimas horas y la bola salió recta a casi ciento ochenta kilómetros por hora. «Ha cogido calle», sonrió de manera sarcástica mientras intentaba averiguar el destino final de la bola. Quiso escuchar los efectos de su golpeo, un bocinazo, una frenada de dos coches, un impacto… Pero con el estruendo de Manhattan resultaba imposible. Satisfecho, más relajado, Will puso otra bola, se giró unos treinta grados y apuntó de nuevo. Hacia un edificio situado a unos doscientos metros.

Calle 49, entre la Séptima y la Octava Avenida. 11.40 de la mañana. Un ciclista baja la calle a toda velocidad. El chaleco amarillo reflectante ondea sobre un uniforme completamente negro: camiseta de manga larga, pantalón corto, calcetines, zapatillas, gafas oscuras… todo es negro excepto el casco. Y el color de piel de Sam, aunque no sea políticamente correcto mencionarlo. Su aspecto parece el de un mensajero profesional, salvo que no luce ningún distintivo en su vestimenta ni en la bici con la que se desplaza con agilidad. A una velocidad inapropiada para el trasiego de la zona. Cuando el coche que le precede señaliza el giro a la izquierda para enfilar Broadway, Sam se mueve ligeramente a la derecha para no tener que frenar y perder velocidad. Se acerca de manera peligrosa a los coches aparcados a la derecha. Sam sabe que asume un riesgo, tanto que si se abriera en ese momento la puerta de algún coche se lo llevaría por delante. Que es exactamente lo que ocurre con un Honda plateado cuyo conductor intenta salir de manera impetuosa.

Pese a la calidad de los frenos de la bici, el choque es inevitable. Sam salta por encima de la puerta, aunque consigue caer con habilidad y que el impacto contra el suelo se amortigüe ligeramente con la mochila que lleva a la espalda. La sorpresa de Sam es similar a la del conductor, que baja del coche y trata de ayudarlo. Estás bien, cómo te encuentras, te ayudo, suéltame, imbécil, es que no miras antes de abrir, y tú a qué velocidad ibas, tarado. Pese a que le había puesto la mano sobre el hombro para ayudarlo en su incorporación, el ciclista se suelta, lo aparta con desdén. Se mira la rodilla, la flexiona con dolor, analiza la quemadura del asfalto, no sangra, bien, no te has roto nada, sigue, joder, no llegues tarde. Lo siguiente es analizar la bici, recogerla del suelo y ver que todo funciona. El conductor le ayuda, o lo intenta, pero Sam lo aparta de nuevo, ya enderezo yo el puto manillar, parece que no me has destrozado nada. Gira un par de veces ambas ruedas sobre el aire y farfulla: “siempre igual, los putos ejecutivos que vais a vuestra bola y no miráis nada”.

A un centenar de metros aparece un coche de policía y “el ejecutivo que va a su puñetera bola” le dice a Sam que tienen que rellenar un parte, o que quizás deban llamar a una ambulancia para confirmar que no se ha hecho nada, pero Sam le dice con malos modos “no way, man”, que se pira. Se quita la mochila, abre la cremallera, comprueba que el contenido está bien, vuelve a cerrarla y se la pone a la espalda con celeridad para salir en bici lo más rápido posible. Espera, no puedes irte así, deja que la policía, que me sueltes, que no voy a dejarte ir, que me sueltes he dicho… El puñetazo en la boca fue el final del forcejeo. Cuando Will se repuso del golpe, el ciclista ya se había fugado como alma que lleva el diablo. Subió al coche y quiso arrancar para ir a por él, pero a su lado se había situado el coche de policía. Bloqueando cualquier posible salida. Will miró hacia la acera, donde un grupo de gente había presenciado toda la escena. Sí, lo sabía perfectamente antes de que se lo dijera el agente: estaba aparcado en una zona prohibida. Yes, Sir, solo iba a esa tienda, pensaba parar dos putos minutos.

