Siempre es tarde, por Lester

acampada

Desde hace un tiempo tengo pendiente escribir un relato que no sea tan triste o sórdido como los anteriores que he dejado en el blog. Una buena amiga, que atiende a las siglas de S.N. (parece que hablo de una delincuente, y a veces tengo dudas de que no lo sea), me retó a que escribiera un relato divertido, optimista, que no le hiciera empezar el día soltando un “buff, qué duro”, y en eso estoy. Pero la verdad es que cuesta, y cuesta mucho más que encontrar un tema triste. Será que está en nuestra naturaleza.

Como me toca a mí dejar una entrada y veo que ese relato divertido me va a llevar un tiempo más del que esperaba por la dificultad que conlleva, he preferido rescatar otro, del año 98, que me envió un colega para que le echara un vistazo y le dijera qué le cambiaba.

Lo recordaba perfectamente y ayer lo releí. Se titula Siempre es tarde. La verdad es que pasa el tiempo y se nota, porque entre otras muchas cosas, habla de gente que escribe cartas. ¡A mano, que eso ya no lo hace nadie! Y no es ese relato alegre que S.N. espera. Le he quitado unos párrafos un tanto retorcidos estilísticamente, y he dejado un cambio relevante al final. Como el relato es largo, sólo los interesados que lleguen sabrán por qué lo he dejado así. No me enrollo más.

SIEMPRE ES TARDE

Me quité la chaqueta y la corbata sorprendido. Era una manera muy suya de enviar cartas, sobre todo cuando le interesaba que el destinatario las recibiera con bastante diferencia respecto al día en que fueron escritas. Apuntaba en el reverso del sobre un nombre irreal y una dirección ficticia, y como remitente escribía los datos verdaderos de la persona a la que realmente estaba dirigida la carta. Certificaba el envío y al cabo de un par de semanas lo recibías devuelto por Correos con el sello de “Dirección Inexistente”. Era otra de sus bromas, “te juro que te he escrito, hace casi un mes, no me digas que no la has recibido”.

Este ocurrente amigo mío no se cortaba a la hora de inventarse nombres, ya fuera de personas o de calles. Con el tiempo empezó a elegirlos entre nuestros personajes favoritos de libros o películas. Recuerdo una carta dirigida a “Alonso Hidalgo Castellano, Camino de Los Molinos”, y hasta creo que una vez se atrevió a enviar otra con el remite de “Aureliano Buendía, calle Melquíades, nº 3, Macondo”.

Lo que no esperaba yo era recibir una carta suya por este sistema en esas fechas. Sobre todo porque hacía menos de una semana que Eduardo había muerto. Le conocía bien, y quizás por eso, no debía haberme sorprendido tanto su misiva desde ese más allá, que no era realmente tal. La carta llevaba fecha del día 12 y él murió el 18, si no recuerdo mal. Nunca se tomó la vida en serio, así que no veo por qué no iba a tomarse a broma su muerte.

El hecho de saber su muerte cercana le había permitido ironizar sobre la misma, aceptarla, enfrentarse a ella no como algo evitable, sino como una fecha próxima más, como quien teme pero no desea el final de las vacaciones. Su estado de salud fue tan poco generoso con él que apenas le permitió disfrutar de los escasos meses de vida que le habían vaticinado los agoreros galenos. No le permitieron realizar ese viaje a China del que llevaba años hablándome, ni despedirse de muchos de los que fueron sus amigos, ni casi salir a la calle. A él que era todo actividad. Ni siquiera le permitieron gozar de una alimentación normal. Y visto el previsible resultado final, uno se pregunta para qué, de qué sirvió tanto sufrimiento, si no hubiera sido preferible permitirle llevar su vida normal hasta donde la salud se lo permitiera.

Su muerte me pilló al otro lado del Atlántico. Ni siquiera yo, que me consideraba su mejor amigo, pude despedirme de él. El trabajo nos convierte a veces en seres tan inhumanos que supeditamos hasta lo que debiera ser preferente al calendario laboral. Y con el paso de los años y el aumento de responsabilidades este calendario roba tiempo a la persona en beneficio del trabajador.

– En cuanto vuelva de Nueva York, te lo prometo.

– Espero aguantar hasta entonces.

– Sí, hombre, sí. Que tú vas a salir de esta, ya lo verás.

