Watchmen (II): la película

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TRAVIS, 19/07/2020

La novela gráfica de Alan Moore y Dave Gibbons se publicó entre 1986 y 1987 y era cuestión de tiempo que algún valiente se lanzara a producir su adaptación. El propio cómic tenía viñetas que parecían planos cinematográficos: picados, contrapicados, juegos de luces y sombras, panorámicas, zooms,… (Watchmen I: la novela gráfica). Un story-board completo al que faltaba lo más complicado: elaborar un guion que pudiera captar toda la profundidad de la novela, contar todas las tramas y subtramas, mostrar a tanto personaje «vivo», de carne y hueso, y un director con capacidad visual suficiente para trasladar una historia así a la pantalla. Esa era mi opinión según leía el original, pero qué sabré yo si el propio urdidor de la historia, Alan Moore, explicó en su día que: «La gente dice, oh, sí, Watchmen es muy cinematográfica, cuando en realidad no lo es. Es prácticamente lo opuesto a ser cinematográfica». «La escribí pensando en las cosas que los cómics pueden hacer y que ni el cine ni la literatura pueden».

Desde luego que no era tarea fácil y el proyecto pasó por muchas manos durante años. Sonaron los nombres de Terry Gilliam y Darren Aronofsky para encargarse de la adaptación, y aunque sean dos directores con una visión interesante y muy personal de sus proyectos, no me imagino lo que habría salido de sus manos, algo quizás excesivamente desmadrado con el primero y muy negro con el segundo. En todos estos procesos de preproducción de un filme siempre suenan nombres que con la visión de hoy chocan bastante: Arnold Schwarzenegger para el Doctor Manhattan (WTF?!!), Kevin Costner para Dan Dreiberg, Jamie Lee Curtis para Espectro de Seda (supongo que sería la madura, no la joven potente) y ¡atención! Robin Williams y David Bowie para el personaje de Rorschach. Menos mal que estos dos showmen, muy buenos en lo suyo por cierto, permanecieron muy lejos del proyecto definitivo porque además, si hay un acierto brutal de casting en la adaptación, es precisamente el del personaje de Rorschach/Walter Kovacs con la elección de Jackie Earle Haley, desconocido para mí.

Finalmente el proyecto acabó en 2006 en las manos del director Zach Snyder, quien ya había demostrado sus dotes visuales en Amanecer de los muertos y 300. Podrá gustar más o menos esta última adaptación del cómic de Frank Miller (a mí personalmente me parece que se pasa siete pueblos con tanto efecto de cámara lenta, colores pastel en los cielos y planos exagerados), pero lo que está fuera de toda duda es la capacidad visual y estética del director para trasladar una historia como la que manejaba con el cómic de Alan Moore y Dave Gibbons.

El dilema surge entonces con el modo de adaptar una obra tan compleja y ahí es donde la elección de Snyder se decanta por la espectacularidad, por hacer unos superhéroes de verdad, visualmente molones, poderosos físicamente y con trajes «modernos», como los que surgieron tras los Batman de Nolan. Y esa es una de las grandes críticas que se le hace a la adaptación porque los Watchmen de Moore son precisamente lo contrario: unos tipos decadentes, fofos, pasados de vueltas y con una moralidad en algunos casos bastante discutible. El Comediante y Rorschach son despreciables en el cómic, aunque este último personaje se suaviza levemente en la película, no resulta tan psicópata, misógino y hasta homófobo.

Sin embargo, como ya he comentado otras veces en este blog, una adaptación es precisamente eso: tratar de llevar una historia concebida en un formato, ya sea novela o cómic, a otro completamente diferente en el que las reglas no son las mismas, ni el ritmo, ni el tempo escogido, ni mucho menos el tiempo del lector o el espectador para recrearse en los detalles. Desde luego nunca va a ser «lo mismo», nunca va a dejar satisfecho a todos.

Aun con todo, uno se sienta a ver la película de Snyder y el videoclip inicial con el The times they are a-changing de Bob Dylan te pone la carne de gallina. Te absorbe y engancha desde el inicio y cuando te estás recuperando, llega el entierro del Comediante con el The sound of silence de Simon y Garfunkel y ya estás entregado a lo que venga después. Que sí, que no dejan de ser unos videoclips fabulosos que distraen de la negrura de la trama, pero hay que reconocer que son muy potentes desde el punto de vista estético y musical.

En cualquier adaptación hay que tomar decisiones y elegir, como decía, y para mí el casting es un acierto en casi todos los personajes por el simple hecho de ser actores semidesconocidos, sin grandes papeles a sus espaldas por entonces ni después: Patrick Wilson (Dan Dreiberg, Búho Nocturno), el mencionado pelirrojo Haley en la piel de Rorschach, Jeffrey Dean Morgan como El Comediante, Billy Crudup como el Doctor Manhattan, la sueca Malin Akerman como Espectro de Seda, Carla Gugino como su madre y la primera Espectro de Seda, y Matthew Goode como Ozymandias/Adrian Veidt. Este último era el actor más conocido para mí por su participación en Match Point, de Woody Allen, y sin embargo es el que menos me gustó.

Recomiendo la versión original porque algunas voces, en especial las de Rorschach y el Doctor Manhattan, son otra vez grandes aciertos, impresionantes, encajan como un guante hasta el punto de que yo ya no soy capaz de releer el cómic sin emplear el tono de voz de ambos personajes: la voz rasgada de Rorschach y la atiplada, pausada, monótona e insensible de ese tipo de azul que por momentos me quema, cabrea y desespera.