Tienda de telefonía móvil de la calle 49, 11.42 de la mañana. Laurie no se fiaba de la clienta que acababa de entrar en la tienda, pero bien sabía ella por algunos miembros de su familia lo inadecuado que era formarse una opinión de las personas por su aspecto, así que trató de atenderla con la amabilidad acostumbrada. La clienta sospechosa comenzó pidiendo información sobre un móvil de gama media, uno de esos coreanos, o mejor, ¿cómo es esa marca china que dicen que son tan buenos?, pero las sospechas de Laurie aumentaron cuando vio que preguntaba sobre modelos cada vez más caros.

Por encima del hombro de su clienta, Laurie vio que algo pasaba en la calle, que un grupo de unas veinte personas se había congregado en la puerta de la tienda y que miraban algo, como una pelea o un accidente de coche. O ambas cosas. La curiosidad, ese fuerza motora capaz de superar cualquier cansancio o debilidad, hizo que numerosos clientes de la tienda comenzaran a salir por la puerta. Laurie avisó a su compañera, voy a bajar la rejilla de cierre, como dice el encargado que hagamos cuando haya follón en la puerta, que ya sabes que en esos momentos suelen pasar… Sí, cosas, como que suene la alarma de robos porque alguien acaba de pasar el arco de seguridad sin pagar. El sonido de la alarma es insoportable. A Laurie no le da tiempo a bajar la rejilla del todo, la clienta sospechosa se agacha con agilidad y sale de la tienda con el bolso apretado fuertemente contra el costado. Shit, shit, shit, suelta Laurie, que intenta retener a la mujer, pero la rejilla ha bajado demasiado y tiene que esperar a que suba de nuevo para salir a la acera. Demasiado tarde, ha huido, es una puta gacela. Señor agente, acaban de robarnos, intenta decir, aquella chica que huye por allí, pero los agentes solo tienen ojos para el tipo del coche mal aparcado, un tío que grita mucho a los agentes, que está fuera de sí, y tiene la camisa por fuera y sangre en la boca.

Me gusta creer que en este inmenso avispero que son las ciudades modernas las vidas de sus habitantes están mucho más relacionadas de lo que nos creemos. Y es un avispero no solo por el movimiento frenético de los habitantes de la colmena de Cela, sino por los aguijones que todos portan para sacarlo a relucir en las situaciones de peligro. Al narrador omnisciente le gusta imaginar que hay una especie de justicia poética o karma que premia o castiga nuestras acciones. Por supuesto, en esta historia que acabo de pergeñar, no es casualidad que el segundo bolazo de Will destrozara el iPhone que Cathy acababa de robar en la tienda. Como tampoco lo es que el primer bolazo, el que cayó en mitad de la calle 46, impactara contra la luna delantera de un coche, cuyo conductor pegó un volantazo y se llevó por delante a un ciclista con aspecto de mensajero de nombre Sam, que nunca llegó a entregar su paquete. Al registrar sus pertenencias para identificar el cadáver, la policía encontró un paquete de cocaína y dos sobres con varios fajos de billetes.

Aquel arqueólogo del sombrero y el látigo (II)

Pulgar hacia arriba, claro que sí. Pasé un buen rato en el cine, disfruté de una peli entretenida, de una historia que homenajeaba perfectamente a la saga y que cierra de manera bastante digna las andanzas del personaje que comenzó a principios de los ochenta. Y a partir de aquí, spoilers a manta, voy a contar todo lo que me venga a la cabeza sobre Indiana Jones y el Dial del Destino, la quinta y última entrega (de momento) de las aventuras del arqueólogo del sombrero que no se pierde, la chupa ajada, la cicatriz en la barbilla y el látigo para todo.

Desde el primer instante, desde el fotograma inicial, desde ese capítulo previo que antecede siempre al argumento central, experimento dos sensaciones contrapuestas: el respeto absoluto al fondo del Indiana Jones más clásico y la ruptura completa con el pasado en cuanto a la forma. El fondo es el guion y los efectos especiales constituyen la forma. Y así como aplaudo el primero, y celebro varios de sus momentos, en ocasiones me echa para atrás lo segundo, el abuso de los efectos digitales.

