Meter la tijera (I): la duración

Los asesinos de la Luna, 3 horas y 26 minutos.

Oppenheimer, 3 horas justas.

El triángulo de la tristeza, 2 horas y 27 minutos.

Avatar 2, El sentido del agua: 3 horas y 12 minutos.

Indiana Jones y el Dial del Destino, 2 horas y 34 minutos.

Napoleón, 2 horas y 37 minutos.

Babylon, 3 horas y 9 minutos.

Estas han sido mis últimas visitas a las salas de cine. Si a estos metrajes le uno varias de las películas destacadas para los Óscar del año pasado y los de este mismo que he visto en casa, como Elvis (2 horas y 39 minutos), Blonde (2 horas y 46 minutos), Los Fabelman (2 horas y 31 minutos), Sin novedad en el frente (2 horas y 27 minutos) y La sociedad de la nieve (2 horas y 24 minutos), parece claro que se puede concluir que ha habido un incremento de la duración de las películas. Otro modo de verlo: que para llegar a la selección final de los Óscar hay que ofrecer un «peliculón» con un metraje superior a los 90-100 minutos, 120 máximo, que durante décadas fue un estándar. Esta es la lista de las películas ganadoras al Óscar a la mejor película en los primeros años de la pasada década:

  • 2010: El discurso del Rey, 118 minutos.
  • 2011: The Artist, 100 minutos.
  • 2012: Argo, 120 minutos.
  • 2013: 12 años de esclavitud, 134 minutos,
  • 2014: Birdman, 119 minutos.
  • 2015: Spotlight, 128 minutos.
  • 2016: Moonlight, 111 minutos.
  • 2017: La forma del agua, 123 minutos).

Yo no me quejo en absoluto de la duración de las películas, es más, considero que deberían tener la duración exacta y precisa que la historia demanda. Si eso significa tres horas, pues las disfrutaré desde el primer minuto al último sin una sola queja. Como decía aquel crítico cinematográfico, la medida de la calidad de la peli me la da mi propio culo: si me gusta lo que veo, ni lo siento, ni me acuerdo de él, ahora bien, como mi culo empiece a dormirse, a cambiar de postura, a demostrarme que está incómodo, es cuando sé que me estoy aburriendo con lo que veo en pantalla. Mi culo nunca se quejó de El cazador, El Padrino I, El Padrino II, Ben-Hur, La gran evasión, Apocalypse Now, El señor de los anillos, Espartaco, Pulp Fiction o Cadena perpetua, películas que superan los 150 minutos y varias de ellas, por encima de las tres horas.

El problema que veo es que algunas de las últimas películas que he mencionado están alargadas en exceso, de manera innecesaria. A Elvis y a Marilyn (Blonde) les habría recortado más de media hora, porque, además, se notaba que se debían a excesos innecesarios de unos directores con afán de lucimiento, tendentes a la exageración (Baz Luhrmann y Andrew Dominik). El final de Avatar estaba estirado de tal manera que, en lugar de resultar espectacular, aturdía, agotaba. Como tampoco tiene sentido que la última de Indiana Jones sea la más larga de las cinco que conforman la saga, lo cual es otra muestra más de la tendencia a la hipérbole por encima del desarrollo del argumento. Hay varios momentos de la última aventura de Indy que se alargan más que un discurso de Fidel Castro.

No debe resultar nada fácil meter la tijera a una película, y menos cuando, además, los directores se ven forzados por las productoras a contar con los gustos del respetable. En ocasiones, lo que gusta o interesa a sus creadores no es lo que los espectadores deseamos ver. A Oppenheimer (y esta es una opinión muy particular que no tiene por qué coincidir con la mayoría, puesto que ha sido un gran éxito en todo el mundo), le sobraba metraje sobre el juicio a Strauss y le faltaba bomba atómica, su lanzamiento sobre la población civil y las consecuencias. La monumental obra de Martin Scorsese (Bendito Scorsese) podía haber sido aún mejor película con 30-40 minutos menos, algo similar a lo que pensé en su momento con el estreno de El irlandés (2019), otro peliculón de 3 horas y 29 minutos, pero, ¿dónde recortas, qué escenas quitarías? No lo sé, te absorbe de tal manera, te mete en su mundo, en su trama, que no lo tengo claro, al contrario que me pasa con otras. A El triángulo de la tristeza, por ejemplo, le sobraban directamente unos 142 minutos, y sí, ya sé que duraba 147, lo he dicho a conciencia.