– Mientes como en las películas.

Mi voz tembló al pronunciar aquellas palabras, al igual que el resto de mi cuerpo al asimilar la fría realidad de su respuesta. Fueron las últimas palabras que cruzamos y me dolió que fueran mentira. Como me dolió que las recibiera a través del sonido frío y metálico del teléfono.

Volví de mi viaje al día siguiente de su fallecimiento. Un escueto mensaje de su madre en el contestador me informó de la noticia. Y lo hizo de un modo aséptico, con una voz tenue y sin apenas entonación, como quien informa del final de una tormenta o del paso de un coche. “Murió ayer sobre las cuatro de la mañana. Su cuerpo no resistió más. Estaremos todo el día en el Tanatorio de la M-30. Por si no vuelves a tiempo o estás varios días fuera, quiero que sepas que el funeral lo haremos el viernes a las ocho de la tarde en la parroquia de San Juan Evangelista.” No debe de ser fácil para una madre comunicar la muerte de su hijo. Y debe de resultar insoportable tener que hacerlo a tantos conocidos como tenía. Y desesperante si el hijo en cuestión fallece con menos de treinta años. Y cercano a lo imposible si el hijo es como Eduardo.

A la mañana siguiente acudí al Tanatorio. ¿Por qué ahora sí eludía mis responsabilidades laborales? ¿Quizás me sentía culpable? “Ya es tarde, demasiado tarde. No sólo te mentí sino que además incumplí mi promesa”. Me abracé a su madre. Me conocía desde pequeño. Hundió su cara en mi hombro. Me pareció más pequeña que nunca, como si el dolor la hubiera encogido físicamente.

– ¿Por qué? –sollozó entre mis brazos.

Ojalá hubiera tenido la respuesta. Pero esa respuesta no existe. No existe para nadie. No existió para mi compañero de trabajo, que perdió a su hijo al volante de un coche, ni para ese individuo del periódico sorprendido en la ducha por un infarto, cuyo cuerpo no encontraron hasta tres días después, ni existió para mi abuela, ni existirá tampoco cuando me llegue a mí el momento.

Contemplé el cuerpo inerte en el ataúd. Presentaba un buen aspecto, por increíble que parezca. Impecablemente trajeado, con buen color de piel, las mejillas sonrosadas, al igual que los labios, el gesto orgulloso, altanero, atractivo, diríase que casi sonriente. Qué gran trabajo habían efectuado los embalsamadores. El contraste entre el rostro que se me ofrecía a la vista y el último que yo le recordaba era tan amplio como podía serlo la diferencia entre un coche recién sacado del concesionario y el mismo modelo después de un accidente frontal. Se cumplió así, aunque supongo que involuntariamente, uno de sus últimos y jocosos deseos.

– Tenemos que ver Los Seres Queridos. Ya entenderás por qué –me comentó en su casa poco antes de que lo ingresaran en el hospital para rematarlo definitivamente.

Los Seres Queridos, basada en el libro de Evelyn Waugh, fue una de las últimas películas que vimos juntos. Me costó mucho tiempo y trabajo encontrarla. Inglesa, en blanco y negro, de los años sesenta, reunía todas las condiciones que convierten una cinta en ilocalizable. En más de veinte videoclubes y tiendas especializadas encontré la negativa, cuando no el encogimiento de hombros, por respuesta. Fue la casualidad la que fijó mi vista en un anuncio de una empresa de venta por catálogo que presumía en su publicidad de encontrar cualquier película o disco del mundo.

Los Seres Queridos era una de esas comedias inglesas cercanas al absurdo, una cinta poco divertida para lo que se suele entender como comedia, pero hilarante a poco que analizaras su argumento. Al contrario de las películas americanas de su género y época, que narran de la manera más cómica un hecho completamente serio, ya sea una infidelidad, un intento de asesinato, o una huida de la mafia, Los Seres Queridos trataba con la mesura y flemática pose británica la disparatada historia de una funeraria dedicada al embellecimiento de cadáveres. La empresa en cuestión se encargaba de dar al muerto un aspecto digno, sobrio, regio, o cómico, a petición de los familiares del finado. Eduardo era capaz de encontrar la gracia en esa película pese al momento tan crítico que padecía. A mí me dejó un poso de amargura que tardó tiempo en abandonarme.

