La edad de un clásico

Cuando empecé a aficionarme al cine y a querer conocer mejor este arte de contar historias, supe de un montón de películas que ya tenían el marchamo de «clásicos», la etiqueta de obras imperecederas que en algún momento de tu vida tenías que ver sí o sí. Hablo de la época en que escuchaba los programas de Carlos Pumares y José Luis Garci, es decir, finales de los ochenta, primeros noventa. Voy a considerar una fecha intermedia, por ejemplo, 1990, y comprobar la antigüedad que tenían entonces algunas de las películas que devoré en su momento porque estaban en esa lista de clásicos imprescindibles:

  • La gran evasión, El verdugo: 27 años, pues ahora, visto en perspectiva, no me parece tanto.
  • Espartaco, Psicosis: 30 años.
  • Ben-Hur, Con faldas y a lo loco, Con la muerte en los talones: 31.
  • Centauros del desierto: 34
  • Qué bello es vivir: 44.
  • Casablanca: 48.
  • Lo que el viento se llevó: 51.
  • El maquinista de la General: 64.
  • ¡El Padrino, apenas 18 años! La obra maestra de Francis Ford Coppola era tan cercana como puedan resultarnos ahora mismo Babel, Inflitrados o V de Vendetta.

Así que compruebo que películas que me parecían bastante antiguas, muchas obras maestras y parte fundamental de la historia del cine, apenas tenían treinta años. O menos. Luego, si me remonto a ese mismo período de tiempo y me traslado treinta años atrás en el tiempo, a 1994, ¿podríamos considerar ya «clásicos» a varios de los peliculones de ese año? Mi respuesta es clara: desde luego que sí. Por el impacto que supusieron en su momento, por la influencia que tuvieron en creadores posteriores, o simplemente por su calidad, Pulp Fiction, Cadena perpetua, Forrest Gump, Balas sobre Broadway o El rey León son ya verdaderos clásicos que han creado escuela. Como Matrix, Se7en, El club de la lucha, Casino o Match Point, aunque tengan menos años todavía. Cadena perpetua es La gran evasión de nuestra generación, del mismo modo que Pulp Fiction es nuestra versión modernizada de The killers.

Cómo cambia el tiempo y cómo cambia nuestra percepción en el presente, sin esa percepción del pasado o de lo que una obra, ya sea una película, un libro o un cuadro, significará en el futuro. A veces no percibimos los cambios en el modo de contar historias porque nos parece que de un año a otro varían poco las formas, «bah, este año son todas iguales, no hay nada original», pero, si ampliamos el foco, si agrandamos la perspectiva temporal, veremos que hay una evolución clara entre directores, guionistas, tramas y libertad para contarlas.

Así que el post de hoy irá de eso, de revisar hacia atrás el paso del tiempo y ver cómo se iban forjando clásicos de década en década, a veces sin darnos cuenta. Incluso pelis de serie B que con el tiempo se ganaron su hueco y generaron un universo propio, bien por la vía de las secuelas o por la de las imitaciones en obras de otros autores. Trataré de rescatar lo que para mí es un clásico de cada año y ponerlo en su contexto.

1984: La primera de Terminator, la obra primigenia James Cameron sobre la máquina que viene del futuro para cargarse al líder de los humanos que se rebelará contra las máquinas. Ya tiene cuarenta años y sigue generando nuevas tramas o secuelas. No es ni de lejos la mejor película del año, pero es un clasicazo en toda regla. 1984 es el año de Amadeus, de Milos Forman, pero los ochenta, por mucho Gandhi, Pasaje a la India o Los gritos del silencio que se rodaran, fueron años de obras disfrutonas, de entretenimiento sin complejos. En 1984 se estrenaron, por ejemplo, El templo maldito, Karate Kid, Gremlins, Cazafantasmas, Superdetective en Hollywood y Top Secret. Casi nada. Algunos clásicos instantáneos, como la trilogía original de Indiana Jones y varios Tostones ochenteros que recordamos con mayor o menor cariño.

1974: El Padrino II. En los setenta predominaba otro tipo de cine, seguramente más de autor, sin duda menos comercial, un cine que cuidaba más la escritura del guion, que utilizaba la elipsis con maestría, sin mostrarlo todo, como ahora, que a veces resulta demasiado evidente. Muchas películas estaban imbuidas por una tristeza contenida, cuando no de rabia por el desastre de Vietnam. Chinatown, Taxi driver, El cazador, El regreso, The last picture show… Pero también es la década en la que Steven Spielberg (Tiburón y Encuentros en la tercera fase) y George Lucas (La guerra de las galaxias) llevaron al cine a otro nivel, al que luego se desarrollaría en plenitud en la década posterior, el tipo de películas que devolvió a muchos espectadores a las salas.

1964: Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? ¿Es posible que una obra tan actual sobre la guerra fría y los rusos haya cumplido ya sesenta años? Stanley Kubrick no era un director especialmente dotado para la comedia, pero aquí soltó toda su acidez y su mala baba para cargar contra los «iluminados» que existen en el ejército, ya fuera en el bando americano como en el de los rusos. La explicación del general Ripper (el papel interpretado por Sterling Hayden) sobre la «maldad» de los rusos y sus razones para conquistar el mundo es hilarante, como los diálogos entre los líderes de ambos países o los elementos que asesoran al presidente de los Estados Unidos desde su refugio subterráneo.