Homenajes a la trilogía clásica

El Dial del Destino (DdD) ha sabido conjugar los clichés de Indiana Jones, explotar la añoranza y homenajear de manera persistente al Arca Perdida (AP), la Última Cruzada (UC) y en menor medida, el Templo Maldito (TM). La presencia de la Calavera de Cristal (CdC) es residual en la trama, y sin duda los guionistas y productores hicieron bien, acertaron con la decisión, pues se ve que tenían claro lo que gustaba a los espectadores tradicionales. La joven heroína de esta entrega es una arqueóloga que por momentos recuerda a la doctora Elsa Schneider (UC) o a Irina Spalko (CdC), pero vemos finalmente que no es así, que no pertenece «al Lado Oscuro». Se trata de Helena (Phoebe Waller-Bridge), la ahijada de Indiana Jones, una mujer absorbida desde pequeña por las leyendas sobre las reliquias misteriosas de este mundo de zumbaos que compartían su padre y el protagonista. Recupera la aversión de Indy por los nazis (AP-UC) y por las serpientes (AP), así como una escena en la que tanto su cuerpo como el de su acompañante femenino están cubiertos por insectos (TM), bichos gordos como una pelota de tenis y asquerosos como una cucaracha del tamaño de un kiwi. O momias que aparecen de repente como si estuvieran vivas (AP y TM).

A lo largo del metraje aparecen personajes míticos de la primera entrega (AP), como Marion (Karen Allen, AP y CdC) y Sallah (John Rhys-Davies), y una actualización de otros personajes:

– Brody, Denholm Elliott, fallecido en 1992, secundario en AP y UC: aquí se nos muestra en la figura del profesor Basil Shaw (Toby Jones).

– Tapón, el niñato del TM, en mi top-5 de la lista de Niños exterminables del cine: ese niño un tanto cargante, un ratero de buen corazón muy hábil en el manejo de todo tipo de vehículos, es reconvertido en DdD en Teddy.

El malo malísimo del DdD está, según mi parecer, entre los mejores de la serie completa. El actor danés Mads Mikkelsen tiene una presencia enorme, ya sea haciendo de alcohólico convencido (Otra ronda) o de científico tan brillante como peligroso (DdD o en Rogue One, donde trataba de escapar del Imperio galáctico). Se menciona de pasada al hijo de Indy y Marion (CdC, «felizmente» fallecido para la trama) y se recurre también a un gigantón indestructible (AP) y a un marinero aparentemente cínico con mucho mundo recorrido a sus espaldas, más cercano al capitán Katanga (AP) que al Corto Maltés de Hugo Pratt. Este marinero con nombre de futbolista brasileño, Renaldo, es interpretado por Antonio Banderas y se queda corto. Insulso. Una pena, porque Banderas podía haber aportado un personaje de mayor peso e interés.

Para los escenarios se volvió a recurrir a los clásicos: las calles de Marruecos sustituyen a las de El Cairo (AP), una mansión tomada por los nazis en Los Alpes (UC), una isla griega (AP), la universidad (AP y UC), las grutas (TM), incluso aparece un puente colgante (TM) cuyas tablillas son más frágiles que las motivaciones de algunos personajes. No faltan los clásicos mapas para situarnos de manera espacial (sin los errores que ya comenté en Una furgoneta del siglo XIII) y para las elipsis temporales de los movimientos de los personajes: así no se pierde tiempo, nos traslada velozmente la acción a otro lugar.

En cuanto a las escenas de acción, se ha recurrido igualmente a lo que se sabe que funciona para el profesor Jones: la persecución por las estrechas callejuelas de una ciudad del norte de África (AP), una pelea y persecución en el tren (UC), Indy a caballo (AP), las motos nazis (AP, UC), un tiroteo cruzado en un tugurio entre numerosos personajes que anhelan el mismo objeto (TM) y unos artilugios o trampas mecánicas que siguen funcionando a la perfección dos mil años después de su construcción (AP, UC). Ni las raíces, ni la humedad, ni la huella del hombre o la erosión del terreno han hecho que una trampilla diseñada por Arquímedes siga funcionando dos milenios más tarde. Pues vale, esto es Indiana Jones, lo aceptamos todo.