– Por lo menos veis algo distinto a Philadelphia o Priscilla –prorrumpió tajante Lucía.

Lucía era mi novia de aquella época y sus palabras resultaron suficientes para dar por terminada nuestra relación. Nunca aceptó que mantuviera esa amistad tan estrecha con un homosexual. Porque Eduardo era homosexual, no lo he dicho. Como tampoco he dicho que yo no lo soy. Parece obligatorio indicar la opción sexual de alguien cuando ésta no coincide con la de la mayoría. Soy capaz de entender los prejuicios y reparos que puede causar, yo mismo los padecí.

Nos conocíamos desde pequeños. Sin exagerar, puedo decir que apenas gateábamos nuestras madres nos juntaron y convirtieron en inseparables. Nos criaron como hermanos y como hermanos nos quisimos, a pesar de lo cual tardé en saber de sus inclinaciones sexuales. Siempre pensé que su poco éxito con el sexo opuesto se debía a su timidez, no a su desinterés.

El recuerdo del momento en que me confesara lo que durante largos años me había ocultado perdura en mi memoria al lado de esas tres -o quizás cuatro- cosas que cambiaron de modo radical mi vida, junto a esos tres o cuatro acontecimientos que suponen una ruptura con el pasado y una nueva visión del futuro, como uno de esos tres o cuatro pasos que guían hacia la madurez. Éramos aficionados a la montaña, a las acampadas libres, alejados de los incívicos campings y en contacto directo con la Naturaleza. Aquel fin de semana nos escapamos solos, como tantas otras veces, como tanto nos gustaba hacer. Esperó a la última noche. Hablamos durante cerca de dos horas en la tienda de campaña. Charlamos de todo, de fútbol, de cine, de coches, de la montaña, también de chicas.

Cuando ya pensaba que la conversación había terminado, que el sueño nos invadía, en el último instante, como si pensara que retrasar lo inevitable lo convertía en remediable, como si la vergüenza superara a la necesidad de expulsarlo, me lo contó. Recuerdo que al principio me negué a aceptarlo. “Es otra de tus bromas”. No necesité más que mirarle a los ojos para comprender que no era eso, y en sus ojos vislumbré un principio de lágrima, una mirada triste como si temiera haberme fallado en algo. Salí de la tienda y me tumbé junto a la laguna cerca de la cual habíamos instalado la tienda. No podía asumir la idea de dormir junto a un homosexual, “compartir el lecho con un maricón, ni soñarlo”. Cuántos chistes de maricones le había contado yo en esos años, cuántos comentarios hirientes hacia los de su condición había realizado. Me mordí el labio, “pero es tarde, demasiado tarde”. Creo que lo que de verdad me dolía era pensar que ese homosexual, ese maricón, era mi mejor amigo.

Intenté comprender su dolor, su silencioso sufrimiento, la vergüenza que debía causarle que ni siquiera a su mejor amigo podía contárselo. Se sentía culpable y no podía gritar su felicidad, su pecado. Sus ojos llorosos me perseguían. Contemplaba el firmamento y sólo veía sus ojos, el llanto en ellos, suplicando comprensión, no compasión. Fui estúpido y tardé en entender que ese hecho no variaba en nada nuestra relación.

Pasé la noche a la intemperie y el amanecer me sorprendió tiritando de frío. Eduardo acababa de levantarse. Había hecho café y me ofreció una taza. La acepté sin mirarle a los ojos, sin dar las gracias. No dije nada. Durante varias semanas.

El entierro fue todo lo patético que puede ser un entierro. Un ataúd no deja de ser una caja para muertos por muy pulida que esté la madera y por muy trabajado que esté el Cristo que lo corona. La comitiva se desplazaba con lentitud. Frente a mí, al otro lado del foso, podía contemplar el dolor de la madre de Eduardo, sujeta de un brazo por el padre, que quizás ahora veía el “castigo divino” que llevaba años anunciando a su hijo. O quizás acabó aceptando, como Elena, la única hermana de Eduardo, que agarraba fuertemente el otro brazo de la madre y también con su llanto parecía preguntar “por qué”.

