Robert Duvall in memoriam

Esta noche se celebra la 98ª edición de la entrega de los premios Óscar en el Dolby Theatre de Los Angeles. He visto varias de las películas candidatas (Francamente, querida, me importa un bledo) y sé que muy probablemente esté en desacuerdo con la mayor parte de los premios, pero también sé, estoy seguro, de que va a haber un momento especialmente emotivo este año: el vídeo que suele emitirse con las imágenes de los fallecidos de la Academia desde la última entrega.

Robert Duvall falleció el pasado mes de febrero a la edad de 95 años. Su familia anunció que no harían un funeral especial, sino que animaba «a quienes deseen honrar su memoria a que lo hagan de una manera que refleje la vida que vivió, ya sea viendo una buena película, contando una buena historia alrededor de una mesa con amigos o dando un paseo en coche por el campo para apreciar la belleza del mundo». Y ver una buena película de Robert Duvall fue justamente lo que hice la misma semana en que supimos de su fallecimiento. Busqué la única en la que coincidió con otro de los grandes nombres que serán homenajeados esta noche: su tocayo Robert Redford. Nunca me han gustado los rankings de interpretación, dirección o películas porque me parece imposible decir si uno está por encima de otro, o a la par que, pero tampoco parece una temeridad afirmar que ambos Robert están en el top-10 o top-15 de mejores actores. O de mis actores favoritos, mejor dicho.

Robert Duvall y Robert Redford compartieron pantalla en El mejor y en La jauría humana (The Chase), una película salvaje rodada por Arthur Penn en 1966, que fue la que vi. Sus personajes no llegan a compartir escenas ni diálogos, pues Redford interpreta a un prófugo que se pasa escondido casi todo el metraje, mientras que Duvall saca adelante el complicado papel de un pusilánime oficinista casado con un pendón verbenero. La película tiene sesenta años, pero tras este revisionado me pareció acojonantemente actual: un grupo de cretinos blancos con pasta, cuya degradación moral tratan de imponer en ese pequeño pueblo sureño de los Estados Unidos. Racistas, clasistas, machistas, alcoholizados… tipos descontrolados que solo respetan la autoridad cuando se pone de su lado. Si no, son capaces de reventar todo lo que encuentren a su paso.

Robert Duvall fue siempre un actor que destacaba por su sobriedad, una contención gestual que, sin embargo, no le impedía transmitir todo lo que su personaje requería. Sin decir nada, sabíamos lo que pensaba de su jefe, de su mujer o del grupo de tarados fascistas que lo acompañan. Uno repasa los actores candidatos a ganar el Óscar este año y encuentra todo lo contrario al estilo Duvall. Parece que ganará Michael B. Jordan por hacer el doble papel de los hermanos gemelos en Sinners. Que sí, que lo hace genial porque diferencias a los hermanos solo con sus gestos o la manera de hablar tan característica de uno y otro, pero son papeles escritos para el lucimiento del actor, para «forzar» la interpretación. Lo mismo puede decirse de Leonardo Di Caprio y el fumeta que representa en Una batalla tras otra. Hace años abandonó sus papeles de «cara bonita» y ya ha demostrado en numerosas películas que es un actorazo, algo similar a lo que parece que sucedía con Robert Redford en sus inicios. Robert Redford era la presencia, el atractivo, y mucho más que un tío guapo que lucir en pantalla. Basta disfrutar esta película o las dos que rodó con Paul Newman (El golpe y Dos hombres y un destino) para entender la categoría como actor del rubio preferido de Hollywood durante décadas.

Se rumorea que en la ceremonia de los Óscar de esta noche, aparecerá Barbra Streisand cantando The way we were, la mítica cancion que dio título a esa maravilla dirigida por Sydney Pollack en 1974, Tal como éramos, aquí en España. Si eso ocurre, los lagrimones de muchos serán incontenibles. Otras caras que aparecerán por la pantalla serán las de los bellezones de la misma época Claudia Cardinale y Brigitte Bardot. También se marcharon este año Terence Stamp (el mejor villano de Superman), Michael Madsen (mítico psicópata como Señor Rubio en Reservoir dogs) y Graham Greene, el amigo indio de Kevin Costner en Bailando con lobos.

