El lapo: consideraciones fisiológicas, deportivas y sociológicas del gargajo

Ah, el Mundial de fútbol. Esa concentración de deportistas de élite de países variados, culturas diferentes y filosofías de juego enfrentadas en una maravillosa disputa en torno al balón de fútbol… y el escupitajo. Algo tiene el deporte del balón y los veintidós tíos en calzoncillos que une a la comunidad de sus practicantes, que por momentos parece obligar a los que lo ejercen a nivel profesional a expeler sus restos salivales con una fuerza inusitada, algo exagerada e, inopinadamente al menos para mí, de un modo teatral. Algunos cámaras de televisión parecen encontrarlo atractivo, pues suelen recrearse con un fulgor incomprensible en el desmenuzamiento por el aire del salivazo expulsado por el jugador que acaba de completar su acción.

No puedo con los lapos, lo reconozco. Me repelen, me dan asco, me descomponer verlos en esos primeros planos, no digamos ya cuando los emiten a cámara lenta. O con la súper lenta, que también lo han hecho en alguna ocasión, quizás para que podamos encontrar más matices, colores, densidades y miasmas en la disociación del esputo.

¿Hay alguna razón fisiológica detrás de este acto tan repulsivo?

Un estudio del Instituto Regional de Medicina del Deporte de Caen (Francia) de hace años concluía que la estimulación cardíaca producida por el ejercicio físico intenso hacía que «la composición de la saliva varía para producir una sustancia mucho más viscosa y pegajosa», un gargajo, en términos poco técnicos, que podían molestar al futbolista, que solo podía aliviar escupiendo como una llama peruana. ¡Y un cuerno!

He corrido 22 maratones sin haber escupido una sola vez, he jugado décadas enteras al fútbol sin escupir sobre el terreno de juego (¡coño, chavales, que luego nos caemos ahí!). No es necesario. Otra explicación, o quizás justificación de los defensores del escupitajo, habla del «enjuague de carbohidratos», de cómo los jugadores ingieren grandes cantidades de líquidos, se enjuagan la boca para evitar la sequedad, y luego la escupen, la sueltan de manera aparatosa. El nutricionista deportivo Guillermo Gómez afirma que las botellas que dan a los futbolistas (se ve mucho en este Mundial en las pausas de hidratación) contienen una solución que mezcla el agua con carbohidratos: «Actúa como un enjuague bucal. Se llenan la boca, hacen ese enjuague durante 10 segundos y la escupen». Según este especialista, la boca tiene unos receptores de carbohidratos que hacen que lleguen unas señales al cerebro sin necesidad de ingerir el líquido. Que es mejor escupirla para no correr con la panza llena de líquido. Tampoco me vale esta explicación: todos nos hemos enjuagado la boca junto a la fuente del campo de fútbol, en el descanso o en un punto de avituallamiento de una carrera. Yo no hablo de esa expulsión de la bebida, sea isotónica o no. Yo hablo, insisto, del putrefacto gargajo.

Consideraciones deportivas: ¿Es el escupitajo un elemento exclusivamente futbolístico, tan propio de este deporte como las botas de tacos o las espinilleras?

Los argumentos fisiológicos se desmontan fácilmente. ¿Por qué no escupen los jugadores de baloncesto? ¿O de balonmano? ¿Y los tenistas? Reconozco que sería bastante asqueroso e impropio de caballeros ver a los tenistas hacerlo sobre las verdes pistas de Wimbledon, o sobre la arcilla de Roland Garros, y no creo que en el polvo parisino no se genere algún tipo de sustancia en las gargantas de los tenistas, que pasan horas sobre la pista, por cierto. Los deportes que se juegan sobre parquet suponen un esfuerzo concentrado de mayor intensidad que el fútbol y no vemos a un solo jugador escupiendo sobre la cancha. Si ya el sudor es molesto y peligroso, y obliga a los operarios a secarlo repetidas veces durante los encuentros, solo nos faltaba ver a los jugadores expulsando sus mucosas con la alegría de un futbolista.

El escupitajo televisado en descomposición es un producto (más bien un residuo) estrictamente futbolístico. En Reino Unido surgió hace tiempo el movimiento Keep Britain Tidy (Mantengamos Gran Bretaña limpia), en el que se instaba a los futbolistas a que dejaran de escupir porque creaban un mal ejemplo para los niños. La inmensa mayoría de futbolistas escupen al acabar una jugada, quizás como si supieran que la cámara los enfocaba en ese momento y es impropio de un futbolista no hacerlo. Son pocos los que fallan. ¿Con esto estoy diciendo que los futbolistas son unos cerdos guarros y maleducados? Mmmmhhh… no me preguntéis una segunda vez.

Pero es que, además, en el fútbol se concita otra circunstancia impropia de otros deportes: el lapo al rival para forzar una agresión y una tarjeta roja. Di María, Totti, Messi, Chilavert, Thuram… recuerdo a muchos grandes jugadores cometiendo una acción tan rastrera como esta para provocar al rival. Otro hecho que me demuestra que el gapo es casi exclusivamente propio de lo más macarra del fútbol es la puntería de sus «actores». Aunque ninguno tan certero como Franz Rijkaard y sus salivazos sobre los rizos de Rudy Vöeller. Vi aquel partido en directo y sentí un asco inmenso por un jugador que admiraba.

Y voy a dejar un dato más que demuestra hasta qué punto el escupitajo futbolero es gratuito e innecesario. ¿Qué pasa con los entrenadores? ¿Qué necesidad tienen de escupir si ellos no están jugando? ¿Por qué cada vez que enfocan a Guardiola tiene un minisalivazo que expele en riguroso directo? Y no lo hace solo Guardiola (Zidane también es «un gran escupidor»), aunque él quizás sea el paradigma de la teatralidad del lapo.

¿Algún tipo de consideración geográfica o sociológica del escupitajo?

El escupitajo es algo cultural, y como tal, el fútbol es un punto importante de la cultura europea y sudamericana. Igual que hay países en los que el escupitajo está bastante normalizado, como en China, o en la India, mezclado con un tabaco rojo que aumenta el asco y espesor que provoca el gargajo, hay otros en los que se imponen fuertes multas por escupir en lugares públicos, como Japón o Singapur. Incluso se puede encarcelar a una persona por reiteración o en función del lugar en el que se ha dejado el «regalo». Yo haría algo parecido con el fútbol: multa económica importante a la primera, 50 latigazos a la segunda y el resto de la temporada sin jugar a la tercera. Sanción de cinco años con suspensión de empleo y sueldo a todo aquel que escupa a un rival.

Es asqueroso, por si mi opinión no ha quedado clara tras todo lo expuesto. Me molesta tanto que lo incluí en aquella larga lista de Cosas que odio que publiqué hace tiempo. Como casi siempre, la parodia explica la realidad de las cosas mucho mejor que tanta palabra: el escupitajo, como tocarse las partes, pertenece a los códigos propios que algunos consideran en el deporte. A su lenguaje o filosofía, por absurda que pueda ser. En el caso de los guiris, llevado al béisbol y al tabaco de mascar:

Pues hala, ya lo he soltado. Me ha subido del esófago a la tráquea, lleva tiempo haciéndose bola en la garganta y finalmente lo he escupido, ahí lo dejo.

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