Pude ver más familiares, algún vecino, y en tercera o cuarta fila, aparecía Víctor, el último compañero de Eduardo. Ocupaba un papel secundario. La familia nunca le perdonó, como yo tampoco lo he hecho. Él fue el responsable de que el virus penetrara y destrozara el cuerpo de Eduardo. Sé que mi amigo le quería, que le disculpó y le perdonó, pero ni siquiera eso me parece suficiente. Fue egoísta e infiel, lo que nunca hubiera sido Eduardo, y el destino quiso que no desarrollara la enfermedad que portaba y que se llevó por delante a su compañero, quiso que cargara para el resto de su vida con la responsabilidad de la muerte de la persona que más le amó, que mejor le trató, quiso que cada mañana al levantarse y mirarse al espejo se sintiera miserable. Yo no dejo de preguntarme “por qué”.

Descolgaron el ataúd. Arrojaron flores a la fosa. Echaron tierra encima. El ruido de la pala, el golpeo de la arena con la madera, alguna pisada, la brisa, ningún otro sonido podía oírse. Alguien entonó una deprimente canción en latín y tres o cuatro personas le siguieron. De haber podido, Eduardo se hubiera levantado de su tumba para pedir que se callaran. Encajaba con su filosofía, “por favor, algo más cañero”.

No sé por qué me extrañó su muerte. Había realizado el vuelo con la esperanza, que no el convencimiento, de que todavía lo encontraría con vida. Aunque la última vez que le vi ya estaba más cerca de ese mundo celestial y paradisíaco en el que creía que de éste, me negaba a aceptarlo como Eduardo lo había hecho. La enfermedad que le estaba comiendo las entrañas estaba muy avanzada, pero aun así su muerte, como al final ocurre con todas, me sobrecogió por inesperada.

No era la primera muerte de un ser cercano con la que me topaba. Sí en cambio la primera de alguien de mi edad que tenía la desgracia de vivir. Y en todas las ocasiones, la marcha de una persona me pillaba por sorpresa, ya fuera mi abuela, el hijo de mi compañero, el señor de la ducha, un personaje famoso o ese obrero que en un mínimo instante de descuido suelta su único asidero a la estructura del edificio y se precipita cinco, seis o más pisos al vacío. No por fortuitas o casuales sorprende menos que al anciano que una mañana cualquiera no se despierta, o al enfermo en coma al que un día el cerebro dice “basta de tanto absurdo”, o al enfermo terminal como Eduardo, con quien los médicos juegan a los pronósticos con inquietante exactitud.

Llegué tarde a mi cita con él, pero al menos no me perdí ni uno solo de los actos de despedida celebrados. Resulta cruelmente irónica la palabra: “celebrados”. Seguro que Eduardo le hubiera encontrado la gracia. Como le hubiera encontrado el chiste a las mentiras que los que no le conocían dijeron de él en su funeral.

Desde aquel curso realizado en un colegio de curas odio las misas, y todo lo que se le pueda parecer. Pero no por ello iba a dejar de acudir a su funeral. El sacerdote que ofició el mismo era conocido de Eduardo desde hacía años. Era su confesor habitual. Yo conocía parte de lo que se cocía en esas confesiones y por ello no me extrañó la habilidad con la que Don Mariano eludió la homosexualidad de Eduardo en su sermón. La Iglesia no podía admitir en público “tal desviación”. Se limitó a alabar lo que él creía más loable en Eduardo y a callar las virtudes que yo consideraba más admirables. Habló de su valentía y su lucha contra la enfermedad, de su enfrentamiento con la muerte, de su fe en la vida. “Era un joven que amó mucho”. Fue la frase más cercana a la realidad del espinoso asunto que pronunció en su sermón. Yo hubiera añadido que lo que Eduardo hizo en vida no fue más que aplicar la máxima que él predicaba cada domingo: “Ama a tu hermano”. Así de simple, sin distinciones.

Al concluir la misa, los muchos parientes y amigos que dejó, nos acercamos a sus padres. Unos para darles el frío “pésame”, otros para abrazarlos, y otros, sencillamente, para figurar, “que sepas que he venido”. Algún día disminuirá el cinismo y la hipocresía en el mundo, pensé. Como también es posible que algún día aceptemos la diferencia. Sólo yo me acerqué a Víctor, un apestado donde debiera haber sido el principal. Quizás porque sólo yo le conocía bien, quizás porque sólo yo viví su drama de una manera cercana.