Volviendo a Robert Duvall, debutó en el cine en 1962 en Matar a un ruiseñor, casi nada. Y es que la colección de películas que tiene a sus espaldas es estupenda, historia del cine por épocas y géneros. Bullit, Valor de ley, Mash, La invasión de los ultracuerpos, Joe Kidd, A civil action, Network o ese peliculón rodado con otro de los grandes actores del último siglo, Gene Hackman, La conversación (1974, Francis Ford Coppola). Al igual que sucedía con Hackman, era más habitual verlo como secundario que como actor principal, y ambos eran de esos secundarios que mejoraban cualquier película, que «retaban» al protagonista sin necesidad de ser histriónicos. Y menciono esto último porque he leído en algunas páginas especializadas que Sean Penn es favorito para llevarse esta noche el Óscar al mejor papel de reparto. Su actuación en Una batalla tras otra es atroz. Exagerada, histriónica, cómica cuando debería provocar más bien pánico a su paso. Entiendo que son los tiempos modernos y lo que se premia, pero… pfffff, me desesperó en casi todos los planos, qué sobreactuación tan absurda.

Robert Duvall fue candidato al Óscar en siete ocasiones, tres como principal y cuatro como secundario. Solo ganó uno, por Gracias y favores (Tender mercies, de 1983), que no he tenido ocasión de ver. El propio Duvall sabía cómo había que sobreactuar un papel si el director se lo requería, pero incluso en esa exageración era capaz de crear un personaje mítico sin caer en la parodia involuntaria. Me refiero, cómo no, al mítico coronel Bill Kilgore de Apocalypse Now, de 1979, nuevamente a las órdenes de Francis Ford Coppola, un papel que nos ha dejado frases de esas que repetimos fuera de contexto por la potencia de las mismas:

-¿Hueles eso? ¿Hueles eso? Napalm, hijo. Nada en el mundo huele así. Me encanta el olor a napalm por la mañana.

-El olor, ¿sabes ese olor a gasolina? Toda la colina olía… a victoria.

Robert Duvall desarrolló una carrera menos conocida como director y rodó cinco películas menores, de temáticas bien distintas: We’re not the Jet Set (1974) Angelo My Love (1983), El apóstol (1997), Asesinato a ritmo de tango (2002) y Caballos salvajes (2015). Y en la ceremonia de esta noche se rendirá homenaje a un director fallecido de una manera trágica en los últimos meses, otro Robert. Me refiero, cómo no, a Rob Reiner, autor de algunas de esas películas que volvemos a ver y disfrutar con cierta recurrencia: La princesa prometida, Cuenta conmigo, Misery, Cuando Harry encontró a Sally o Algunos hombres buenos. Fue asesinado junto a su mujer a manos de su propio hijo, un chaval problemático con afición a meterse tanta mierda en el cuerpo como cualquiera de los personajes de Sirat.

Lo sé, he metido con calzador la película española que opta al Óscar a mejor película en lengua no inglesa. Parece que tiene posibilidades, pero sería una aberración (una más de la Academia en estos años) frente a las propuestas de sus rivales. Aparte de que Sirat es mala con ganas, es una castaña al lado de Un simple accidente, del iraní Jafar Panahi, aterradora, y mucho más aburrida que La voz de Hind, una película tunecina modestísima sobre el rescate de una niña de seis años atrapada en la franja de Gaza. Todavía no he podido ver Valor sentimental, la película noruega de Joachim Trier que, por lo que he leído, le da diez millones de vueltas en complejidad intelectual al bodrio de Oliver Laxe.

Dejo para el final otro de esos grandes rostros que aparecerán en el In memoriam de esta noche: Diane Keaton. Enorme actriz, atractiva, musa de Woody Allen, siempre interesante en sus papeles, elegantísima y, según parece, intelectualmente brillante. Diane Keaton y Robert Duvall compartieron escenas en las dos primeras entregas de El Padrino a las órdenes de Francis Ford Coppola. La sobriedad de Duvall era lo que necesitaba su personaje como consigliere de los Corleone cuando el Don tomaba una medida difícil de asumir, ya fuera un asesinato o apartar a Kay (Diane Keaton) de la famiglia. Al Pacino realiza una de las interpretaciones de su vida, pero su papel sería probablemente distinto sin las réplicas de Robert Duvall y Diane Keaton.

Seguiré homenajeando a Robert, a Diane y a los otros Robert del modo en que la familia de Duvall nos aconsejó.Al fin y al cabo, siempre consideré al consigliere como una persona «cercana» a la que pedir consejo:

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