Comienzo con los spoilers a manta

Si digo que no me gustó el personaje de Matthew Goode fue porque desde el inicio se ve que no es trigo limpio, o a lo mejor me traicionó el subconsciente por haber leído la novela. Se supone que el Adrian Veidt original es un tipo embaucador, atractivo para cualquier ser humano sobre la faz de la Tierra por su inteligencia, ingenio, belleza física, cultura, aficiones personales,… y sin embargo yo tuve la sensación desde el inicio de que era un tipo siniestro con una cara oculta. Hay muchas cosas que no da tiempo a contar en una película (aunque dure 160 minutos como la que se estrenó en salas comerciales), pero por ejemplo el cómic nos deja detalles como las explicaciones de Veidt sobre las nuevas tecnologías limpias, o el uso de la mente y la concentración para ser capaz de hazañas como detener una bala. Algo asombroso, imposible para cualquiera que no sea él, «el tipo más inteligente del mundo». Cuando lo vemos en la película parece una chorrada sin importancia, propia del superhéroe que es.

Porque esa es la segunda elección más criticada de la adaptación de Snyder: sus Watchmen son verdaderos sujetos con superpoderes, tipos que dan saltos imposibles como los de Rorschach o el Búho Nocturno, que rompen paredes a puñetazos como El Comediante y Ozymandias, o destrozan huesos de manera rutinaria como Espectro de Seda o un Dan Dreiberg fuera de forma física. La huida de la cárcel tiene dosis de espectacularidad que no existen en el cómic, ¡pero mola un huevo!, con el uso de la cámara lenta y el modo de recrearse en los golpes y las cabriolas de los personajes, como si fueran Neo y Trinity en el vestíbulo de Matrix. Esa manera impostada de rodar, tan de Snyder, es la que ha chocado y chirriado a los defensores de la obra original de Moore ¡y al propio Moore!

Posiblemente lo que menos gustó a los fans de los Watchmen de Moore es el cambio del final de la novela. Para los que no la hayan leído, el personaje de Ozymandias trata de evitar una guerra mundial haciendo creer a la Humanidad en una invasión alienígena que extermina a tres millones de personas en Nueva York (¿dónde si no?). Ayudado por unos científicos especializados en genética crea una especie de pulpo asesino (con unos tentáculos que no sé cómo habrían resultado en pantalla) que siembra el caos en la ciudad y logra provocar que las potencias enfrentadas unan sus fuerzas para luchar contra la invasión. En el cómic se puede ver que uno de los cines destruidos emitía Ultimátum a la Tierra, la estupenda película de los cincuenta en la que un extraterrestre trae un mensaje pacifista al planeta.

La película centra el plan de Ozymandias en hacer creer al mundo que la hecatombe nuclear que sufren varias ciudades (Moscú, Nueva York, Hong Kong) ha sido provocada por el todopoderoso (e «inhumano») Doctor Manhattan, y que esa salvaje destrucción debe hacer reflexionar a la Humanidad sobre el poder de las armas nucleares para unir esfuerzos y frenar la escalada bélica. Lo cierto es que no me pareció una mala idea cuando la vi en pantalla, encajaba perfectamente con la amenaza nuclear que se percibe a lo largo de todas las páginas de la novela. Y con la figura impávida del Doctor Manhattan. A lo largo de las páginas, igual que en todo el metraje, me vino a la mente varias veces la paradoja de Epicuro. No sé si es lo que pretendía Alan Moore, pero desde luego creó un ser todopoderoso y aparentemente bueno, pero con una visión determinista del universo, hasta tal punto que decide no intervenir aun cuando con sus poderes podría evitar el sufrimiento en el mundo.

¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente.

¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo.

¿Es capaz y desea hacerlo? ¿Entonces de dónde surge el mal?

¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?

(Epicuro, siglo III A.C.)

A mí personalmente la película me gustó y mucho, quizás sea mi favorita del género de superhéroes, si es que cabe considerarla en esa lista. Me consta que hay una versión extendida, un Director’s Cut, de 210 minutos de duración, estrenada a los diez años de la original, en 2019. No he sido capaz de encontrarla porque según tengo entendido no ha salido a la venta en España. Aparte de algunas escenas que sin duda eché en falta, incluye los Relatos del navío negro, el cómic de piratas dentro del cómic original, narrados con la voz de Gerard Butler. Ojalá algún día la encuentre y sea tan fabulosa como para escribir una tercera parte de este homenaje a los Watchmen de Moore, Gibbons y Snyder que de momento será solo doble.

Para el que quiera ver una crítica muy interesante de la adaptación, que vea este vídeo de Loulogio que cuenta de manera espléndida por qué la de Snyder «es una mala adaptación» de la obra original.

Loulogio sabe mucho más que yo de aquí a la isla misteriosa de Ozymandias, pero mi consejo es que lean la novela en primer lugar, vean luego la película de Snyder, y disfruten ambas sin el meñique erguido en busca de errores o desviaciones sobre el original.

