Turbulencias, por Lester

Avión

Ayer volvía en avión desde Barcelona y entre la revista habitual y los folletos de información de emergencia, me encontré una pequeña libreta manuscrita que no pude evitar cotillear. Tenía escrito este relato que transcribo de modo literal. Anónimo, perdona que haya utilizado tu texto, me pareció interesante y apropiado para el momento en el que me encontraba. Se titulaba Turbulencias, y decía:

Bien sabes tú, cariño, que cuando el comandante nos informa de la altitud a la que vuela el avión, lo más normal es que yo esté dormido, si no completamente, sí al menos cercano a una plácida somnolencia. Y hoy no iba a ser una excepción. Y aunque te encuentres ahora mismo a más de seiscientos kilómetros de distancia, me acuerdo de ti cuando interrumpen de nuevo mi amodorramiento para decirnos que “vamos a atravesar una zona de turbulencias”. Porque sé que te ponen nerviosa, como a buena parte del pasaje, pero para mí esos movimientos, esos traqueteos o bandazos, son la puntilla definitiva para caer en un sueño más profundo.

Bien sabes tú, cariño, que mi vida estos últimos meses es un caos, con tanto viaje, el absorbente trabajo y todas esas preocupaciones que me agobian y que tan bien conoces. Los fines de semana apenas descansamos con los pequeños, y las inquietudes no desaparecen, así que para mí los aviones se han convertido en un remanso de paz, en esos únicos momentos de la semana en que puedo cerrar los ojos y meditar. Desconectar el ordenador y el móvil, y pensar en mí mismo. En nosotros. En el presente que me agobia. En el futuro en el que deposito mis esperanzas. De ahí que me resulte tan sencillo cerrar los ojos en mitad de las turbulencias y relajarme. Relajarme, sí, o al menos intentarlo.

Bien sabes tú, cariño, que estos viajes a Francia en el último año han sido más frecuentes, pero lo que sin duda desconoces es que no he hecho nada por evitarlos, sino todo lo contrario. ¿Te acuerdas de Marie? Sí, sin duda la recuerdas. Es nuestra Gerente de ventas en Lyon. La conociste hace unos meses en la convención de empresa que celebramos en el Palacio de Congresos. Te fijaste en ella, me hablaste de lo elegante que te parecía. Que te gustaba su vestido, su perfume, su estilo. A mí también me gustaba. Mucho. Y pocas semanas después iniciamos una relación que seguimos manteniendo hasta hoy. Con la que quiero acabar, pero no tengo valor. Marie ha supuesto una nueva ilusión para mí, una diversión para luchar contra el tedio, un descanso en medio del agotamiento. Un mundo distinto al nuestro, al tuyo y mío. Paralelo, pero no opuesto. Pero no puedo seguir así, no quiero seguir, pese a lo mucho que me da.

Bien sabes tú, cariño, lo nerviosa que se pone la gente cuando las turbulencias se prolongan más minutos de los esperados. Cuando alguien advierte algo anormal. O cuando algún pasajero alcanza niveles de histeria. Y eso está pasando en este momento. Uno de los motores está ardiendo, ha dicho ese individuo. Y es cierto. La histeria tiene la virtud de propagarse tan rápido como un tsunami, y aunque intentes escapar, te termina alcanzando. Oigo gritos, una pequeña explosión, los golpes bruscos en los maleteros sobre nuestras cabezas. Lo que no alcanzo a escuchar es el sonido de los motores. Hay una descompresión, veo objetos volando, las mascarillas de oxígeno frente a nuestros ojos… El pánico se ha apoderado de todos, pero yo estoy sorprendentemente tranquilo, consciente de todo lo que está ocurriendo. Veo una llamarada enorme en el ala derecha que alcanza la cabina de pasajeros. Hay fuego en el interior del avión. Siento calor. Mucho calor, pero cuando las llamas me alcanzan no siento nada. Y sigo siendo consciente de todo. Levanto mi brazo y veo cómo la piel y los músculos se desintegran, cómo desaparecen como una figura de arena barrida por el viento. Me miro las manos y sólo veo huesos, las falanges como me las enseñaron en la escuela. Perfectas, si no fuera porque están a punto de convertirse en cenizas. Esto no me puede estar pasando, no puede ser que me vaya de este mundo. No de esta manera. No ahora. Soy una especie de sombra que flota en el aire, o un espíritu vagando por un avión lleno de cadáveres. Sólo pierdo la tranquilidad cuando pienso que mi momento no ha llegado todavía, que no puede ser verdad que no salga de ésta.

Bien sabes tú, cariño, que nos quedan muchas cosas por hacer en este mundo, muchos planes que disfrutar, muchos países que visitar, infinidad de cosas que vivir con nuestros hijos. Por eso me enojo con el destino fatal que me espera en este avión. No puede ser que me vaya de este mundo, y que te cuenten otros de mí quién era realmente esa persona con la que compartías tu vida desde hace años. Quiero ser yo quien te lo cuente, quien te pida perdón, quiero luchar por nosotros. Quiero seguir contigo el resto de mi vida. Grito de desesperación. “¿Se encuentra bien?”, me dice la azafata. Tengo calor, estoy sudando, pero si estoy sudando y tengo calor, eso significa que estoy vivo, que todo ha sido un mal sueño. Me paso la mano por la frente. “Mejor que nunca”, contesto.

Bien sabes tú, cariño, las ganas que tengo de verte, de besarte, de acariciar tu espalda. Quiero quitarme esta carga de encima, voy a luchar por ti. Voy a ser sincero.

Pero sin duda lo que mejor sabes tú, cariño, es que nunca he destacado por mi valor.

Cara Lester

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