¿Por qué corremos los cuarentones?

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LESTER, 22/12/19

Correr se ha puesto de moda desde hace unos años, o debiera de decir para adaptarme a las modas que el running es trendy. Pero, ¿por qué? No hay fin de semana que no se celebre una carrera por el centro o alrededores con cualquier excusa y motivo, de 10, 21 ó 42 kilómetros, ¡algunas de 100!, con obstáculos, en triatlón, solidaria o sencillamente porque sí. Y lo que sin duda llamará la atención del espectador que presencie esa salida de corredores a tempranas horas de la mañana es el elevado número de cuarentones entregados al esfuerzo y el sudor. Yo soy uno de ellos.

Corrí mi primer maratón en 2004, con 34 años recién cumplidos. El maratón de Madrid, el Mapoma de toda la vida. Llevaba una camiseta de algodón, pantalones de fútbol y unas zapatillas de correr normalitas. Nunca había corrido más de 15 kilómetros seguidos, así que confieso que aquello fue una temeridad. 4 horas y 29 minutos, “¡no he corrido tanto en mi vida, Hulio!”. Exhausto, derrengado, con agujetas hasta en las pestañas y ganas de descansar varios meses seguidos. “Ya está hecho, lo pongo en el currículum, y nunca más”.

Un año después volvía a estar en la línea de salida. Y el siguiente, y el siguiente,… y luego me animé a correr en el extranjero, y después comencé a picarme con los tiempos. Desde aquel debut he participado en otros 16 maratones, y reconozco que cada día me gusta más. ¿Pero por qué los cuarentones (y cincuentones) nos hemos puesto como posesos a correr como jamás hicimos cuando teníamos veinte años?

 

Porque no se trata solo del día de la carrera, sino de los tres o cuatro meses previos, racaneando tiempo de donde puedes, buscando el mínimo hueco en la apretada agenda para correr tus diez, doce o puede que más kilómetros de entrenamiento, o llegando a casa y “hola, cariño, me pongo las zapas y voy a trotar un rato”, mientras contemplas su cara de resignación.

Son los meses del héroe solitario, del Rocky Balboa que nos hacemos creer que llevamos dentro. A veces me ve algún vecino corriendo a las seis de la mañana y me saluda como diciendo “hola”, pero sé que en el fondo piensa “puto zumbao”. Me da igual, por debajo de las legañas dibujo una sonrisa de satisfacción. Hay días que suena el despertador y me cruje la espalda al salir de la cama, o me duele el talón, o tengo el gemelo más cargado que un Peugeot 605 marroquí haciendo el Paso del Estrecho. Algún otro día me cuesta arrancar porque tengo el recuerdo del cenorrio de la noche anterior y varias copas de vino en el estómago. Sin embargo, me calzo las zapatillas, salgo a la calle, y si logro superar el primer kilómetro, el dolor desaparece.

Entonces, ¿por qué lo hacemos? ¿Qué motivos hay para que los de mi quinta nos hayamos lanzado a esas carreras? ¿Nos creemos que corremos contra la edad, contra el envejecimiento? Cada uno tendrá las suyas, pero allá van las mías:

1. Porque a medida que afinas tu cuerpo, vas adquiriendo el punto adecuado de forma y te desprendes de ese neumático que se nos instala en la cintura, te sientes una apisonadora humana, un superhéroe de Marvel. Más activo, de mejor humor, con la sensación de poder con todo, no en vano has liberado más endorfinas que los tristes de tus compañeros en toda su carrera profesional. “¡Martínez, deje de hacer flexiones en la oficina!”. No te miras al espejo buscando abdominales como Cristiano Ronaldo, pero te quedas a un paso.

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2. Porque es un deporte agradecido si te sabes cuidar, toda la comida te sienta bien, aunque sea en grandes cantidades, y las cervezas nunca fueron más placenteras. Los falsos mitos sobre el poder hidratante de la cerveza me la traen al pairo, nosotros los repetimos por sistema mientras nos apretamos unas jarras. Es agradecido además porque tus marcas mejoran al principio con mucha rapidez, y luego se pueden mantener muchos años. Después de los 45 años me he estabilizado en una marca entre 44 y 53 minutos mejor que aquel terrible debut. Según el libro Nacidos para correr, el declive del cuerpo es tan lento que podrías seguir perfectamente en tiempos similares hasta los 55 ó 59 años.

