
LESTER, 02/04/2026
A veces ocurre. No siempre, no es lo habitual, pero a veces planificas algo al
mínimo detalle y luego las cosas no resultan como esperabas. Te pasas varios
meses preparando un maratón, tratando de cuidar ciertos detalles como la
alimentación, los entrenamientos, y luego te viene un virus, una molestia o un
viaje con poco espacio para el descanso y no llegan los resultados esperados.
Sin embargo, otras veces sucede lo contrario: preparas con menos tiempo y
expectativas, confías en la base que se supone que llevas y te dejas llevar. Te
lo tomas de otra manera: “lo que salga estará bien, haz lo que esté en tus manos y disfruta las largas horas de entrenamiento en soledad”. El resultado será secundario. Y a veces ocurre que esos resultados son mejores de lo esperado.


Esto último me sucedió durante el maratón de Gante, celebrado el domingo 29 pasado. Me lo “debía” tras el pinchazo de San Sebastián en noviembre, en el que me quedé con esa sensación de rabia por la acumulación de todos los contratiempos mencionados anteriormente. Así que llegó enero y me dije: “no estaba tan mal entonces y una vez superadas las molestias, a ver si en tres meses me da tiempo a intentarlo de nuevo”. Y eso hice, sin pretensión alguna. Por no cambiar, no cambié ni siquiera la rutina de la alimentación, las cervezas, cenas con los amigos o el baloncesto de los fines de semana con la gente de Las Rozas. Hasta una semana antes estuve compatibilizando las carreras con los canastos, o el running con el basket, por esa manía anglófona que nos ha entrado. “A lo que salga, a disfrutar de la carrera”.
Llevaba un año y medio sin completar un maratón (Bilbao 2024) y casi siete sin correr en el extranjero (San Petersburgo 2019), así que “me lo debía”, como decía, y me apunté a Gante. Mentiría si dijera que no hice una preparación adecuada o que no me lo tomé en serio. Sería una insensatez por mi parte. Incorporé algunos cambios en mis rutinas como más sesiones de fuerza y gimnasio (¡pereza!), que a ciertas edades la musculatura no es la misma, y seguir los ¿sabios? consejos de mi hijo en materia de nutrición deportiva: añadí complementos de creatina y proteínas a mis desayunos (¡más pereza aún!).
Al contrario que en anteriores maratones, apenas perdí peso en esos tres meses. Mi cabeza le decía a mi cuerpo: “eso es porque el músculo pesa más, don’t worry!”. Pero la cabeza “de verdad” me sugería por detrás: “¿te has quitado el queso? ¿La cerveza? ¿El chocolate? Cuando alguien lleva bollería a la oficina por su cumpleaños, ¿acaso renuncias? ¿O te tomas dos manolitos y tres palmeras?”.
Para que no se entienda todo esto como una falta de respeto a una distancia
tan exigente, hice rodajes de 22, 24, 26 y 30 kilómetros, y un medio maratón como mandan los cánones, tres semanas antes de la prueba y a buen ritmo,1h. 47 minutos. Todo hacía indicar que iba preparado por lo menos para
acabar.
En estos viajes al extranjero sucede también que quieres ver todo lo que puedas durante esa corta estancia y eso incluye la gastronomía local, por muy
poco apetecible que pueda parecer a priori. Estofado de carne en salsa de
cerveza con patatas fritas, mejillones al vino blanco con muchas patatas fritas y
gofres con chocolate. Y, por supuesto, las famosísimas cervezas belgas, con cartas de 300 tipos distintos en casi todos los lugares que visitamos. Y, claro, puesto que uno va “a lo que salga”, había que probarlo todo. Reconozco que lo mejor fueron las cervezas, la Leffe en mi caso, la Carolus no-sé-qué para mi mujer.



Ya me estoy yendo del tema, volvamos a Gante, capital de Flandes Oriental,
cuna del mismísimo Carlos I de España (apenas V de Alemania), sede del
archifamoso políptico de los hermanos van Eyck La Adoración del cordero
místico y ciudad eleGante donde las haya. El maratón comenzaba y terminaba
a las afueras de la ciudad el mismo día del cambio de hora, con lo que el madrugón fue de los buenos. Decenas de corredores salimos de distintos sitios rumbo a la salida con los primeros rayos de sol del día. La luz del amanecer sobre la catedral de San Bavón y la iglesia de San Nicolás le daban a la ciudad un aspecto maravilloso.
El mayor miedo que podía tener a esta carrera era el viento, que durante días estuvo previsto que rondara los veinte kilómetros por hora. Y ya se sabe que el viento, cuando vas corriendo o en bici, nunca viene de culo, sino siempre de cara. Da igual tu dirección, no sé cómo lo hace el
puñetero Eolo.
Había 3,7 kilómetros de distancia hasta la salida, así que me sirvió para hacer
el calentamiento previo, necesario, si consideramos los cuatro grados de
temperatura con los que empezó la jornada. Todo estuvo muy bien organizado
en la salida (bolsas, ubicación de los corredores, baños), excepto una sola
cosa: tras el pistoletazo de salida nos hacían pasar a todos por un hueco de
poco más de dos metros. De este modo se tardaba bastante en arrancar, pero la ventaja es que luego ibas con más espacio del que suele ser habitual en los primeros kilómetros de cualquier prueba. “Aquí estás de nuevo, chavalote”, me espetó el duende verde, “¿y dices que vas a lo que salga? A ver si te vas a dar un trastazo de los buenos…”. Cogí a mi viejo compañero de batallas y lo arrojé al primer canal que cruzamos:
—Hoy no me vas a hundir la moral.
Mi carrera fue tan lineal, tan monocorde, que no tiene mucha más épica que la
que sea capaz de inventarme. Salí a un ritmo cómodo de 5.30 min/km. con la
esperanza de poder aguantarlo toda la carrera. Tras atravesar el puente de San
Miguel y disfrutar sus espectaculares vistas, llegamos al km. 5, frente al ayuntamiento y nuestro hotel del fin de semana. Allí me esperaba mi única
admiradora, perdón, seguidora, que eso de admirar a un tío cansino cambió
hace mucho. Supongo que mientras algunos nos íbamos a engullir kilómetros,
otras se fueron al buffet del hotel a zamparse todas las delicatessen a las que
yo había tenido que renunciar un par de horas antes (algún croiassant cayó,
cómo no).