 

 

 

 

Disfrutar con el presente, soñar con el futuro

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BARNEY, 19/07/2020

Sí, sí, sí, la Liga ya está aquí. El pasado jueves 16 de julio el Real Madrid se alzó con su 34º título de Liga, la más extraña de la historia, la del parón por la Covid y la que se recordará entre otras muchas cosas por las imágenes de las últimas once jornadas sin público. Fue también el torneo más largo de la historia, casi once meses después de su inicio a mediados de agosto de 2019. Pero para mí es sobre todo la Liga de Zizou, la que marca el punto de inflexión tras los dos años de bajón que sucedieron al éxito de Kiev y las «espantás» de Cristiano Ronaldo y el propio Zidane.

Loa infinita al bendito calvo

Equipazo y ruinaHa sido el triunfo de la constancia y de la fe del entrenador. Hace un año por estas mismas fechas el proyecto de Zidane estuvo a punto de saltar por los aires tras caer estrepitosamente por 7-3 ante un Atlético de Madrid que salió a degüello a por los nuestros (hicieron bien). Los agoreros habituales (en esta ocasión no hizo falta la prensa antimadridista) se temieron lo peor: «en noviembre ya estaremos fuera de la pelea por el título», «no tenemos gol, que traigan a Piatek o Werner y larguen a Karim», «que se largue Ramos a otro lado con su falta de tensión», «Courtois es invisible», «la defensa es un coladero», «Modric al Inter o que se jubile ya», «otra temporada perdida y encima se nos lesiona Asensio»,…

 

A Zidane se le ha criticado siempre por todo lo que hace o lo que deja de hacer, pero el tiempo acaba dándole la razón. Se le criticó por las salidas de Reguilón y Marcos Llorente, pero las buenas prestaciones de Mendy y Fede Valverde lograron que prácticamente nadie recordara sus ausencias a lo largo del campeonato. En el mes de octubre el Zidane entrenador decidió reconstruir el equipo desde la defensa: si tanto costaba hacer gol, al menos había que evitar recibirlos con la facilidad con la que el equipo lo hacía hasta la fecha. Los refuerzos apenas habían aportado nada en ataque (Hazard por las lesiones y Jovic o Mariano arriba), lo que unido a la lesión de Asensio y las «dimisiones» de James y Bale ponían todo aún más difícil. Pues con todo eso y con una plantilla un año más envejecida en su columna vertebral, Zidane ha reconstruido un equipo rocoso, menos brillante en ataque, pero con una solidez, solidaridad y fiabilidad que no se recordaba.

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Para los que le niegan sus virtudes como entrenador basta con remitirlos a algunas estadísticas, como la del número de goles en contra (25 al final, un registro que no veía el Madrid en décadas), las porterías a cero (19, igualando el récord de la Liga) o el mayor número de goleadores en una temporada (21 en Liga, 23 entre todas las competiciones). Pero no solo el equipo ha demostrado estar muy trabajado en lo táctico, con innumerables variaciones en cada alineación, sino que además ha reforzado su papel como gestor de egos, algo que se ha visto de modo especial tras reanudarse la competición.

Courtois ha recuperado la confianza, Ramos ha rejuvenecido diez años y ha mostrado una determinación contagiosa por el título que ha arrastrado al resto de sus compañeros. El entendimiento con Varane ha sido clave para lograr una seguridad defensiva que los aficionados madridistas teníamos olvidada. En el centro del campo, Valverde ha sido el gran descubrimiento de la temporada (jugador para muchos años, MVP de la Supercopa), Casemiro es mejor jugador cada año que pasa y Toni Kroos ha sido ese metrónomo WhatsApp Image 2020-07-15 at 23.18.08perfecto para marcar el ritmo del equipo. Lo de Luka Modric ha sido espectacular en estos partidos, «dale descanso, que lo vas a matar», gritaba yo cada vez que veía su nombre en una alineación, pero Zidane tenía razón, como siempre: Luka también había bebido la pócima de la eterna juventud que Dupont (otro denostado a principios de temporada) les había preparado. Lo de Karim en punta ha sido el remate necesario para enganchar la Liga. El francés ha mostrado el repertorio de pases, controles y juego colaborativo de siempre, y le ha añadido los goles que el equipo necesitaba. No ha sido pichichi del campeonato, pero sus goles han dado más puntos que los de Messi.

Las estadísticas a veces dicen muchas más cosas sobre el juego y los resultados que lo que nos creemos (por ejemplo, los fanáticos de la posesión). El Real Madrid ha sido el equipo que más veces ha disparado a puerta, el que menos goles ha concedido y el que más pases largos ha dado con éxito. El Barça de Setién y Valverde ha liderado la estadística de pases cortos, con más de un treinta por ciento que el segundo, el Real Madrid. Y un último ato que destaca la justicia de la victoria de los de Zidane y lo bien que ha preparado este los partidos clave del campeonato: el Madrid ha obtenido 45 de los 54 puntos en juego contra los equipos clasificados en los diez primeros puestos. No ha perdido con ninguno y en la segunda vuelta los ha derrotado a todos. 87 puntos en total, que son (dedicado a los minimizadores profesionales de los logros del Madrid) los mismos que obtuvo el Barça estratosférico de Guardiola en su primera temporada.

El VAR

Con todos los elogios dedicados a Zidane y su buen hacer con la plantilla, en un análisis del campeonato de Liga que ahora concluye no puedo dejar de mencionar la importancia del VAR. Es obvio que ha habido un VAR antes y un VAR después del parón. El anterior fue el mismo de la temporada pasada, el de los errores flagrantes ya comentados aquí, demasiado obvios, siempre tendenciosos. El VAR post-covid ha sido mucho más justo y ecuánime y ha acertado de manera sorprendente, tan sorprendente como los periodistas mosqueados por los aciertos. Se han retratado ellos solitos.