En el cine, muchas veces «menos es más». Un metraje ajustado a la narración, a la historia desarrollada, con el ritmo adecuado y las escenas precisas, es el complicado equilibrio que tienen que alcanzar tanto los directores como las productoras. Una obra maestra no tiene por qué alcanzar las tres horas de duración. Uno, dos, tres, de Billy Wilder, 115 minutos. No le sobra nada, no le falta alargar ninguna escena. La mejor escuela de ritmo cinematográfico para las nuevas generaciones. Psicosis, de Alfred Hitchcock, 109 minutos. Un trabajo de montaje perfecto. ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra, 130 minutos. Ni sabía lo que duraba hasta hoy, pensé que eran menos de dos horas porque se me pasa siempre en un suspiro.

En el cine de siempre, la duración podía estar condicionada por algo tan poco artístico como el coste del celuloide, que era muy elevado. Los metros de película con los que se contaba al inicio del rodaje, o el número máximo de rollos que se le daban al director, pesaban más en el formato final que el número de páginas del guion. En la actualidad, con el soporte digital, hay más margen para ampliar los minutos rodados, o para repetir tomas, pero también sucede que se disparan los costes de post-producción por el incremento de efectos digitales que se incorporan cada vez con más frecuencia.

En cualquier caso, parece evidente que las grandes productoras han optado por ampliar la duración de las películas, quizás para atraer a las nuevas generaciones a las salas. En algunos artículos he leído que es un efecto post-pandemia, que hay que ofrecer «algo más» a un público que se ha acostumbrado a consumir series en capítulos de 45-50 minutos de duración, una hora máximo, como si fuera una justificación por el precio que se paga. «Marcar el carácter de evento», decía Ángel Sala, director del festival de Sitges, «parece que ese peso las hace mucho más importantes, y las diferencia de otro tipo de opciones, de cara a que hay que verlas en el cine». Coincido con lo que dice la crítica de cine Nuria Vidal: «El confinamiento y el cierre de las salas potenciaron el consumo de cine en casa. Sobre todo de series, series de cuatro, seis capítulos que se ven seguidas, en una tarde». «¿Y cómo ha reaccionado el cine en las salas? Alargando sus historias en un intento inútil de competir con las plataformas. Inútil porque el cine tiene otro ritmo; inútil, porque el cine en la sala te encierra durante dos horas o más, mientras que el cine en casa te permite pausar a tu voluntad el visionado; inútil porque las historias se resienten al alargarse y repetirse muchas veces sin necesidad. Hay películas que necesitan un metraje largo, pero hay muchas otras que no. Saber cuál es el metraje adecuado de una película, es uno de los trabajos de los buenos productores».

Las nuevas generaciones están orientadas a la brevedad y al consumo rápido, luego no sé si alargar la duración de las películas es la mejor estrategia para atraerlos a las salas. La generación para la cual un email de más de un párrafo es muy largo, o un mensaje de Whatsapp de más de dos líneas (y por eso se comen signos de puntuación y letras, o te plantan LOL, OMG o emoticonos para abreviar). Los mismos chicos que consumen vídeos de un minuto máximo de duración en TikTok, y la mayoría de las veces ni llegan al final de los sesenta segundos, o los mismos de las stories que duran solo 24 horas, es decir, la exaltación de lo efímero, ¿a ellos vamos a pedirles que se encierren en una sala oscura durante tres horas en las que, además, les prohibimos usar el móvil? Pues ojalá se consiga. Parece que estas megapelis de superhéroes de tres horas de duración están experimentando ya un desgaste y las cifras de recaudación de las últimas no han compensado los desorbitados presupuestos.