Los mejores kilómetros para el “tourist-runner” de Gante son los que van del 4 al 10, cuando recorres el centro de la ciudad, los antiguos muelles de carga, los
canales y la iglesia de Santiago, por la que pasa una de las rutas del camino de
Santiago… ¿desde allí hasta Santiago de Compostela? Increíble, y yo vistiendo
de épica mis 42 kilómetros de nada. Eso sí, siendo Gante como es, una ciudad con empedrado y adoquín en su casco histórico, nada de admirar la arquitectura flamenca y mejor concentrarse en dónde ponías el siguiente pie.
A partir del km.15 la carrera te lleva por el sur de la ciudad, más allá algún parque, y más allá aún, los campos, las granjas y las zonas cenagosas por donde pasan los canales, lodazales en algún caso. No sé si es un tema cultural, pero fue una carrera silenciosa, sin el bullicio de muchos maratones que recorren los cascos urbanos de las ciudades. Los propios participantes andábamos concentrados en nuestros respectivos ritmos, solo alterados por alguna banda dispuesta por la organización (a saber, un DJ marchoso, una banda musical de instituto, un grupo de percusionistas perrofláuticos y ¿un
gaitero escocés?, ¿qué hacía ese pavo con falda de cuadros a las puertas de
una granja???).
Cuando las piernas empezaban a pesar, tras atravesar el km. 25, volvimos
hacia la ciudad y atravesamos alguna zona residencial muy animada. El camino era tan estrecho que atravesábamos pasillos humanos como los ciclistas del Tour cuando suben un puerto. Fueron unos kilómetros muy entretenidos, que traté de sobrellevar leyendo los carteles de los seguidores de la carrera. Mucho cartel en flamenco y alemán que no pienso traducir para no parecer presuntuoso, y los típicos en inglés sobre “Run now, rum later”, “Mucho sudor para conseguir un plátano gratis”, “Hit me for extra power”. Me quedé con lo que indicaban dos de ellos que me llamaron la atención:
* “Pain is just the French word for a piece of bread”. Situado estratégicamente donde, ¡pan!, empezaba el dolor acumulado en las
piernas.
* “Sonríe si no llevas ropa interior”. Esa chica sabía de lo que escribía y se me escapó una sonrisa enorme, cómo no.
Hice la primera mitad en 1.56.34 y la segunda en 2.01.30, pero, si descuento la
parada del 30 por una larga “evacuación mingitoria” y la del 37 con mi querida
señora, que estuvo más fotógrafa de lo habitual, lo cierto es que los tiempos de
ambos parciales no habrían estado muy alejados. Apenas unos segundos más por kilómetro en la segunda parte, lo cual indica que la preparación había sido
buena, que las proteínas del chaval habían funcionado o que las “asesinas”que me compré para las últimas semanas de entrenamiento eran tan fantásticas como parecían por los comentarios sobre su capacidad de amortiguación y el efecto rebote (nada que ver con la dieta Dukan).
El recorrido final no tiene gran atractivo para el corredor, salvo dos momentos:
uno, cuando entramos en el estadio de fútbol, el Gent Arena, y dimos una
vuelta alrededor del césped, y dos, la entrada en meta, en un magnífico
pabellón con pista de atletismo indoor repleto de gente.

Solo haces allí los 195 metros posteriores a los 42 de trabajo previo, pero te sientes ligero como unetíope del 10.000 en la última vuelta, esprintas para arañar unos segundos finales y haces toda la parafernalia final de sacar pecho, alzar los brazos y el puño en alto (sin reivindicación política ni racial de ningún signo). Luego ves elvídeo de la organización y más que un etíope pletórico pareces un tío
reumático intentando acelerar para pillar el bus. Solo intentándolo.
En fin, que acabé muy contento. 3 horas, 58 minutos y 4 segundos. Podíahaber mejorado dos o tres minutos porque acabé muy bien, bastante entero. Quién sabe, igual si aceleras más, te pega el del mazo antes de tiempo. O quizás tenga que probarlo de nuevo y no retirarme todavía.
Lo que no tiene precio es la tarde que nos pegamos por Gante. Apuntad un
sitio, visitantes: Beer Central. Da igual la hora del día a la que vayas que sirven
comida típica gantesa hasta las diez de la noche en un local bastante curioso.



En nuestro caso, estábamos más cerca de la cena belga que de su almuerzo.
Lo mejor de todo, tienen un “Book of beer”, un libro entero para que estudies,
analices y saborees los cervezones que te vas a pedir. Después de los más de
50 kilómetros que llevaba en las piernas, hay que aprovechar las propiedades
isotónicas y curativas de la cerveza gantesa. No olvidéis que hace apenas tres
o cuatro siglos, cuando la sociedad era sin duda más civilizada que ahora, el agua de la ciudad era insalubre y la cerveza era considerada un alimento incluso para los niños. Por eso la elaboraban con cebada, trigo y algunas guarrerías de frambuesa y melocotón que vimos en alguna página de la carta. Lo de que “hay que probarlo todo” no incluía estos atentados terroristas al buen gusto.
Muy buena experiencia, “me lo debía” y cumplí, como reza el titular, de manera eleGante.