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En La Galerna escribí un artículo (Era gol de Januzaj) para pitorrearme de tanta falsedad de los mismos periodistas de siempre. Con su ruido mediático lograron que no se hablara de los penaltis cometidos sobre Marcelo en Anoeta o sobre Benzema en Cornellá (errores de VAR que podían haber perjudicado al Madrid, con el inefable De Burgos Bengoetxea a los mandos), pero dejaron caer lo que tanto les gusta, el favoritismo arbitral hacia el Madrid, un favoritismo que las estadísticas y el saldo arbitral desmienten de manera categórica.

En cualquier caso, algo ha pasado en el VAR, sería de necios negarlo, y seguramente ese cambio se deba a la guerra entre Javier Tebas y Luis Rubiales por el control del fútbol español. Javier Tebas se ha posicionado en múltiples ocasiones en contra de Florentino Pérez, pese a que presuma de ser madridista. Tan madridista como el Cholo Simeone, me atrevería a decir. Las rajadas culés sobre el VAR, con Piqué, Setién y Bartomeu actuando de manera coordinada, no han recibido ningún reproche del presidente de la Liga, que sin embargo recuerda periódicamente que «con el VAR hubo un antes y un después de la llamada de Florentino a Rubiales», algo tan falso como su supuesto madridismo. Aquella llamada se produjo tras el penaltazo de Rulli sobre Vinicius (PreVARicación) y durante meses nada cambió. Se sucedieron los errores en ese limbo del VOR en el que se decidían cosas asombrosas como los «sigan, sigan» tras los penaltis sobre Varane en el Camp Nou. Las palabras de Tebas se explican de manera sencilla pues no deja de ser un esbirro de Roures y Mediapro, que es quien pone la pasta, y él mismo ha firmado acuerdos de patrocinio con la empresa de Piqué que organiza la Copa Davis. Que Florentino Pérez sea uno de los cuatro presidentes de Primera que votó en contra de la subida de sueldo de Tebas es el remate final.

Lo preocupante es pensar que la guerra Tebas-Rubiales pueda cambiar la manera de arbitrar de una manera tan sencilla, como con un chasquido de dedos: ¡chas, dejad de joder al Madrid! Incluso hemos vivido algo insólito como ver a HH señalar un penalti inexistente a favor del Madrid (contra el Villarreal). Algo pasa, es evidente.

Javier Tebas ha contraatacado para perjudicar al Madrid de la única manera que podía, con los horarios, reduciendo los descansos de los madridistas al mismo tiempo que ampliaba los de los rivales. Hasta 100 horas de diferencia con el Barça, más de cuatro días en un calendario apretado, una p… vergüenza. La jugarreta final de tener que jugar tres partidos en siete días no le ha servido de nada.

Una victoria higiénica

Higiénica, ese el adjetivo empleado por mi amigo Athos Dumas en un artículo muy recomendable publicado el sábado en La Galerna. La victoria del Real Madrid en el campeonato de la regularidad luchando contra tantos elementos en contra y contra los desVARíos pre-Covid devuelve la higiene al título. Se ganó además en el campo, no en los despachos, como se pidió de manera bochornosa desde Barcelona.

Y se ganó pese al esperpento del Clásico aplazado en octubre por los santos cojones de Tebas y Roures para ponerlo en la fecha que peor le venía al Madrid (el premio para la kulé borroka).

El futuro inmediato

Han disminuido los errores groseros y ha aumentado el ruido mediático (Cuando el Reglamento estorba), lo que me hace pensar de nuevo que el engranaje culemediático funcionaba a la perfección y empieza a estar nervioso. Ya no está Villar al frente de la  Federación, Sánchez Arminio ya no dirige el Comité Técnico de Árbitros y Roures ha perdido el control del VAR. En estos últimos años se han retirado los árbitros más antimadridistas del pasado reciente: Clos Gómez (director del VAR), Iturralde González (blanqueador del Tinglao en el As), Undiano Mallenco y ahora González González. El «dedo corrector» de Sánchez Arminio ya no existe y el futuro pinta más equilibrado que el despropósito arbitral que han sido los últimos quince años.

El Real Madrid tiene que preparar la sucesión de Ramos, Marcelo, Modric y Karim Benzema, buena parte de la columna vertebral del equipo, pero a Kroos, Casemiro, Courtois, Varane y Carvajal les queda cuerda para rato. Y aún tienen que explotar Hazard y Asensio. Lo ilusionante es pensar que sin hacer grandes fichajes el equipo tiene ya atados a Lunin, Kubo, Odegaard, Valverde, Mendy, Jovic, Brahim, Vinicius y Rodrygo, jugadores menores de 24 años y mucho fútbol que ofrecer.

Nuestro máximo rival, el Barça, tiene al grueso de su plantilla por encima de los 30 años: Messi, Piqué, Jordi Alba, Arturo Vidal, Sergio Busquets, Luis Suárez… Y poca pasta en la caja, tan poca que han tenido que hacer un cambalache contable para traer a Pjanic (30 años, buen jugador) a cambio de Arthur (24 años). Messi demanda calidad al club, pero con su sueldo será difícil atraer a los cracks que necesitan. Harán bien en confiar en los jóvenes como Frenkie De Jong, Riqui Puig y Ansu Fati. Y ojalá sigan contando muchos años más con Bartomeu como presidente, porque puede dejar Can Barça como un solar. ¿Explicará algún día sus extrañas operaciones en Brasil?

