Ese incesante zumbido, por Lester

san juan

Breathtaking es una palabra inglesa que viene a definir un estado de ánimo o de asombro, al ver algo que te corta la respiración, o que te deja sin aliento. No encuentro un buen sinónimo en español. Sería algo así como impresionante o sobrecogedor, pero no son exactamente palabras para lo que quiero definir. Así que me quedo con el inglés y digo que uno de los sitios más breathtaking en los que he estado en mi vida es San Juan de Gaztelugatxe, una ermita situada en un pequeño islote al que se accede desde la carretera que va de Bermeo a Bakio. Qué sitio, la primera vez que estuve allí me quedé completamente embobado.

El País Vasco tiene rincones maravillosos, como éste, y sitios espantosos a unos pocos kilómetros, como la herriko taberna de Bermeo, el único sitio en el que tuve problemas en mis dos semanas de estancia en aquella región. Son los contrastes de Euskadi, del País Vasco. Mi amigo Iñaki, que es tan de allí como el que más, me describió estas contradicciones perfectamente: “Esta tierra tiene la mejor gente del mundo, gente noble, sana, honesta, hospitalaria. Pero también algunos de los peores sujetos que jamás he conocido. Nuestro problema es que algunos, muchos de los primeros, no son capaces de darse cuenta de la maldad de los segundos, o la disculpan en parte porque son sus hijos, nietos o sobrinos, porque son sangre de su sangre, o simplemente porque son de la tierra”. Iñaki me regaló un relato que había escrito con las tripas tiempo atrás, tras una experiencia vivida por un amigo suyo. Aquí lo dejo.

Ese incesante zumbido

“Como cada día antes de levantarse, como cada mañana de aquellos últimos 11 años, 3 meses y 7 días, Mikel cogió la foto en blanco y negro que estaba encima de la mesilla, se incorporó ligeramente y la observó con detenimiento. Pasó el dedo sobre la sonrisa tímida de Ainhoa, acarició su mejilla sobre el cristal, y luego sus ojos negros y profundos que miraban directamente a la cámara. Así era ella, profunda y directa. Sincera, como su mirada. Justo detrás, en un segundo plano, Mikel encontró su propia sonrisa, bobalicona e ilusionada, su brazo rodeándola con cariño y una mano sobre el vientre que albergaba aquel niño que nunca nació.

Recordaba perfectamente el momento de la foto, realizada por él mismo con el temporizador en su pequeño piso de Bilbao, apenas unas horas después de conocer que la criatura que esperaban sería una niña.

– Se llamará Pilar, como tu madre, como siempre quisiste.

– Ya veremos -respondía ella, siempre más prudente.- Aún queda mucho, pueden pasar muchas cosas.

Dejó la foto de nuevo en la mesilla. Suspiró profundamente. Cada mañana de aquellos últimos 11 años, 3 meses y 7 días, había tenido que buscar en lo más hondo de su interior una razón para levantarse de la cama, pero aquel día no. Aquel jueves era distinto. No pensaba ir a trabajar. Y tampoco pensaba avisar.

Hay personas cuya vida recorre una senda sin sobresaltos, y hay otras cuya trayectoria se tuerce en un momento dado y se encamina al precipicio. O más bien, su metáfora era la del tren que avanza firme e inexorable, sin percibir que unos metros más adelante no tiene vías por las que seguir. Entre las secuelas que le dejó la explosión de aquella moto bomba que se llevó por delante a Ainhoa y a esa Pilar que nunca tuvo la oportunidad de sonreír, le había quedado una leve cojera y un zumbido insistente en el cerebro. Un pitido incómodo que no cesaba ni cuando intentaba dormir, un zumbido que le recordaba a cada segundo que su vida descarriló más de once años atrás. Pero tenía que considerarse afortunado, como le habían dicho sus familiares y amigos.

Se levantó con determinación y leyó de nuevo la noticia del periódico que había dejado el día anterior a los pies de la cama. Contempló la foto. Una sonrisa siniestra, unos abrazos ofensivos.

El júbilo que mostraban los cientos de personas concentradas en el frontón del barrio se apagó cuando Mikel avanzó con paso firme entre ellas en dirección al estrado. Llevaba un cartel en alto con una foto de Ainhoa bajo el rótulo: “¿Dónde está mi vida?”. Nadie se atrevió a cortarle el paso. Se plantó frente al atril improvisado desde el que un hombre anciano dirigía sus encendidas proclamas. Calló al verle. A sus espaldas, sobre la pared del frontón, las fotos de varios de aquellos “luchadores por la patria” que aún estaban en prisión, y una enorme pancarta en la que podía leerse: “Ongi etorri, Jon”. Bienvenido, Jon.