Puede que parezca que estoy criticando el guion por esa aparente falta de imaginación que hace que se recurra a lo clásico (como ocurría con El despertar de la Fuerza, que copiaba literalmente todo lo copiable de La guerra de las galaxias), pero no lo es en absoluto. Los guionistas (los hermanos Butterworth de manera conjunta con el director James Mangold) eran conscientes de que un Harrison Ford de casi ochenta años no podía afrontar determinadas escenas de acción y sitúan al personaje en 1969, poco después de la llegada del hombre a la Luna. La jubilación del profesor en la universidad es una declaración de intenciones: el profesor Jones está retirado, es consciente de que no puede afrontar determinadas situaciones de riesgo, aunque alguna que otra acometerá. Sus propias alumnas, que lo miraban embelesadas durante sus clases en las primeras entregas, se nos muestran en esta ocasión medio dormidas y tan aburridas como en una peli de Transformers. El viejo profesor Jones no es capaz de transmitir la energía que tenía, ni la pasión por los objetos de la antigüedad. Es imposible que hubiera una escena del veterano Indy descolgándose con el látigo y se agradece la omisión. De hecho, la escena inverosímil de saltar desde un caballo a un vehículo en movimiento (AP), aquí ni más ni menos que a un avión, es interpretada por Helena, no por Mr. Jubilado. Sabia decisión.

Todas las películas de Indiana Jones tienen un componente mágico, esotérico, ya sea con el poder de las viejas reliquias del Antiguo y Nuevo Testamento (AP, UC), con las piedras Shankara (TM) o con la aparición de extraterrestres (CdC). En el DdD nos vamos a los viajes temporales, una decisión arriesgada que sin embargo a mí particularmente me encantó. Esa batalla de Siracusa en la que aparece un avión nazi… jojojo, ¡grandiosa!

El objeto perseguido a lo largo de toda la trama, la Anticitera, es un objeto misterioso que existe en realdad: la Anticitera, que se halla en el museo de Atenas. Es un artefacto provisto de 72 engranajes que hizo creer a los especialistas que podía tratarse inicialmente de un reloj, pero es que los primeros mecanismos de relojería datan del período 1400-1450 y se cree que la Anticitera es del siglo II a.C. Para los expertos sigue siendo un misterio, incluso si se confirma que era una especie de reloj astronómico completamente avanzado a su tiempo, unos dieciséis siglos «nada más». Alucinante, gran elección la del DdD.

El abuso de los efectos digitales

Todo es CGI en el DdD. Todo. Y es una pena. La trilogía clásica de Indiana Jones nos encantaba porque olía a polvo, a sangre real, a barro, nos dolían los golpes que recibía Indiana Jones y sufríamos con su manera de arrastrarse por el suelo bajo un camión o en la pelea sobre el barranco con el Mola Ram. Todo eso desaparece. La escena inicial con las motos nazis carece de la emoción de la UC, no digamos del referente que es La gran evasión para el uso de estos vehículos. Ni rastro de la adrenalina que nos provocaba en su día ver a Steve McQueen huyendo de los nazis y tratando de saltar las barreras que lo llevarían a Suiza. Muchos medios en el cine actual, pero es incapaz de provocarnos la emoción de una película que esta semana ha cumplido la friolera de sesenta años.

El CGI tiene virtudes indudables. Pese a las críticas que he leído o escuchado, a mí sí me gustó ver al «joven» Harrison Ford situado en 1944, pero luego los efectos empiezan a fallar cuando se pone en movimiento. De manera especial, cuando camina sobre el tren en la fuga. Me parece tan irreal como el Tom Hanks digital de Polar Express. Pero es que además tengo la sensación de que no se han trabajado los paisajes, los contornos, que se ven difusos y como de videojuego. Me esperaré a verla de nuevo para fijarme con más detenimiento en esos detalles.