Bartomeu

El futuro es ilusionante, soñaremos con los buenos tiempos que están  por llegar, ¿quizás empiecen en Manchester?

Las cicatrices del coronavirus

Sánchez critica a los partidos que vinculan feminismo y Covid-19 ...

JOSEAN, 11/07/2020

Desde que comenzó la crisis del coronavirus, las comparecencias del gobierno vienen acompañadas por una serie de carteles con diversos eslóganes como «Un día más. Un día menos», «Este virus lo paramos unidos» y otro que me llamó la atención desde el principio: «Salimos más fuertes».

Como declaración voluntarista de ánimo a la población me parece bien. De una u otra manera las empresas en las que trabajamos o nosotros mismos hemos enviado mensajes similares de apoyo a nuestros conocidos, pero por otro lado me quedaba pensando: «¿de verdad salimos más fuertes?». Yo creo que la Covid-19 ha abierto una brecha enorme en la población, o mejor dicho, ha abierto numerosas brechas: educativa, digital, en el tejido empresarial, en la cohesión social,… Y cuando una brecha se abre (y solo si logras cerrarla), te deja una cicatriz, una marca, una señal. Un recuerdo de la herida, que en unos casos será un arañazo o un rasguño, y en otros será un socavón.

La cicatriz en la sociedad

La Covid-19 ha sido otro motivo más de división para una sociedad que por desgracia se encuentra cada vez más polarizada, más dividida en el discurso entre fachas y rojos que tanto daño ha hecho. Lo que he visto en algunos grupos de Whatsapp con amigos o lo que he leído en redes sociales no se diferencia mucho de lo que hemos contemplado en el Congreso: un discurso del odio, del enfrentamiento, de «los dos bandos». El sufrimiento de tantas familias ha generado sensaciones que teníamos olvidadas: angustia, temor a lo imprevisto o a que las cosas no sucedan como esperamos, miedo al futuro, miedo al vecino, miedo al contacto, miedo a salir a la calle. Y como dijo aquel sabio de orejas puntiagudas y conocimientos milenarios:

Miedo ira odio Yoda

Y con ello cerramos el círculo. Necesitábamos una sociedad más unida y salimos partidos por la mitad, como se ha visto en muchas de las concentraciones o caceroladas, o en los escraches nada espontáneos de Galapagar. El problema aumenta cuando la clase política que tenía que poner cordura a esta situación fomenta el discurso del miedo, la ira y el odio porque le interesa, cuando abandona la jungla de las redes sociales y se traslada al Congreso. O a la irresponsabilidad de un vicepresidente del gobierno que exclama sin parpadear: «España se quitará de en medio la inmundicia a la que ustedes representan».

Iglesias odio inmundicia

Creo que Pablo Iglesias todavía no se ha dado cuenta de que ya no es un activista que puede llamar a la movilización en las calles, sino que ahora tiene una responsabilidad de gobierno y sus palabras sobre Vox, el PP, los jueces, la monarquía o los periodistas que no le son afines atacan directamente las instituciones o el orden constitucional que se supone que representa.

La herida abierta va a tardar en cicatrizar, espero que menos de lo que ocurrió con nuestros padres, aquella generación de héroes que nos enseñó a mirar hacia delante.

Las cicatrices económicas

Será difícil salir más fuertes de esta crisis cuando según el FMI la caída del PIB se prevé en el 12,8%, la mayor de las economías occidentales junto con Italia. El mismo organismo prevé que la deuda pública española se dispare hasta el 123,8% del PIB. En torno al cuarenta por ciento de las empresas realizarán ajustes en sus plantillas, el paro puede superar la cifra del veinticinco por ciento y los salarios «poscovid» se congelarán o reducirán, según el estudio de Willis Towers Watson. Exactamente igual que en la crisis de 2008, las «recetas» no cambian. Es pronto para saber si la «grieta salarial» entre directivos y trabajadores crecerá como entonces, pues según un estudio de la consultora KPMG la reducción de salarios afectará por igual a todos los niveles, si bien los cuadros directivos y mandos intermedios verán reducida su retribución variable ante la imposibilidad de lograr los objetivos del ejercicio.

Poscovid

Con una demanda débil y un país endeudado, no cabe duda de que la salida será más complicada. La avalancha de concursos de acreedores será enorme porque muchos negocios no han podido superar el cierre. Si en 2019 fueron 7.000 las empresas que acudieron al concurso de acreedores, para este ejercicio y el siguiente algunas fuentes prevén hasta 50.000.

Con este panorama desolador, la Unión Europea debate la respuesta adecuada a una emergencia que comenzó siendo sanitaria y ahora es también económica. La Comisión presentó el 27 de mayo su propuesta de recuperación, un amplio plan de medidas cuyo  solo nombre ya da una idea de lo largo que va a ser este proceso: Next Generation EU. El plan cuenta con un presupuesto de 750.000 millones de euros y como anuncia la nota de prensa, se trata de «invertir en la próxima generación» (¿y qué pasa con esta?), apoyar las transiciones ecológica y digital, ampliar los recursos del presupuesto comunitario de 2021 a 2027, y reembolsar los fondos destinados «no antes de 2028, ni después de 2058». Casi nada.