Mikel le miró fijamente a los ojos con el cartel bien alto. Un segundo, diez, no sabría decir. Tampoco sabría decir qué fue primero, si el tremendo empujón que sintió en la espalda y que le tiró al suelo, o el grito de “¡Torturador!” proferido por el gigantón que se abalanzó sobre él. Luego el tumulto, la turba desbocada. Comenzó a sentir patadas en las costillas, puñetazos en la espalda, en la cabeza, por todos lados. Se encogió para minorar el efecto de tantos golpes a la vez, de todos los que le rodeaban, mientras apenas alcanzaba a oír: “Asesino, torturador, hijo de puta”.

Apenas unas horas antes, al levantarse, Mikel había elegido la ropa con cuidado. No es que le importara su aspecto al ser consciente de que su vida y su sufrimiento iban a terminar ese día, sino que la elección estaba condicionada por la carga explosiva que debía disimular alrededor de la cintura. Cuando sintió que mayor era el número de personas que le estaban golpeando e insultando, Mikel supo que había llegado el momento de apretar el detonador y de callar para siempre ese incesante zumbido”.

Cara Lester

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2 thoughts on “Ese incesante zumbido, por Lester

  1. Después de los asesinos torturadores, los más odiosos son los asesinos terroristas. Igual que nuestro cariño y respeto al torturado, van los de las víctimas del terrorismo. El terrorismo es canalla e inhumano. Por eso no debemos colaborar en nada que pueda ser ni siquiera sospechoso de justificar la violencia terrorista, venga de donde venga, sea del color que sea. Y por eso, Lester, no me ha gustado el relato de tu amigo Iñaki, por inoportuno e inadecuado, ni tampoco el que tú lo hayas difundido. Ese no es el camino para superar violencias y rencores y mejorar la convivencia de unos con otros, que es de lo que se trata.

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    • Buenas noches. Toda la violencia es reprobable, creo que en eso estamos de acuerdo. Este relato no justifica nada, sólo narra una historia que afortunadamente no ocurrió nunca en el País Vasco. Gracias a que las víctimas no se revolvieron contra sus agresores, pese a las constantes provocaciones de estos, se ha podido acabar con el terrorismo de ETA. Y esto debemos celebrarlo. Los atajos como el terrorismo de Estado de los GAL no sirvieron ni servirán nunca para acabar con la lacra.
      El comportamiento de las víctimas durante estos más de 40 años ha sido ejemplar, pese a haberles asesinado, secuestrado y torturado a sus familiares más cercanos, pese a que han tenido que ver por las calles a los asesinos de sus seres más queridos, y aguantar manifestaciones de apoyo a esos “luchadores patriotas”. A las víctimas más que a nadie les debemos esta paz, porque de haberse comportado como el Mikel del relato, como reaccionan en otras partes del mundo, el problema hubiera aumentado y durado muchos años más. El relato habla del dolor de una víctima cuya vida no tiene sentido, y yo sinceramente espero no verme nunca en esa tesitura, porque posiblemente me venciera la locura y no sé si sería capaz de tener la actitud que han tenido los familiares de las víctimas. Que no sólo han aguantado que les quitaran a sus seres más queridos, sino que encima han tenido que soportar después las provocaciones. Como Pilar Elías, por ejemplo, esa mujer que vio cómo el asesino de su marido, en libertad tras 15 años de condena, monta una cristalería en el mismo edificio en el que ella vive. Y se lo tiene que cruzar a diario, y no sólo le mira con miedo, sino que además contempla cómo este asesino la mira con aspecto desafiante y chulesco. Hay un documental terrorífico sobre este caso. O gente como Eduardo Madina, del que recuerdo una entrevista que leí hace años en la que me sorprendió su entereza al hablar de los tipos que le habían puesto la bomba que le supuso perder una pierna. A él, que era un deportista de 27 años que se había metido en política en sus ratos libres. Como consecuencia de las lesiones que sufrió Eduardo, su madre cayó en una profunda depresión y murió a los 10 meses del atentado. Y sin embargo Eduardo hablaba sin odio, sin ánimo de revancha. No hablaba de perdón, porque la primera condición para el perdón pasa por el arrepentimiento del asesino y su acercamiento a la víctima, y esto nunca se ha producido. Eduardo hablaba de cómo luchaba cada día para que el atentado y sus consecuencias, como el odio o la venganza, no dirigieran su vida. Gracias a gente admirable como Pilar o como Eduardo, que han sufrido lo indecible y no se han revuelto contra sus agresores, se ha podido acabar con ETA. La otra opción es la que tomó un tipo tan despreciable como Ynestrillas, y no es evidentemente el ejemplo a seguir. El relato no pretende justificar nada, creo, sólo muestra una situación que perfectamente podía haber ocurrido cuando una persona normal pierde la cabeza, ve que le han robado su vida y decide responder a una provocación. No todos somos tan fuertes como han demostrado ser las víctimas.

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