El clan de los MacArrash (2ª parte), por Lester

“And I think I’ve drunk more than forty beers tonight…”

(Continuación)

Arrash0

Los “ullapoolenses”, que hasta entonces no habían mirado al escenario, se giraron tratando de averiguar qué clase de energúmenos podía estar cantando tan horriblemente mal una canción sobre un tío que ha bebido más de cuarenta cervezas y que va al baño a mear Sigue leyendo

El clan de los MacArrash (1ª parte), por Lester

Amiga S.N., a ver si soy capaz de superar el reto que me pusiste. Como este es un relato más largo que los habituales posts de este blog, lo voy a dividir en dos partes, como las entregas de Alejandro Dumas. Salvando las distancias, por supuesto.

Arrash0

Ocurrió en aquellos tiempos lejanos en que no había teléfonos móviles, ni wi-fis, ni conexión a internet, aquellos tiempos en los que podías desaparecer del mapa perfectamente sin que te localizaran y sin enterarte de lo que ocurría en el mundo, que, todo sea dicho de paso, nos interesaba más bien poco. Sigue leyendo

Siempre es tarde, por Lester

acampada

Desde hace un tiempo tengo pendiente escribir un relato que no sea tan triste o sórdido como los anteriores que he dejado en el blog. Una buena amiga, que atiende a las siglas de S.N. (parece que hablo de una delincuente, y a veces tengo dudas de que no lo sea), me retó a que escribiera un relato divertido, optimista, que no le hiciera empezar el día soltando un «buff, qué duro», y en eso estoy. Pero la verdad es que cuesta, y cuesta mucho más que encontrar un tema triste. Será que está en nuestra naturaleza. Sigue leyendo

Apurado apurado, por Lester

zazzle(Artwork by Tomaniac)

De pie, frente al espejo, abro el grifo y dejo que corra el agua, esperando la salida del chorro caliente, lo quiero hirviendo casi, miro mi cara y no me gusta lo que veo, me hago viejo y no soporto la idea, el grueso cristal de mis gafas me empequeñece los ojos, su azul embaucador se ha tornado triste gris, las sienes plateadas me advierten del paso del tiempo y la barba es la única parte de mi rostro en que tengo más pelo que cuando era joven, la frente gana centímetros día a día, el cabello retrocede y la conquista alopécica parece inexorable, y no quiero pensarlo más, paso dos dedos por el chorro de agua y ésta sigue fría, heladora, como el paso del tiempo, Sigue leyendo

Equilibrio precario, por Lester

marcel

La semana pasada tuve que ir al centro a unas gestiones, y terminé hacia la una y media. Como había perdido casi toda la mañana, me tomé algo rápido en el Rodilla de Callao, y me encontré una libreta vieja, que como siempre, no pude evitar cotillear. Encontré este relato, fechado en 1997, que lleva por título Equilibrio precario, y que transcribo literal:

          «Mis ojos no te miran, pero yo sí. Y aunque no quiera, mis oídos te escuchan. ¿Qué hago aquí subido? Manteniendo apenas el equilibrio sobre la barandilla. Con la cara pintada de blanco. Sosteniendo un gato inmóvil entre los brazos. A veces yo también me hago la misma pregunta. Y lo triste es que cada vez con mayor frecuencia.

         Si todavía mis actos guardaran alguna lógica… Pero yo de lógica no entiendo, no como Timy. Al menos él sabe que cuanto más quieto permanezca, mayor será su ración.

         Si todavía mantuviera la ilusión… Pero hace ya tiempo que murió. La novedad, la alegría, la imaginación desbocada… La libertad. Los primeros tiempos. No los añoro, sólo la ilusión.

         Si me quedara alguna esperanza… Pero de qué, para qué. Con quién o para quién. No conozco otra vida y aunque así fuera, tampoco la querría.

         Si la memoria me ayudara… Pero apenas conocí tiempos mejores. Ella se marchó y yo fracasé. Ellos me abandonaron, si bien es cierto que yo lo hice primero. Nadie permanece en mi memoria, como yo tampoco permanezco en la de nadie.