 

Me quité la chaqueta y la corbata sorprendido. Guardé las llaves y la cartera en su cajón. Le di la vuelta al sobre y volví a leer la dirección, como para cerciorarme de que era cierto que tenía una carta suya en mis manos. Devuelta por Correos por “Dirección Inexistente”. Remitente: “Evelyn Waugh. Camino del Camposanto, s/n. Las Matas”.

Lo abrí, desdoblé el folio y comencé a leer.

FIN

El relato original no terminaba aquí, terminaba con la carta que Eduardo dejaba a su amigo. Pero yo le dije al autor que había leído muchos relatos, y que en buena parte de ellos se utilizaba el recurso de dejar un final abierto, “para que el lector se imagine lo que viene a continuación”. A mí personalmente es un recurso que me parece tramposo, es una manera cómoda de decir “no sé muy bien cómo acabarlo y posiblemente lo que tenga pensado no llegue a la altura de lo anterior, así que dejo que el que lo lea lo termine a su gusto”. Y a eso animo a los valientes que hayan llegado hasta aquí, a que se imaginen su final, pero que no se lo guarden, que me lo escriban, que lo dejen en el blog. Me gustaría encontrar a media docena de valientes que me dejaran escrito lo que un tipo como Eduardo escribiría a su amigo. A lo mejor yo también me animo y otro día cuelgo el final del 98.

Saludos.Cara Lester

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3 thoughts on “Siempre es tarde, por Lester

  1. Ya veo que no haces caso a tu amiga con lo del relato divertido…. has hecho todo lo contrario, medicina de choque¡¡ Podías haber elegido algo menos triste…..en fin.
    Un final de película es que en la carta le dice que siempre estuvo enamorado de él, está claro, jaja.
    También espero ese relato divertido¡¡

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  2. Querido amigo Lester:
    Te imagino leyendo esta carta unos días después de mi muerte y, como te conozco, también me imagino lo que estás pensando, conozco tus pensamientos y entre ellos el del dolor por haberme perdido, por haber perdido a un buen amigo que además era una excelente persona a la que tenías cierto aprecio, ojo, no cariño y, por fin, el de sentirte en paz contigo mismo porque siempre me trataste correctamente. Te crees que tú no eres como los demás, que eres especial, comprensivo, transigente, más listo, etc.
    Pues desde el fondo de mi tumba te digo que ni hablar, Que eres del montón. Que no tienes categoría ni clase, lo que en tu caso, que es el de una persona con recursos y cultivada, es un agravante. Te descubriste aquella noche de mi confesión junto a la laguna. Saliste de la tienda como huyendo de la peste, allí había un apestado. Pasaste la noche a la intemperie muerto de frío, cualquier cosa mejor que mi compañía. Yo pasé la noche arrebujado dentro del saco de dormir y al abrigo de la tienda. Bien calentito, eso sí, pero llorando a moco tendido. Si mi mejor amigo reaccionaba así, ¿Qué me esperaba en la vida? Sólo podía ser una cosa: mierda. Lo siguiente fue la consecuencia lógica: no quería vivir, quería matarme, decidí suicidarme. Y no niego que fueran unas enormes ganas de venganza las que me señalaron la forma de hacerlo: moriría por lo que los hipócritas sin piedad piensan que es castigo divino para personas como yo. No me fue difícil encontrar ocasiones. El pobre Víctor sólo ha sido una chinita más en el camino, la última. Tu ayuda en estos tiempos: la que tú y yo sabemos, ninguna.
    En vuestra pena, la que sea, más bien poca, lleváis vuestra penitencia. Sólo porque sois mayoría os creéis privilegiados, ortodoxos, dogmáticos, puros, …. Mientras tengáis que hacer el esfuerzo de creernos iguales seguiréis sin estar a la altura de las circunstancias, no estaréis convencidos de que así es, vuestras “buenas acciones” serán un obstáculo para llegar al fondo de la cuestión, llegaréis tarde siempre, como cuentas que a ti te ha pasado. No es cuestión de buenas intenciones hacia esos pobres desgraciados, es cuestión de convencimiento; más todavía, de justicia, de evidencia, de afrontar lo que la vida nos trae cada día. Dejaos de palmaditas en el hombro, de cariñitos de comprensión y de condescendencia. Echadle huevos y avanzad en el único camino posible, el del convencimiento.
    Desde el otro mundo, que espero que lo haya, un (casto) abrazo.
    Eduardo

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