Un dato curioso que incorporo ahora por el reciente fallecimiento de James Earl Jones: el actor debutó en esta película, aunque su papel es tan secundario que no lo he sabido hasta esta misma semana. James Earl Jones puso la voz, entre otros muchos, a Darth Vader, una decisión que trajo polémica con el actor que se metió en la piel del padre de Luke y Leia bajo la máscara, David Prowse. El mismo David Prowse al que dediqué un post entero (Goodbye, Lord Vader), un actor desconocido para el público en general pese a interpretar a uno de los villanos más famosos de la historia del cine. El mismo David Prowse que debutó en el cine de la mano de… Stanley Kubrick. En La naranja mecánica. Una coincidencia.

1954: La ventana indiscreta apenas tenía 36 años en esa fecha de corte que he escogido, es decir, era relativamente reciente, tan reciente al menos como nos resultan hoy Cinema Paradiso, Rain Man o La jungla de cristal. En muchas ocasiones se habla de cómo envejecen las películas, que si tal peli nos pareció brillante en su día y hoy no nos lo parece, o que «estuvo bien en su época, pero ha envejecido mal». Lo cual es imposible porque la obra del autor es inmutable, cambia nuestra mirada, nuestro conocimiento. También nuestro momento vital, que es el que nos hace entender el mundo, y con ello, las películas, de otra manera, con una visión diferente. Una de las condiciones que debe tener un clásico es que nunca envejece, y sigo disfrutando La ventana indiscreta tanto como la primera vez que la vi. Reúne al mirón de toda la vida, a la vieja del visillo, al voyeur algo pervertido y a una especie de 13 Rue del percebe norteamericana en la que cada individuo o familia vive su propia existencia con sus particularidades, miserias o alegrías, algo que conocemos de manera brillante por tres o cuatro detalles. La genialidad de Hitchcock en su máxima expresión.

1944: Son unos años de películas propagandísticas sobre la Segunda Guerra Mundial, pero también de abundante cine negro, de diálogos directos y personajes sin concesiones (Perdición, La mujer del cuadro, Laura fueron estrenadas en este año, como El halcón maltés, El sueño eterno o Casablanca en ese lustro), sin embargo, prefiero elegir una de las grandes comedias de aquellos años, Arsénico por compasión. Los mejores escritores se concentraban en Hollywood en los cuarenta, había un talentazo puro en ellos, en las tramas, los diálogos o en el manejo del ritmo (Gran bola de fuego, Ser o no ser, Historias de Filadelfia, La fiera de mi niña o Qué bello es vivir son de este período). Arsénico por compasión tiene claramente un origen teatral (escenario, personajes, actos) y, de hecho, pese a que fue rodada en 1941, se estrenó en 1944, una vez que completó sus primeras temporadas en Broadway. La trama tiene un trasfondo de lo más macabro, aunque tenga a dos adorables ancianas como autoras de las tropelías. Por allí aparecen también un pirado que se cree Theodore Roosevelt, un asesino que se parece a Boris Karloff (en la obra de teatro, el papel lo interpretó el propio actor) y el tío más elegante que ha aparecido jamás en pantalla, Cary Grant. La obra de Frank Capra dura casi dos horas, pero pasan en un suspiro.

1934: Una noche en la ópera. Son los primeros años del cine sonoro y fueron muchos los artistas que atravesaron el camino de los escenarios teatrales y las giras por el país a la gran pantalla, como hicieron los hermanos Marx. El lenguaje cinematográfico moderno, tal como lo entendemos hoy, está en sus inicios y guiones como los de los hermanos Marx adolecen de falta de consistencia y continuidad. Tienen la brillantez oral de Groucho y Chico, con numerosos gags rescatados del vodevil, y la habilidad gestual y corporal de Harpo, pero no son películas redondas, por mucho que nos hicieran pasar muy buenos ratos.

1924: El moderno Sherlock Holmes, dirigida y protagonizada por Buster Keaton. Cien años, un siglo tiene ya esta película que ha pasado al dominio público y, por tanto, se puede encontrar fácil y legalmente en numerosas plataformas (enlace). Como en muchas obras del cine mudo, la limitación por la ausencia de voz provocaba que la mayoría de los argumentos resultaran sencillos, en ocasiones ingenuos. La chica, el protagonista, los buenos y los malos… todos quedan totalmente identificados desde el primer minuto. Pese a todo ello, es una maravilla observar la habilidad física de sus intérpretes, la capacidad gestual-corporal, no solo facial (al gran Keaton hay que añadir, entre otros, a Chaplin y Harold Lloyd). Los efectos visuales no tenían nada de especiales en el sentido actual del FX o CGI, salvo algunas exposiciones múltiples que se hacían directamente sobre el negativo (en El moderno Sherlock Holmes o a principios del siglo XX en las obras de George Meliés), sino que se hacían de verdad, como en las escenas de la persecución de coches, o en la que sería, un par de años después, la obra maestra de Buster Keaton: El maquinista de la General. Por otro lado, no dejo de pensar en que hablar de argumentos simples o sencillos, sería hacer de menos a Metrópolis (1927), El acorazado Potemkin (1925) o Amanecer (1927). Clásicos ahora, hace treinta años, y desde el día posterior a su estreno.

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