          Algo he de hacer, ¿verdad, señora? Su hijo me está mirando, no me esquive usted. ¿Empezar desde el principio, comenzar donde mi suerte se torció? Cambiar de vida, evitar los errores, aprender de la experiencia,… Buscar un trabajo. Haciendo qué. Sólo sirvo de payaso ambulante, o de mimo callejero, y ni siquiera se me da bien. No valgo para el sacrificio ni sirvo para estar encerrado. No soy muy listo, ni tampoco fuerte. No soy nada. No tengo estudios, no tengo habilidad. No soy nadie. Señora, ¿no necesitará a alguien que le entretenga? Un paréntesis en esta vida de mierda.

         Se marcha, me ignora. Cuesta pensar con el estómago vacío. O será que simplemente me cuesta pensar. Confundo las ideas, carezco de razonamientos. Mi cerebro sólo alberga imágenes y las funde con sonidos que no le corresponden. Visiones alteradas mezcladas con ruidos ajenos.

          Sólo dispongo de tiempo. Y mi única posesión se vuelve en mi contra. Tiempo para pensar, tiempo para el tormento. Tiempo para meditar, tiempo para la desesperanza. El sentido de la vida. Desde mi atalaya lo diviso a la perfección. Oleadas de gentes presurosas, torrentes de coches y bocinas, mareas de grises individuos en atronadores autobuses,…

         Chaval, suelta algo. Por el rabillo del ojo, del tuyo, sé que has reparado en mí. No huyas, tu caña es mi cena, tu periódico, el remedio a mi sed. ¿Acaso no oyes mis ojos? Adiós. Sigue, circula, llegas tarde.

          Todas mis pertenencias se hallan en esa bolsa de basura. No las huelas, maldito perro, no las toques, maldita niña. Cierto es, carecen de valor, pero también las tuyas y no por eso permitirías que me acercara, que intentara compartirlas. Comprendo el egoísmo. Mejor incluso que la generosidad, pero no comprendo y por ello aborrezco el egoísmo irracional. ¿Que de qué hablo? Sube y echa un vistazo.

         Mis pertenencias, mi pequeño tesoro. Una foto ajada de una persona que ya nada significa, una maquinilla que no afeita y un peine que no peina, una flauta desafinada, un bote de pintura blanca que ya no necesito, un espejo roto que apenas refleja, una manta que no abriga,… Toda una vida en una bolsa. O debiera mejor decir “los restos de una vida”. En una bolsa de basura.

          El reloj marca las nueve. El termómetro, cuatro grados. La última hora, el principio del frío. La soledad es mi abrigo, la tristeza, mi cobijo. Mas la soledad es gélida y la tristeza, un nulo amparo. Qué me importa la hora, qué la temperatura. La una señala el avance inexorable de mi decadencia, la otra lo acrecienta. Y qué más me da. Al amanecer, la hora vuelve al principio y el frío desaparece. Y sale el sol y de pronto crees que existe una oportunidad. No lo quieres creer, pero lo crees. Cruel destino, mísero devenir. Para ti no la hay.

          Antes era capaz de llorar. Y capaz de hacer reír. Ya no lloro y tampoco arranco sonrisas. Lloro por dentro y quizás por dentro se rían de mis desgracias. El llanto contenido quiere salir. Dilata los poros de mi piel, quiere brotar del interior. Y lo hace en forma de sudor frío, de humedad que impregna y se distribuye por todo el cuerpo. Ni un centímetro de mi ser escapa de las lágrimas.

         Hace tiempo que supe por qué resultaba obligado pintarse, que no maquillar, la cara de blanco. Es el sustituto de una máscara. La pintura no es para mí, es para vosotros que me observáis. La fachada que oculta el ruinoso estado del edificio. Un dedo de pintura. Blanca, símbolo de pureza, qué ironía.

          Gracias, joven. A usted sí se le permite una sonrisa, no la reprima en esa mueca pudorosa. Inclino mi cuerpo para agradecértelo, no te vayas tan pronto. Me he inclinado ante tantas cosas que no me supone ningún esfuerzo. Me he arrodillado ante tanta adversidad y he cedido tantas veces que ya ni recuerdo cuándo empezaron las concesiones. Pero el mismo gesto de doblarme como un junco, de inclinar el tronco hacia adelante, conlleva un algo de nobleza. Aún me queda algún resto de dignidad, jamás lo hubiera creído.