Los fondos del plan Next Generation EU se invertirán en tres grandes grupos:

  1. Apoyo a los Estados miembros en sus inversiones y reformas: dotado con 560.000 millones de euros, 310.000 a través de un mecanismo de subvenciones y 250.000 en préstamos. Además se complementarán los Programas de políticas de Cohesión (55.000 mill.), el Fondo de Transición Justa (40.000 mill.) y el Fondo Europeo Agrícola de Desarrollo Rural (15.000 mill.).
  2. Relanzar la economía de la Unión Europea incentivando las inversiones privadas: se pretende movilizar recursos privados a través de un Instrumento de Apoyo a la Solvencia, del Invest EU (un programa de inversiones ya existente) y la creación de un nuevo Instrumento de Inversiones Estratégicas. La dotación del presupuesto de Next Generation será de unos 60.000 millones, con los que se tratará de atraer recursos privador por encima de los 500.000 millones de euros.
  3. Aplicar las lecciones de la crisis: bajo este titular tan publicitario se movilizarán recursos por unos 130.000 millones adicionales para reforzar la sanidad, la protección civil, la investigación y la acción exterior, incluyendo la ayuda humanitaria.

Veremos si todos estos recursos movilizados son suficientes para tapar el boquete. Ahora bien, falta resolver de dónde salen todos estos fondos y cómo se distribuyen entre los distintos estados. Y ambas cuestiones son el campo de batalla actual.

En cuanto a la captación de recursos, la UE plantea varias propuestas que no suenan a nuevas, como un plan de acción contra el fraude y toda una batería de impuestos «verdes», como un impuesto sobre el carbón, sobre los derechos de emisión, los envases y los plásticos de un solo uso. Por supuesto, el impuesto «digital» vuelve al primer plano y se plantea una medida interesante que veremos el recorrido que tiene: un impuesto a las grandes operaciones y empresas, como un fee de acceso por beneficiarse del mercado interior, con millones de clientes potenciales y una divisa única. Las grandes patronales solicitan exactamente lo contrario, un plan de alivio impositivo para la reconstrucción, flexibilizando los impuestos y ampliando los aplazamientos para garantizar la liquidez de las empresas. En los dos post publicados a principios de este año sobre el impuesto de sociedades que tenemos en España traté de explicar que el objetivo de la Agencia Tributaria camina precisamente en sentido contrario: anticipar la recaudación en detrimento de los ejercicios posteriores. El rompecabezas que queda es bastante complejo.

Condicionalidad fondo Europeo

En cuanto a la distribución de los fondos entre los distintos países y la fórmula utilizada, si préstamo o transferencia directa, parece claro que no puede ser una barra libre de gasto, sino que de algún modo la Unión Europea tendrá que controlar dónde se invierte esa ingente cantidad de dinero recibida. Y ahí es donde vuelven a surgir las diferencias entre los dos partidos de gobierno. La condicionalidad de dichos fondos europeos va asociada, al igual que en la crisis de 2008, a un control de las políticas internas de cada país, a la pérdida de soberanía y sobre todo, a la necesidad de acometer reformas estructurales de calado. Las palabras «austeridad» y «recortes» vuelven a flotar en el ambiente, aunque no debería ser así. Está por ver hasta qué punto será un rescate encubierto, pero que tiene que haber un control comunitario de los fondos parece lógico, dada la excepcionalidad de la situación.

La situación será incierta durante un tiempo bastante largo y la herida abierta necesita muchos puntos de sutura antes de cerrarse y empezar a cicatrizar.

BBC cifra de muertes

Las cicatrices en las familias

Parece claro que no vamos a saber nunca la cifra real de fallecidos por esta pandemia, si serán los veintiocho mil oficiales, o los más de cincuenta mil que indican algunas fuentes basándose en Cifra de muerteslos registros de mortalidad en comparación con los de 2019 (en la imagen, estudio de la BBC). Lo que sí está claro que la herida en esas familias no va a cicatrizar nunca, sobre todo por el modo de producirse, por la impredecibilidad, la ausencia de duelo, por la soledad en que se ha producido. Y a esa cifra hay que añadir los miles de afortunados que salieron de la enfermedad, pero que han quedado muy tocados en los pulmones, en el bolsillo, o en el cerebro. El miedo en los mayores, pero también en muchos niños y jóvenes, no va a desaparecer en el corto plazo, y menos con las noticias de rebrotes que estamos viendo en las últimas semanas.

Por todas estas razones, más las que no he comentado y que seguro que los lectores tienen en mente, creo que el eslogan del gobierno es irreal. No vamos a salir más fuertes de esta crisis. No encuentro la palabra precisa para definirlo: saldremos más duros, más cínicos, más desencantados,… O mi propuesta: SALIMOS MÁS CURTIDOS.

Strong men

Watchmen (I): la novela gráfica

Cubierta libro

TRAVIS, 04/07/2020

«No luches contra monstruos, a no ser que te conviertas en monstruo,

y si miras al abismo, el abismo devuelve la mirada».