Y luego está como gran pega uno de los males que aquejan el cine actual: como la tecnología puede hacerlo casi todo, y como a los chavales hay que ofrecerles acción constante y desenfrenada, el metraje se alarga más de lo necesario. Numerosas escenas no se recortan cuando está claro que ya no dan más de sí (la persecución por las calles de Tánger, por ejemplo). Dos horas y treinta cuatro minutos de película, de los cuales podían haber sobrado perfectamente de veinte a treinta. Falta contención, sobra el exceso. Y para eso no había nadie mejor que Steven Spielberg.

Conclusión

Es una dignísima despedida del personaje, claro que sí. Pulgar hacia arriba, como decía al inicio. Desconozco si el peso que adquiere el personaje de Helena es para continuar la saga por esta nueva vía, igual que en su día se explotó el personaje para televisión con las aventuras de El joven Indiana Jones. La falta de imaginación del cine actual hace que se repitan una y otra vez las mismas fórmulas, y el rescate de los ochenta parece no fallar: Terminator, Predator, Aliens, Mad Max, Star Wars… Pero no creo que Harrison Ford repita más. El personaje se ha jubilado, igual que se cargaban a Han en la saga galáctica, quizás para que no repitiera más. También rescataron su Rick Deckard de Blade Runner para esa secuela-tostón ambientada en 2049, ¿va a rescatar también al poli de Único testigo, Mr. Ford?

Y por último, cómo saben buscarnos la fibra sensible en Hollywood:

– ¿Dónde te duele, Indy? ¿Aquí? ¿Aquí?.

Aquel arqueólogo del sombrero y el látigo (I)

(Cartel diseñado por el artista Enter Gapz para LucasFilm y Bottleneck Gallery)

TRAVIS, 01/07/2023

Si tuviera que definir qué es el hype, o cuándo tuve esa sensación de hype, de expectación por ver una película, tendría que remontarme a aquellos tiempos lejanos en los que ni siquiera sabía que existía esa palabra. A principios de los ochenta vi un documental bastante largo sobre cómo se rodó En busca del arca perdida, una peli que recuperaba el género de aventuras y lo llevaba a una dimensión desconocida entonces para mí. Yo no tenía ni doce años y solo esperaba que esa peli sobre un arqueólogo (que seguro que ni sabía lo que era esa profesión) metido a aventurero en una trama con nazis y árabes llegara a los cines españoles. Veía a un tío metido en un foso con miles de serpientes o arrastrándose bajo un camión para volver a subirse al mismo, lo veía pelearse con un gigante nazi a puñetazo limpio mientras su chica estaba a punto de palmar en una avioneta que se dirigía a un incendio y solo pensaba: «¿cuándo podremos ver aquí esta maravilla????». Lo reconozco, me sabía algunas de las interioridades de la peli muchos meses antes del estreno, pero eso no restó ni un ápice el disfrute de lo que fue aquel primer visionado. Lo de menos era el propio arca perdida del título, el Arca de la Alianza que conforma uno de los grandes MacGuffins de la historia del cine.

Como ya he comentado alguna vez en este blog, en mi familia no éramos de cine de estreno (sesión numerada), sino de aquellos maravillosos programas dobles en gozosas sesiones continuas de cine. Y de Sesión de tarde los sábados después de comer. Lo que vi de Indiana Jones tenía mucho de esa manera de disfrutar del cine tan de otra época: espectáculo sin contemplaciones, ritmo desenfrenado, una buena historia como excusa para subirte al carro de una montaña rusa, nada de artificios intelectualoides ni referencias cultas o guiños a la galería, ¿para qué?… Y todo ello armado sobre un gran guion. Sólido, robusto, divertido, con humor socarrón y acción, que requiere de la suspensión de la incredulidad, cierto, pero tan bien hecho que lo pasas por alto. Como sus pequeños fallos de guion, tan sutiles que solo los aprecias tras varios visionados. Indiana Jones era El temible burlón, El mundo en sus manos, El halcón y la flecha, Scaramouche, Los héroes de Telemark, Ivanhoe o El príncipe Valiente. Una versión actualizada y moderna de todo aquel cine, con efectos especiales mejorados.

