“Todo”, por Lester

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Así que quiere saberlo todo, aunque la verdad duela, aunque le vaya a hacer un daño del que no se reponga. Pues bien, se lo voy a contar, claro que sí, pero por favor le pido que no vuelva a pegarme. La violencia es innecesaria, su uso gratuito y no le va a ayudar a encontrar consuelo en su desgracia.

Sí, no voy a negarlo, estoy “liado” con su mujer, como usted dice. Liado es una palabra que detesto, parece que lo nuestro ha sido casual, fortuito, como un lío de faldas, expresión que también se utiliza y que a mí personalmente me resulta espantosa.

Lo mío con su mujer, lo nuestro, es mucho más que una locura temporal. Es sincero, es real, va mucho más allá de la relación física o sexual, sé que no quiere oírlo, pero hay amor. Y es mutuo. Y tampoco quiere escucharlo, pero usted es el culpable.

Le contaré todo desde el principio. Conocí a su mujer hace apenas seis meses en el club de tenis y pádel del que son abonados. Acudo allí con bastante frecuencia, pues soy un asiduo jugador y, aunque pueda sonar presuntuoso, tengo un nivel bastante aceptable. Aquel sábado usted no llegó al partido. Yo acababa de terminar el mío con unos amigos en una pista cercana y presencié la discusión de su mujer con usted por teléfono: “siempre me haces lo mismo, siempre tu trabajo, me prometiste que hoy no fallarías”.

Conozco a la otra pareja pues alguna vez había jugado contra ellos y me pidieron el favor, “si no le importa, si  no tiene usted otros planes”. Fue tal la amabilidad, y sobre todo, fue tal la angustia que veía en el rostro de su mujer que no pude negarme. Resulta irónico, pero fue la primera vez que le sustituí, la primera vez que jugué a ser pareja de su mujer.

Ese mismo día, tras la ducha, me encontré con su mujer en el club social. Yo estaba en la barra disfrutando una merecida cerveza cuando ella se acercó. Sonrió, aunque su mueca era amarga. “Qué apuro”, comenzó. Y no dejó de hablarme de usted. De su trabajo, sus incumplimientos, de sus ausencias, sus viajes,… Ahí había un matrimonio que hacía mucho que no lo era.

Su mujer tiene un enorme atractivo, seguro que ni se ha dado cuenta. Aquel día necesitaba alguien que escuchara sus lamentos. Fue la segunda vez que suplí su ausencia. Nos dimos dos besos de despedida. Fueron corteses, formales, meros signos de educación, si bien en el roce de rostros ambos supimos que era cuestión de tiempo que acabáramos llevando esa relación más allá. “Liados”, como usted dice.

Por supuesto que volvimos a coincidir poco después en el club, apenas una semana. El rostro de su mujer dibujaba una sonrisa que esta vez no era amarga. Tampoco alegre, yo diría que curiosa, expectante. Coqueta. Al finalizar el partido, la ducha, la cerveza y la conversación, esta vez sin usted como centro de la misma, terminamos en mi cama. Su mujer estaba muy nerviosa, “es la primera vez que hago esto”. Calló como si fuera a añadir algo, pero a buen entendedor, ya sabe el refrán.

Me entregué al acto como quien sabe que tiene ante sí a la mujer de su vida. Ella por el contrario estaba temerosa, insegura, quizás por la conciencia, tal vez por pensar en usted, pues al finalizar lloró. “Lo siento”, me dijo, “no es por ti”. Lo necesitaba, había gozado, pero en su interior le angustiaba una duda: “¿qué voy a hacer ahora?”

Vivir. Esa fue mi respuesta. Reír, disfrutar, compartir. Vivir. Y a eso nos entregamos. Su mujer y yo hemos vivido unos maravillosos meses de relación furtiva, huyendo de sus ambientes sociales de gente estirada y vacía. Hemos cenado en lugares que usted consideraría infames, pero están repletos de veracidad. Hemos ido al cine a ver comedias que usted detestaría, pero que en su mujer han provocado estruendosas carcajadas de un tipo que no recordaba ser capaz de proferir. Pero usted ni se ha enterado, ha estado tan ausente que ella ni siquiera tenía que fingir.

¿Recuerda aquel fin de semana en que usted tenía su convención anual de Directivos del año? Nosotros pasamos dos inolvidables días en una casa rural de Albarracín. Modesta para sus gustos, lo sé, pero tan real como el crujido de la rústica madera bajo el peso de nuestros cuerpos. Allí tomamos la decisión. Yo lo tenía claro desde el principio, pero su mujer me dijo que daría el paso, que hablaría con usted.

Y aquí estamos los dos. Tenga claro que no queremos nada de su fortuna, queremos vivir, solo eso. Así que por favor, le ruego de nuevo que guarde esa pistola y que deje de apuntarme.

Con esta historia recientemente he sido finalista de un concurso cuya condición casi única era que los relatos ocuparan menos de una página. “¡Bien, enhorabuena, monstruo!”, me digo a mí mismo para animarme. Lo de menos es el premio en sí, simbólico, lo importante para mí es el reconocimiento, porque te anima a seguir. Porque entre varios centenares de relatos alguien se ha fijado en el tuyo, o porque alguien valora lo que haces, aunque, como en este caso, no sea tu relato preferido, ni aquel del que te sientes más orgulloso.

Este relato es, además, y de largo, el que menos tiempo me ha requerido, y solo por eso merece la pena hablar de lo que es el proceso de escritura.

Cara Lester

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2 comentarios en ““Todo”, por Lester

  1. Lo he disfrutado mucho. Me encantó esa forma sencilla de decir algo importante: ” fue la primera vez que le sustituí, la primera vez que jugué a ser pareja de su mujer.” .. Muy bueno. Se merece el premio.
    A.

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    • Gracias, Betania, pero de verdad que me sorprende el premio de este relato, tan sencillo, menos trabajado que otros. A lo mejor ha sido precisamente por la sencillez de la historia y el modo en que está contado. Saludos.

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