Friedrich Wilhelm Nietzsche

Cada uno de los doce capítulos de Watchmen termina con una cita relacionada con lo que nos ha contado previamente: Bob Dylan, Albert Einstein, el Génesis, Elvis Costello, Carl Gustav Jung,… Una cita que encaja a la perfección. Nombres ilustres que preceden a los apéndices que completan la biografía o la personalidad de los personajes que nos va describiendo en cada capítulo: el informe médico-psiquiátrico de Rorschach, un artículo de una revista científica sobre el doctor Manhattan, la correspondencia de Adrian Veidt o los estupendos capítulos extraídos del libro Bajo la capucha. 

Todo es magnífico en la novela gráfica de Alan Moore (guionista) y Dave Gibbons (dibujante). Cada vez que terminaba un capítulo se me escapaba un «joder, qué bueno es esto». Me sentía abrumado por los infinitos detalles, la calidad de los dibujos, una trama perfectamente enlazada y por toda la información que creaba ese mundo paralelo. Aquí al lado, «mi amiga» me miraba con gesto de extrañeza y más de una vez me preguntó: «¿qué haces leyendo un cómic de superhéroes?». Y ahí radica el error, porque Watchmen no es solo un cómic y desde luego no es una historia de superhéroes. Va mucho más allá de ese mundo de Marvel o DC puesto que sus protagonistas, para empezar, son gente normal sin poderes extraordinarios.

Watchmen Cover 2

Para los que no hayan tenido la suerte de tropezar con Watchmen y para que se hagan una idea de la calidad de la historia, fue elegida por la revista Time entre las 100 mejores novelas publicadas en inglés entre 1923 y 2005. En esa lista aparecen Lolita, Lo que el viento se llevó, El señor de los anillos, El guardián entre el centeno, Rebelión en la granja, El señor de las moscas, Luz de agosto, varios Nobel como Hemingway, William Golding, Faulkner, John Steinbeck,… y entre todas esas obras aparecen los Watchmen de Moore. Fue también la primera novela gráfica en llevarse el prestigioso premio Hugo, otorgado por la Convención Mundial de Ciencia Ficción.

¿Qué es lo que hace tan interesante Watchmen, por qué los «etiquetadores» profesionales lo han definido como el mejor cómic de la historia? En mi opinión, para todo buen amante de las historias, lo importante es la historia per se, el conflicto que narra o la intrahistoria de sus protagonistas. Es independiente del formato elegido, ya sea película, novela, canción o novela gráfica, como es el caso. Desde las primeras viñetas estás viendo una panorámica de una calle de Nueva York que se aleja de un smiley manchado de sangre. Un plano picado, una panorámica, juegos de sombras y luces… Cada viñeta parece el story board de una película y supongo que estaba cantado desde su publicación que algún día terminaría trasladándose al cine, como ocurrió en 2009.

La novela comenzó a publicarse por entregas en 1986 por DC Comics. Alan Moore y Dave Gibbons plantearon a la editorial una historia en la que utilizarían a varios de los superhéroes tradicionales de la misma y les darían una nueva vida, unas historias más oscuras que las que se asociaban normalmente a este género. Los editores no quedaron muy convencidos y les propusieron que crearan nuevos personajes, y quizás por ello algunos de los protagonistas pueden recordar vagamente a Batman, el Capitán América o Wonder Woman. Sinceramente, prefiero la opción elegida.

Watchmen sitúa la trama en un 1985 alternativo, con Richard Nixon de presidente y un mundo diferente al que conocimos, pero no tanto: la invasión soviética de Afganistán, la guerra fría entre las dos superpotencias, la investigación genética y la amenaza cercana de un holocausto nuclear. Curiosamente, mis capítulos preferidos son los primeros, me gustan más que el final, del que no voy a desvelar mucho.

El capítulo I, A medianoche, todos los agentes, nos presenta a los personajes a través de las investigaciones que está realizando uno de ellos, Rorschach. El tipo de la máscara cambiante (que luego sabremos por qué) trata de averiguar quién ha asesinado a Edward Blake, el Comediante, uno de los antiguos justicieros, un tipo despreciable sin moral alguna que trabajaba para el gobierno. Pese a que podía tener muchos enemigos que desearan su muerte, Rorschach cree que hay algo más en ese asesinato y se pone en contacto con los que fueran sus viejos compañeros de batalla antes de que la Ley Keene los ilegalizara en 1977. La historia engancha desde el inicio y sorprende lo logrado que está ese ambiente decadente de tipos entrados en años y kilos cuyo mejor momento ya pasó.

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El capítulo II, Amigos ausentes, reúne a la mayoría de personajes en el funeral del Comediante. La historia se cuenta a través de flashbacks y viajes al pasado en los que aparecen los Kennedy, la guerra de Vietnam, la edad de oro de los Minutemen, precursores de los Watchmen entre finales de los treinta y los cincuenta y la bomba de Hiroshima. El Comediante era un redomado hijo de puta, como veremos por sus «hazañas» en Vietnam y en la propia Nueva York, y el descontrol de personajes como él será el que lleve a la prohibición de los enmascarados. Como dice la contraportada del cómic: «¿Quién vigila a los vigilantes?», frase extraída por Moore directamente de las Sátiras de Juvenal, siglo I en la antigua Roma.

Las memorias de Hollis Mason, primer Búho Nocturno, ponen de relieve el contexto moral en el que se mueve la novela:

«Cuando el abismo que separaba el mundo de la ciudad y el mundo que mi abuelo me había presentado como justo y bueno se volvió demasiado grande…

…era un mundo de valores absolutos, donde lo que era bueno nunca estaba bajo la menor sombra de duda y donde el mal inevitablemente sufría un castigo adecuado.»

