La Champions le debía una, por Barney

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Los aficionados al fútbol, especialmente los madridistas, nos hemos hartado de escuchar en los últimos años que “la Champions le debe una” a alguien, a un club, un jugador, un entrenador,… casualmente se la debía a cualquiera que compitiera contra el Madrid.

Tiene cojones que esas “deudas del juego” solo eran vistas por la prensa española, esa lamentable prensa deportiva que algunos tachan de madridista, lo cual me causa una enorme perplejidad. Suelo contestar a mis amigos antimadridistas (algunos me quedan) que será madridista por el tiempo que le dedican, desde luego que no por los elogios de los comentarios. Hasta cuando no juega el Madrid, como esta deliciosa semana de semifinales de Champions, se acuerdan del club más laureado del mundo.

“La Champions le debe una al Atlético de Madrid”, dijeron antes de la final de Milán (2016). ¿Puedo saber por qué? ¿Por qué le debe una a un equipo ramplón que estuvo a punto de ganar un partido con media ocasión y un autobús durante más de una hora? ¿Por qué se merece ganar una Champions un equipo que se dedicó el resto del tiempo tras el gol a perderlo con un descaro vergonzoso? ¿Porque les empataron en el tercer minuto de descuento de una segunda parte en la que se perdieron seis, por eso? ¿El mundo del fútbol le debe algo al Cholo Simeone, aparte de reconocerle el mérito de haber llevado a este equipo y con ese estilo a dos finales de Champions y a la conquista de una Liga en la que competían Messi y Cristiano Ronaldo?

“La Champions le debe una a Buffon”, dijeron antes de la final Madrid-Juventus en Cardiff (2017). Volvieron a decirlo en la eliminatoria de la temporada pasada entre ambos equipos, la del famoso penalti de Benatia a Lucas Vázquez, que recordemos que a juzgar por algunas crónicas no fue mas que un tropezón con la línea del área pequeña. Este año nuestros periolistos se olvidaron de que la Champions le debía una a Buffon, igual que se olvidaron de mencionar lo duro que resulta que te señalen un penalti en el descuento cuando está bien pitado, como le ocurrió al portero contra el Manchester en la jugada que dejó fuera al PSG.

Durante los días previos a la final de 2018 en Kiev, el mantra que repetía la prensa era otro: es una final indigna, descafeinada, entre “el tercero de la Liga española y el cuarto de la Premier”, como escuché en la Cope (vía El Radio de Richard Dees, of course). Podían haber mencionado que se juntaban 17 Champions/Copas de Europa sobre el terreno de juego, o que el Liverpool se había cargado al City de su idolatrado Guardiola y a la Roma que se cepilló a su no menos adorado Barcelona. Muchas críticas a la temporada del Madrid, a su juego, su entrenador, lo de siempre, y pocas menciones al hecho de que el equipo de Zizou había vencido en París, Turín y Múnich, derrotando a rivales sin importancia como el campeón de Francia 5 de esos 6 años, al campeón de Italia sin interrupción desde 2012 y al campeón de la Bundesliga 5 años consecutivos.

Pero era una final “descafeinada”, por supuesto, y si a alguien le debía la Champions el trofeo era sin duda a Jürgen Klopp, responsable de montar un equipazo en Liverpool o en Dortmund, con aquel enorme Borussia capaz de romper el monopolio del Bayern en la Bundesliga y de alcanzar la final de la Champions en 2013.

De la final “indigna” del año pasado hemos pasado por arte de magia a la mejor Champions de todos los tiempos. Con un par, sin pestañear.

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El Tottenham, que lleva sin ganar la Premier desde el año 61 y un torneo europeo desde el 84, frente al Liverpool, otro equipo con una larga sequía en la Premier, donde no triunfa desde 1990. Pero es la mejor de todos los tiempos, pues vale. Es lo que tiene que no juegue el triunfador en una de cada cinco ediciones, que automáticamente revaloriza cualquier título.

Entonces, insisto en mi pregunta: ¿a quién le debe la Champions un título?

Pues según uno de los feladores habituales de Pep Guardiola, el éxito de los equipos ingleses se debe a la presencia de este entrenador en Inglaterra. Curioso, igual que sucedió en el Mundial, donde ya daban por seguro el triunfo de su selección por el aura mágica del noi de Santpedor.

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A los periodistas les da igual que el Liverpool de Klopp y el Tottenham de Pocchettino jueguen de un modo totalmente opuesto a los equipos de Pep Guardiola, las semifinales han sido una oda al juego directo y sin contemplaciones, a la velocidad de circulación de balón y si el momento lo requería, como en la segunda parte de Ámsterdam, a los balones largos áereos, les da lo mismo: es un triunfo de Guardiola.

Lo de siempre con este entrenador y con el malo malísimo de Mourinho, el único capaz de romper en los últimos cinco años esta hegemonía de los equipos españoles en Champions, Europa League, Supercopa de Europa y Mundial de clubes (manteniendo tal consideración para el que se ha convertido en bandera del independentismo catalán):

Pues no, no se la debe a Guardiola, ni mucho menos a Messi, el que iba a ganar “esta Copa tan linda” porque este año se lo había propuesto. Debe ser que los anteriores no le apetecía, ¿no le motivaba acaso?

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Mi respuesta sería que esta Champions es una gozosa vuelta al fútbol que me gusta, a la brega, a la lucha noble, al juego de equipo en el que el conjunto prevalece sobre las estrellas, como ocurrió en un Liverpool sin Salah, Firmino ni Keita, o en un Tottenham sin Harry Kane. Y pocos estilos como el inglés se acercan a ese tipo de fútbol que me gusta desde hace décadas.

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Tengo clara mi respuesta:

  • El 8 de mayo se clasificaba el Tottenham con un gol en el minuto 95.
  • El 7 de mayo pasaba el Liverpool aprovechando el despiste de los jugadores culés, un descuido provocado por su manía de protestar al árbitro tras cada falta o córner, algo que sabía Klopp según este artículo del The Telegraph y que manejó con picardía.
  • El 6 de mayo se cumplían 10 años de lo que algunos llamaron “el Iniestazo”, el famoso gol del manchego en el descuento en Stamford Bridge, pero que para la mayoría fue realmente el “Ovrebazo”, el tan acojonante como sospechoso arbitraje del noruego Tom Ovrebo, el más lamentable que recuerdan los aficionados antes de la irrupción del Aytekinazo.

Desde aquel día la Champions le debía una al fútbol inglés y era de justicia que esa deuda se la cobrara al Barça. Eso sí, limpiamente.

Cara Barney

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