Los exhibidores tampoco están satisfechos con la duración de la nueva hornada de películas. Si antes podían meter tres y hasta cuatro sesiones de una película de 90-100 minutos en una tarde, con los últimos Nolan, Cameron y Scorsese solo pueden programas dos pases por día. Adolfo Blanco, responsable de los cines Verdi, decía hace unos meses: «Como exhibidores, una película larga nos ocupa más espacio, cuesta más proyectarla y es menos rentable que una corta porque hay menos funciones. El público no va a ver una película porque es larga, sino porque es buena». Y plantea el debate de los diferentes precios que debería tener cada película: «A nadie se le ocurriría que un libro de 1.000 páginas cueste lo mismo que un libro de citas ilustres de 90 páginas en letra gorda. Creo que no es normal que una película de bajo presupuesto cueste lo mismo que otra de una producción de 200 millones de dólares y que a lo mejor dura tres horas y media». O el teatro: todos entendemos que no valga lo mismo un monólogo sin escenografía de ningún tipo que un musical con 60 actores en las tablas y una orquesta en directo. Steven Spielberg y George Lucas ya plantearon este debate hace unos pocos años en Estados Unidos. Decían que lo lógico es que una superproducción tenga un precio de 25 dólares en taquilla, mientras que la entrada de una cinta independiente debería rondar los 7. Un debate totalmente entendible y al que yo añadiría otro aspecto: una película española subvencionada en su producción también debería valer menos para el espectador en España.

Puede que el trabajo de montaje de una película sea el más aburrido de todos, gente que se encierra días y semanas enteras con todo lo que ha rodado un director, lo bueno y lo malo, en bruto, sin música ni efectos de sonido, y tiene que dedicarse a seleccionar lo que vale y lo que no, que tenga coherencia y no se pierda nada relevante para la trama, que los cortes se hagan de tal modo que tenga el ritmo que el director requiere, que no se alarguen innecesariamente porque también hay presión de las productoras para llegar a un minutaje concreto… No es un trabajo sencillo. Es gente en la sombra que tiene que conocer bien al director. Por esa razón, Martin Scorsese lleva cinco décadas trabajando con Thelma Schoonmaker. Y los montadores son gente poderosa, pese a que no los conoce nadie, pues deciden qué se verá en la pantalla. Como dice Michel Chion en El cine y sus oficios, su herramienta principal, su arma, es la misma que la de los censores de antaño: unas tijeras. Físicas o virtuales, pero unas tijeras para cortar y cola para pegar.

Un inciso para mencionar la censura: no puedo dejar de recordar el final de Cinema Paradiso con todos esos recortes censurados durante los años de represión (lo encontraréis en Carta de amor de un cinéfago desentrenado y desenfrenado), así como la mítica escena de las ostras y los caracoles en Espartaco, de Stanley Kubrick, incorporada años después a las versiones reestrenadas y, por tanto, con otras voces:

En la segunda parte hablaré del Director’s cut y del Final cut, varios ejemplos clásicos de empleo del montaje para mejorar o destrozar una obra. Dejo un último homenaje a los montadores, el de la montadora con mal aspecto de Babylon, cuya trama comienza con el cine mudo y el trabajo artesanal de recorte de los fotogramas y la inclusión de los carteles escritos a mano, que podían alterar por completo el sentido de lo rodado. La escena de esta mujer con el pañuelo en el cuello me recordó al momento superhéroe con capa de Los increíbles. Si un traje de superhéroe no debería llevar capa, una montadora no debería trabajar jamás con un pañuelo, y los que hayan visto ambas pelis entenderán la referencia.

Continuará: Meter la tijera (II): el Director’s cut y el Final cut.

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