La madre que me parió (Barney)

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“La madre que me parió” es una frase muy típica del mundo del deporte. Es lo primero que te (me) viene a la mente cuando algún jugador del equipo rival acierta con una acción inesperada. El canastón de Marcelinho Huertas desde el medio del campo, por ejemplo, el triple de Solozábal o los dos goles de Torres en el Bernabéu. En esos momentos, no sé por qué extraña asociación de ideas, me acuerdo de la madre que me parió. Quizás se deba a que los que hemos practicado deporte, o somos aficionados, en el fondo seguimos siendo unos niños competitivos que buscan consuelo o una explicación racional a algo que no lo tiene (¡dos goles de Torres!), y de toda la vida, ese consuelo sólo nos lo aportan nuestras madres.

Después de esta explicación tan cogida con pinzas, Mamá, también tengo que reconocerte que cuando alguno de los “míos” realiza una gran acción, una heroicidad deportiva, no me acuerdo de ti, sino de sus madres: “¡Olé, Sergio Ramos, viva la madre que te parió!”, “¡CR7, la madre que te trajo!”.

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De este modo me he acordado de las madres de Alberto Herreros, Andrés Iniesta, Pau Gasol (y Marc), Rafa Nadal, y tantas otras cuyos vástagos nos han regalado grandes tardes y noches de victorias.

La versión ofensiva hacia las madres fue la que se nos escapó a buena parte de los españoles en 2006 durante los breves segundos en los que el tiro de Nocioni voló por los aires en la semifinal España-Argentina del Mundial de Japón: “¡¡¡Andrés, la concha de tu madre!!!”

O la que a tantos se le escapa en los partidos de fútbol referidos a los árbitros: “¡Hijo de p…!”, razón por la cual, a los árbitros se les conoce por sus dos apellidos: Mejuto González, Andradas Asurmendi, Andújar Oliver, y un largo etcétera, para que comprendamos que todos, incluso los trencillas, tienen madre conocida.

La relación de mi madre con el deporte, o con mi afición al deporte, nunca fue muy compartida. “Veintidós tíos en calzoncillos detrás de un balón”, “¿Otra vez partido?”, “Buf, qué rollo, ¿y hoy que juegan?”. Yo intenté que lo entendiera con frases de Albert Camus: “Todo lo que sé de los hombres lo aprendí en el fútbol”. O de Walter Scott: “La vida en sí misma no es más que un partido de fútbol”. O de mí mismo: “¡Árbitro, la hora!”

Sin embargo, mi madre siempre aceptó y promovió que practicáramos deporte, quizás porque el deporte, y no la música, amansa a las fieras. Es cierto que seguramente hubiera preferido que practicáramos otro tipo de deporte, más esnob o con más clase, pero nunca se quejó pese a que llegábamos con la ropa llena de barro tras esos míticos partidos jugados en lodazales. Alguna vez protestó algo más cuando nos oía contar en qué había derivado ese uno contra uno en basket jugado contra el cabroncete de mi hermano pequeño, que ya ha salido alguna vez en estas páginas.

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Sé que mi madre hubiera preferido que jugáramos al golf, “o sea, te lo juro”, y de hecho me regaló un putter para ver si me animaba, pero un deporte en el que no puedes atizar al rival me parece menos deporte. O eso, o que no tengo paciencia. De haber jugado en esos años con mi hermano, seguramente le hubiera pegado con el palo. Con la madera 3 sin duda.

Sí le gustaba que jugáramos al tenis, pero no lo hacíamos con los chicos bien del club, ni vestíamos de riguroso blanco, qué va. Una camiseta heavy y un bañador eran más que suficientes. El tenis entre hermanos era otra cosa. Pese a haber una red de por medio, podía ser un deporte de riesgo. La norma de que “en cada lado de la pista pita el de ese lado” se venía abajo a la primera decisión dudosa. Y las dejadas tenían que ser muy buenas, porque si no, ya sabías que tu rival te iba a intentar dar un pelotazo allí donde más duele. Eso, cuando no le daba a nuestro hermano mayor por soltar la raqueta directamente. Recuerdo una vez que me di la vuelta al acabar un punto para recoger una bola del suelo y oí un zumbido por el aire, como un bumerán o algo así. Me giré a tiempo para agacharme antes de que la raqueta me decapitara. “¡Perdona!”. Yo sé que no había mala intención, pero su modo de mostrar fastidio o cabreo tras un fallo, a lo Marat Safin, hacía que jugaras de cualquier modo menos relajado.

En fin, Mamá, que esto del deporte es “asín”, una droga sana, una válvula de escape, una necesidad primaria que satisfacer. No desesperes, ya queda menos. Calculo que me quedan cinco o seis años más para empezar con el golf y continuar con la colección de palos. Ya estoy cerca de alcanzar ese nivel de paz interior que hace falta para relajarme en un campo de golf. Pero que no se aficione el cabroncete de mi hermano. ¡Feliz día de la madre! Besos.

Cara Barney

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2 comentarios en “La madre que me parió (Barney)

  1. Gracias, QQ. Ayer, cuando marcó Morata, lo primero que dije fue otra vez “la madre que me parió”. Y la segunda: “esta película ya la he visto”. Bien, Flo, bien. A por otra etapa sin éxitos, como antaño, que la mayoría de seguidores parece haberlo olvidado, la concha de…

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