Buena parte de la trama se cuenta a través del diario de Rorschach, un sociópata de manual. El capítulo III, El juez de toda la Tierra, comienza a contarnos en paralelo una historia de piratas y zombies (Relatos del Buque Negro) que mantiene paralelismos con el 1985 sucio y deprimente de la trama principal. Este capítulo se centra en la figura del Doctor Manhattan, Jon Osterman, el único superhéroe de verdad de toda la novela, pues los demás son solo justicieros encapuchados o enmascarados. Eso sí, reúne tal cantidad de poderes que es como un dios: puede fundir metal con el pensamiento, teletransportarse o mover objetos y personas, conoce el futuro,… Pero no hará nada para cambiarlo, ¿o quizás sí?

El capítulo IV, Maestro relojero, es una puñetera maravilla que narra cómo ese chico llamado Jon es convencido o más bien forzado por su padre a abandonar su afición por los relojes para volcarse en los estudios de ingeniería y física nuclear. La perfección de los relojes, del universo, un cierto destino irreversible, el tiempo,… son muchos los temas que toca y a cual más interesante. En uno de sus experimentos sufrirá el accidente que le convierte en lo que es, deja de ser el hombre para convertirse en un ser casi todopoderoso. «El superhombre existe y es americano», frase atribuida erróneamente al propio personaje y que él se encarga de aclarar. Su impacto es tal al ser presentado en sociedad que su participación en la guerra de Vietnam decantará la victoria hacia el lado estadounidense. Y por añadidura servirá para contener a los soviéticos durante esos años de guerra fría.

El capítulo V, Temible simetría, tiene un desarrollo simétrico de las viñetas desde el principio al final, o del final al principio y se juntan en el medio de la historia. Se centra en la figura de Adrian Veidt, quien fuera Ozymandias, considerado «el hombre más inteligente de la Tierra» (aunque nunca entendí cómo puede medirse tal cosa).

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El capítulo VI, El abismo devuelve la mirada, es quizás mi favorito junto con el IV. Nos cuenta quién es ese Walter Kovacs que se oculta tras la máscara de Rorschach, y lo hace a través de las entrevistas con el psiquiatra de la prisión. Su memoria solo recuerda sufrimiento, una madre que se prostituía, peleas callejeras, el tipo que asesinó a una niña y al que ajustició,… es todo sórdido y salvaje de principio a fin. El psiquiatra verá alterada su existencia tras estas charlas con este tipo sin sentimientos, misógino, asalvajado, alguien que solo entiende de blancos y negros, sin matices ni tonalidades.

Watchmen 5A partir del capítulo VII, Hermano de los dragones, los Watchmen vuelven a la acción. Más gordos, menos ágiles, pero más experimentados. El capítulo se centra en Laurie Juspeczyk, la nueva Espectro de Seda, una mujer voluptuosa y cañón como solo las mujeres de cómic pueden serlo. Su relación sentimental y sexual con el nuevo Búho Nocturno, Dan Dreiberg, nos regala alguno de los escasos momentos de humor de la historia. Bueno, si no consideramos humor algunas de las sentencias de Rorschach, puro humor negro como las más negras viñetas de la historia.

No quiero contar más de la trama, sino animar al que no lo haya hecho a que se lance. Si alguien espera una historia de acción y peleas, que busque en otro universo, en Marvel o en clásicos DC. Pero si busca profundidad, dilemas morales, melancolía, dolor, detalles escondidos en las pintadas de las calles y en los titulares de los periódicos, en cada esquina de la viñeta y cada letrero de Nueva York, que se sumerja a fondo igual que lo hace la nave del Búho Nocturno en las aguas del Hudson. No hay desperdicio tampoco en la segunda mitad:

  • Capítulo VIII: Viejos fantasmas.
  • Capítulo IX: La oscuridad de vivir.
  • Capítulo X: Dos jinetes se acercaban.
  • Capítulo XI: Contemplad mis obras, poderosos.
  • Capítulo XII: Un mundo más fuerte y feliz.

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El final de la película de Zach Snyder es diferente al del cómic, quizás lo menos convincente para mí de toda la obra, excepto por la angustiosa (y maravillosa a la vez) respuesta del Doctor Manhattan: «Nada termina nunca». El dios todopoderoso que no puede intervenir ni cambiar el destino de los que fueron sus congéneres.

El que lo haya leído lo entenderá. La primera vez que te embarcas en Watchmen tratas de analizar el complejo plan y su ejecución, y no encuentro una conclusión clara acerca de qué final alternativo podría tener una historia como esta. Antonio Runa, director del mejor podcast «frikicomicpeliculero» que conozco, La Órbita de Endor, afirma que Watchmen juega en una liga distinta al resto de cómics o novelas gráficas de superhéroes o justicieros, y estoy completamente de acuerdo.

Para Alan Moore y Dave Gibbons se trata de una obra completa, con principio y final, y por esa razón reniegan de los productos que surgieron después como Before Watchmen o W de Watchmen. Respecto a la película… ¡lo dejo para la segunda parte!

«Por lo que podemos discernir, el único propósito de la existencia humana es encender una luz de significado en la oscuridad de vivir».

Carl Gustav Jung

Cara Travis