Guillermo Cabrera Infante escogió una imagen de aquella primera película del Profesor Jones para la portada de su libro de memorias cinéfilas Cine o sardina. Y se remonta mucho más en el tiempo para hablar de los orígenes de Indiana Jones:

«Todo estaba ahí». Se refiere a Terry y los piratas (1934),de Milton Caniff, el «Rembrandt de los cómics».

«El aventurero americano, alto y buen mozo y hasta hay un chico chino cómico: el dúo de la dinamita».

«Pero todo estaba ya en Terry y los piratas, de veras. No hay más que ver una sola de las imágenes que componen cualquier tira cómica de Caniff».

(Guillermo Cabrera Infante, Cine o sardina)

El héroe, el villano, la heroína, el paisaje exótico, las peleas, la turba que observa, el Bien y el Mal claramente diferenciados. «Comienza la aventura pura», continúa el escritor cubano, «es decir, ya había comenzado hace diez minutos» y ni nos habíamos dado cuenta. Todas las películas de Indiana Jones comienzan con una pequeña aventura inicial, un pasaje de unos diez o quince minutos que funcionarían también como un corto de acción. El templo en Perú, la fiesta en Shangái, el joven Indiana Jones y la Cruz de Coronado o el Área 51 en Roswell. De un modo u otro, estos breves episodios iniciales tienen una conexión con la trama principal que se va a desarrollar durante las siguientes dos horas de metraje.

A principios de los ochenta, un joven director que comenzaba a encadenar éxitos (Steven Spielberg) comentó a su amigo George Lucas que quería rodar una película sobre James Bond. George Lucas le comentó que tenía un proyecto más interesante para él, las aventuras de un tal Indiana Smith, un personaje mujeriego y fanfarrón en busca de antiguas reliquias. George Lucas como productor y «hacedor» de ideas y Steven Spielberg para la dirección, se me ocurren pocas uniones creativas con mayor talento. Si a estos nombres añadimos los de Lawrence Kasdan para pulir el guion y John Williams para la banda sonora, lo tendríamos casi todo hecho. Resultaba imposible fracasar, solo quedaba acertar mínimamente con los actores. Se ha hablado muchas veces acerca de lo próxima que estuvo la contratación de Tom Selleck para el papel de Indiana Jones, y quizás no habría sido mala elección, pero hoy no nos resulta posible imaginar a otro. Y desde luego me cuesta pensar en algunos de los nombres que sonaron para el papel: Mark Harmon, Peter Coyote, ¡David Hasselhoff! En cuanto al papel de Marion, sin ser una gran actriz entonces, ni haber tenido una carrera exitosa después, Karen Allen aportaba a su personaje esa mezcla de mujer de mundo, fuerte y frágil al mismo tiempo, bruta o sensual si la ocasión lo requería. Sonaron otros nombres de actrices más conocidas como Michelle Pfeiffer, Barbara Hershey, Jane Seymour o Debra Winger, pero a buen seguro sus roles tendrían que haber evolucionado de manera más acorde con su caché y habrían convertido a Marion en otro tipo de acompañante del héroe de acción. Y por cierto, no veo a ninguna de ellas pegando un puñetazo como Marion, o ganando una competición de chupitos a avezados bebedores.

En realidad, Lucas y Spielberg no inventaron nada nuevo, pero tomaron ideas de aquí y de allá, y reinventaron el género de aventuras, dotándolo de un impulso que, aunque trató de ser imitado, dio como resultado obras que quedaban muy lejos de la frescura, ritmo e ingenio de Indiana Jones (La gran ruta hacia China, Tras el corazón verde, Las minas del rey Salomón). Por sorprendente que pueda parecer, el proyecto de Lucas y Spielberg fue rechazado inicialmente por todas las productoras, que veían una película arriesgada, que necesitaría un elevado presupuesto y con dificultades técnicas y logísticas que complicaban todo el rodaje (varios países, numerosas localizaciones). Solo Paramount se atrevió con la producción a cambio de que se ajustaran a un presupuesto de 20 millones de dólares. Spielberg no solo cumplió, sino que además se quedó en poco más de 18, para lo cual fue decisiva su planificación de las escenas y su manera de rodar, que permitió reducir dos semanas el plan de rodaje inicial previsto.