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3. Porque me encanta el reto del maratón, porque no es otra cosa que eso, un reto que te pones a ti mismo, a tus limitaciones. Igual que me encanta el ambiente que rodea a la mítica de los 42.195 metros, las dudas previas de todos los corredores, las sonrisas nerviosas en la salida, el ambiente festivo, la extraña solidaridad del runner, la expectación del público entre el que esperas encontrar a familia y amigos.

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4. Porque me encanta sentirme ligero durante esos 25 a 35 kilómetros que mi cuerpo disfruta realmente sobre el asfalto, guardando cada detalle, respirando al ritmo de las zancadas, observando cada calle, monumento, espectador o cartel de ánimo: “Run now, Rum later”, como leí en Nueva York. “Demasiado esfuerzo para obtener un plátano gratis”.

 

5. Porque me encanta correr por el interior de esas ciudades fantásticas que han cortado sus calles para nosotros, “los putos zumbaos” de las seis de la mañana. Presumo de haber disfrutado momentos emocionantes corriendo junto al Coliseo de Roma y la Fontana di Trevi, por Central Park y el Bronx, he atravesado la Puerta de Brandeburgo en Berlín y el puente de Carlos en Praga, he tenido tiempo de admirar el Parlamento de Budapest, el Hermitage de San Petersburgo, la sirenita escuchimizada de Copenhague, las callejuelas de Eindhoven o las playas de Sunshine Coast, y por supuesto, me he dejado llevar por mis piernas desde la mítica ciudad de Maratón al estadio olímpico de Panathinaikos en Atenas.

 

6. Porque sigo emocionándome cada vez que paso el cartel con el kilómetro 41, por donde suelo pasar más castigado que tras una reunión tediosa de varias horas, o más perjudicado que cuando sales de una larga cena de Navidad de empresa. Se me sigue poniendo la carne de gallina, y a veces hasta se me han saltado las lágrimas, cada vez que entro en meta, con el Highway to hell, el Sweet Child O’ Mine o el Satisfaction de los Rolling, que esas cosas pasan en estas grandes carreras.

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7. Fundamental, muy importante. ¿Recordáis aquel chiste del tipo que está en una isla desierta con Charlize Theron? No le falta nada: pasión, sexo salvaje y tal, pero el tipo no es feliz porque no tiene a quién contárselo. Pues eso es lo que nos pasa a todos los maratonianos, que solo estamos contentos si lo subimos a redes sociales, publicamos nuestras marcas y fotos, y esperamos el “ooh” de admiración (que nunca llega) de las jóvenes de nuestra oficina. Somos unos brasas, lo reconozco, y como tenemos más de cuarenta palos, ahora somos los puñeteros abuelos batallitas del maratón o el triatlón. Antes decía que no había comida más aburrida que aquella en la que se juntaban dos cazadores. Pues bien, ese hueco ahora lo han copado los corredores de fondo. Mis disculpas.

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8. Última y más importante. Porque liberas tensiones, te relaja en esas estresantes jornadas de trabajo, y es bueno para tu salud mental, tanto que a veces pienso que si no fuera por el running estaría pendiente de juicio por asesinato con premeditación.

¡Os dejo, me voy a correr un rato!

Nota del autor: este artículo, sin un par de actualizaciones, fue publicado en la revista Pilaristas del mes de septiembre de 2019.

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3 comentarios en “¿Por qué corremos los cuarentones?

  1. Dificil exponer mejor todas esas sensaciones. Muy bonito de leer! Gracias!
    En mi caso particular siento admiración por todos aquellos temerarios de la etapa “prerunning”. Calcetines blancos de tenis, cabezazos en el kilometro 30 contra el muro, agujetas para una semana entera, escoceduras y ampollas para un mes… Ahora està todo medido y con esfuerzo , entrenado se consiguen hacer hasta 100kms y al dìa siguiente a trabajar.

    Mi motivación principal: Sentir como mis hijos ven que su viejo padre se esfuerza y lucha, casi siempre para nada… Pero no se rinde!

    Siempre lo diré: Envidia infinita de tu forma de conocer ciudades. No la cambies y sigue contandonoslo!!!
    FELICES FIESTAS (y entrena).

    Me gusta

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