         El entumecimiento de las extremidades me vence. Sólo retando a Timy a una prueba de resistencia logro prolongar mi agonía. Poco tiempo, claro. Siempre logra ganarme, qué otra cosa cabe esperar de un perdedor. Mens sana in corpore sano, decían los clásicos. Mente enferma en cuerpo abotargado, reza mi máxima.

         A lo lejos diviso a mi amigo el policía. ¿Me pegará hoy? ¿Me atizará jaleado por su compañero o pensando en el amante de su mujer? ¡Escoria, mierda, desecho! No te quito razón, compañero polizonte, pero no me pegues más, tampoco valgo para el dolor. Empújame al fondo de la boca del Metro, haz que me trague, haz que me devore para siempre. Si no lo haces tú, lo haré yo. Al final de la jornada, te lo prometo. A Timy quizás le queden seis vidas, yo perderé la única que tengo. Aunque, quién sabe, con mi suerte quizás sólo me rompa el cuello. Paralítico de cuerpo entero, qué ilusión, el mimo perfecto».

Cara Lester

Ese incesante zumbido, por Lester


san juan

Breathtaking es una palabra inglesa que viene a definir un estado de ánimo o de asombro al ver algo que te corta la respiración, o que te deja sin aliento. No encuentro un buen sinónimo en español. Sería algo así como impresionante o sobrecogedor, pero no son exactamente palabras para lo que quiero definir. Así que me quedo con el inglés y digo que uno de los sitios más breathtaking en los que he estado en mi vida es San Juan de Gaztelugatxe, una ermita situada en un pequeño islote al que se accede desde la carretera que va de Bermeo a Bakio. Qué sitio, la primera vez que estuve allí me quedé completamente embobado.

El País Vasco tiene rincones maravillosos, como éste, y sitios espantosos a unos pocos kilómetros, como la herriko taberna de Bermeo, el único sitio en el que tuvimos problemas en aquellas dos semanas de estancia en la región. Son los contrastes de Euskadi, del País Vasco. Mi amigo Iñaki, que es tan de allí como el que más, me describió estas contradicciones perfectamente: «Esta tierra tiene la mejor gente del mundo, gente noble, sana, honesta, hospitalaria. Pero también algunos de los peores sujetos que jamás he conocido. Nuestro problema es que algunos, muchos de los primeros, no son capaces de darse cuenta de la maldad de los segundos, o la disculpan en parte porque son sus hijos, nietos o sobrinos, porque son sangre de su sangre, o simplemente porque son de la tierra». Iñaki me regaló un relato que había escrito con las tripas tiempo atrás, tras una experiencia vivida por un amigo suyo. Aquí lo dejo. Sigue leyendo

Turbulencias, por Lester

Avión

Bien sabes tú, cariño, que cuando el comandante nos informa de la altitud a la que vuela el avión, lo más normal es que yo esté dormido, si no completamente, sí al menos cercano a una plácida somnolencia. Y hoy no iba a ser una excepción. Y aunque te encuentres ahora mismo a más de seiscientos kilómetros de distancia, me acuerdo de ti cuando interrumpen de nuevo mi amodorramiento para decirnos que “vamos a atravesar una zona de turbulencias”. Porque sé que te ponen nerviosa, como a buena parte del pasaje, pero para mí esos movimientos, esos traqueteos o bandazos, son la puntilla definitiva para caer en un sueño más profundo.

Bien sabes tú, cariño, que mi vida estos últimos meses es un caos, con tanto viaje, el absorbente trabajo y todas esas preocupaciones que me agobian y que tan bien conoces. Los fines de semana apenas descansamos con los pequeños, y las inquietudes no desaparecen, así que para mí los aviones se han convertido en un remanso de paz, en esos únicos momentos de la semana en que puedo cerrar los ojos y meditar. Desconectar el ordenador y el móvil, y pensar en mí mismo. En nosotros. En el presente que me agobia. En el futuro en el que deposito mis esperanzas. De ahí que me resulte tan sencillo cerrar los ojos en mitad de las turbulencias y relajarme. Relajarme, sí, o al menos intentarlo. Sigue leyendo