Con la reelaboración de guion por parte de Kasdan, fueron cambiando algunos de los elementos previstos en la trama inicial de Lucas. Indiana Smith evolucionó a Indiana Jones por el parecido con el personaje interpretado por Steve McQueen en Nevada Smith (1966), y su vestimenta fue rescatada/plagiada/homenajeada de la que exhibía Charlton Heston en El secreto de los incas (1954).

Una referencia que siempre me pareció curiosa fue la de la escena inicial con la gran bola en el templo inca, una idea pergeñada en The prize of Pizarro, una historieta del Pato Donald y sus sobrinos con dardos envenenados, trampas mortales y una inmensa bola en un callejón sin salida.

Lawrence Kasdan escribió escenas tan potentes que quedaron para posteriores entregas, como el capítulo inicial de El templo maldito, un duelo de envenenamientos, disparos y puñetazos en mitad de un cabaret en Shangái. Para esa escena, el personaje de Jones adquiere ese aspecto de Bond que siempre quiso reflejar Spielberg en el personaje, si bien las circunstancias de la acción lo llevaron por selvas, precipicios, callejuelas estrechas en El Cairo o cabalgadas a caballo. Por cierto, ya que menciono El Cairo, me resulta difícil imaginar hoy una escena como la del disparo al árabe de las virguerías con la cimitarra. Políticamente incorrecto. Si George Lucas ha sido capaz de añadir efectos y rediseñar una escena de La guerra de las galaxias para que pareciera que Han Solo se defendía en la cantina de Mos Eisley, cuando toda nuestra generación sabía que ¡Han disparó primero!, ¿qué no habría planteado en estos años de corrección política para evitar que un blanco «invasor» se cargara a un musulmán con ese uso desproporcionado de la fuerza?

El personaje perdió casi todo lo que tenía de mujeriego, aunque no totalmente. De hecho, en cada entrega contaba con una nueva compañera de aventuras. Según Cabrera Infante, «a Indiana Jones (la película y su héroe) no le interesa el sexo nada. Ni siquiera el amor amorfo o la cópula. La única escena vagamente sexual de la cinta comienza por una tortura alimenticia». Se refiere, naturalmente, a la escena con Kate Capshaw tras la truculenta cena de El templo maldito. «Aquí ya hace rato que habría tenido lugar una tórrida escena de sexo y exceso con James Bond». No estoy de acuerdo, al principio de la primera entrega, vemos a una estudiante seducida por su apuesto profesor, al que pone algo más que ojitos, seguramente la misma estudiante que figuraba en la escena recortada. Según supimos años después, cuando los agentes norteamericanos acuden al apartamento del profesor Jones para pedirle colaboración, este se encuentra en bata porque tenía a una estudiante en su lecho. O las palabras de Marion en Nepal sobre lo jovencita que era cuando la sedujo por primera vez. O la escena con la estupenda Dra. Schneider en Venecia de La última cruzada, divertida y sensual al mismo tiempo. Como los guiños de humor con su padre (impagable Sean Connery) acerca de los ronquidos de la joven belleza austriaca.

Verán que apenas he hablado de la cuarta entrega, El reino de la calavera de cristal. A ver, no es tan nefasta como algunos escribieron, lo que ocurre es que no resiste la comparación con las tres primeras. Y salvajadas como las de South Park no ayudaron.

Pero es una película entretenida que valoraríamos de otro modo si no la comparásemos con sus predecesoras. Diecinueve años (de 1989 a 2008) habían transcurrido desde La última cruzada y el desgaste físico del actor no contribuyó a un guion más flojo que los anteriores. Pero hete aquí que ¡quince años más tarde! Harrison Ford y Paramount se han atrevido de nuevo con el reto de un nuevo Indiana Jones, aquel arqueólogo del sombrero y el látigo. He querido verla antes de que nadie me contara nada y antes de que ningún «ejperto» me la destripará. Pero de eso hablaré en el próximo post, tataratá, tatará, tatarataa, tatararará… no me la quito de la pelota desde anoche.

(Continuará…)