
LESTER, 30/12/2024
Último post del año y, como en anteriores ocasiones, tenía que dedicárselo a la buena gente que hemos conocido en los proyectos en los que hemos colaborado. En los dos post anteriores sobre la misión de Kokuselei he manifestado mi admiración por todo lo que he visto, pero, también, mi sorpresa ante la situación de abandono que sufría la población de Turkana por parte del gobierno de Kenia. Una región sin apenas carreteras, sin agua, sin más electricidad que la que procuran los paneles solares comprados por particulares y ONG, y sin apenas acceso a la sanidad y la educación, cubiertas por misiones como la comunidad misionera de San Pablo Apóstol de Kokuselei, Nario Kotome o apoyada por algunas ONG como Ojos de Turkana. El apoyo de empresas y de asociaciones como la Fundación Sacyr es fundamental para que esto se mantenga o, mejor aún, se amplíe su influencia.
La única actividad económica (por llamarlo de algún modo) en la zona es el pastoreo, fundamentalmente de cabras. Hay algunos pastores de camellos, pero son mucho menos habituales. Algunos pequeños negocios o minitiendas se han establecido en los núcleos de población que concentran algo más de gente (Kataboi, Kalokol, Nachukui…), pero para encontrar algo parecido a una tienda o un mercado hay que acudir a ciudades como Lodwar, cuya población es de unos 60.000 habitantes según el último censo (¡de 2009!).
Este tercer post estará dedicado a las gentes de Turkana, cuya antigüedad es tanta como la de toda la humanidad conocida, si bien, la evolución en esta zona hostil para el hombre parece que quedó anclada en el Neolítico.

El «Turkana boy»
Se trata de uno de los homínidos más antiguos jamás descubiertos, de 1,6 millones de antigüedad. Los hay más antiguos, como los restos de homínidos descubiertos en Etiopía o en Sudáfrica, pero el esqueleto encontrado en esta zona es el más completo y el que se halla en mejor estado de conservación. El niño de Turkana o de Nario Kotome fue descubierto en 1984 y se trata de un esqueleto de un niño de unos once o doce años, de un metro y sesenta centímetros de altura. En la actualidad se encuentra en el Museo de Historia Natural de Nueva York y en su lugar original quedó un relieve que pudimos ver en una de nuestras visitas.



El monumento tiene poco más que el relieve, una placa y algo que me llamó mucho la atención: un monolito. Todo ello en mitad de la nada. El monolito recuerda inmediatamente a 2001: Odisea en el espacio y a ese apartado titulado El amanecer del Hombre, que recoge el momento en el que el simio da ese salto evolutivo y comienza a utilizar huesos como herramientas o armas.



Las mujeres turkana
Si alguno recuerda el monólogo El Cavernícola, cuya versión española interpretaba Nancho Novo, en él se desarrollaba la idea de los hombres cazadores y las mujeres recolectoras llevada al mundo actual, a situaciones de nuestra sociedad moderna. Me acordé del mismo en Turkana por la separación tan clara de roles que existe en la sociedad: los hombres son pastores y las mujeres se dedican al cuidado de la familia y la manyatta, la choza familiar. Puesto que los hombres desaparecen durante largas temporadas para pastorear el ganado, ellas llevan todo el peso de la casa, de los niños, que no son pocos, y de la criatura que llevan en su interior, porque el número de embarazos permanece muy elevado.
Las mujeres turkana son duras como ellas solas, caminan largas distancias hasta el dispensario o el punto de atención de la clínica móvil para ser atendidas, y para que sus niños sean vacunados o se controlen sus percentiles y niveles de nutrición. Suelen llevar al más pequeño en las propias telas con las que cubren sus cuerpos y, si necesitan llevar algo más, lo soportan sobre la cabeza. Los collares que llevan alrededor del cuello tienen los colores propios de su familia, del clan al que pertenecen, y solo cuando «completan» el matrimonio, con la aportación del marido de una dote consistente en un buen número de cabras, se les coloca un anillo metálico alrededor del cuello y otro en el tobillo. No todas lo llevaban, como vimos.
La poligamia existe por una razón de supervivencia y de colaboración entre todos los miembros de la comunidad. Como el hombre está pastoreando el ganado durante una larga temporada alejado del hogar familiar, la mujer suele necesitar ayuda con los críos o la llevanza del hogar, así que es habitual que elija junto a su marido a esa «segunda esposa» que forme parte de la familia. Nuestros esquemas europeos se resquebrajaban cuanto más conocíamos de la sociedad turkana.
Nos sorprendió que, en una sociedad que tiene que vivir al día, procurando lo básico para satisfacer las necesidades de los suyos, haya encajado tan bien la religión católica, cuyas «recompensas» no se obtienen precisamente en el corto plazo, ni siquiera en este mundo. Quizás sean los valores como la parte de la ayuda al prójimo, o a los más necesitados, o quizás se deba a algo mucho más sencillo como el cariño extremo de las misioneras, la caridad que muestran en cada uno de sus actos, una cercanía a la que es imposible decir que no. La mezcla de misa católica, bautizos y mujeres turkana es otro de esos vídeos que no puedo evitar compartir:
Niños
Hay niños por todas partes. Ya no nos sorprendía nada, pero que las familias tuvieran seis, ocho o más niños en un entorno tan hostil para los más pequeños era algo bastante habitual. La naturaleza no deja nada al azar y supongo que este elevado número está relacionado con las probabilidades de supervivencia. El plan de vacunación y el control mensual de los menores de seis años han logrado que las cifras de mortalidad infantil se hayan reducido de manera considerable, con lo que parece, según nos dijo Rocío, que las familias están ajustando y reduciendo la natalidad. «Reducir» significa estar todavía en unas tasas tres o cuatro veces superiores a los estándares occidentales.


Me sorprende otra pregunta que nos han hecho muchos amigos y familiares a la vuelta: «sí, no tienen nada, pero, ¿verdad que los niños están felices?». Pues no lo creo, o no lo sé, o no me atrevo a decirlo. Otra cosa bien distinta es que, pese a carecer de lo más elemental, sepan disfrutar con lo que tienen, o hacer una fiesta con la novedad del día, ya sea lo que van a comer, un globo o la visita de unos tíos blancos que vienen desde España. Alguien que les muestra un móvil, se hace una foto con ellos y se la muestra porque, por no tener, no tienen ni espejos, y la mayoría no saben ni qué aspecto tienen. La clínica móvil, una broma del enfermero, o que ese día hay partido en el campo de fútbol. Saben jugar, reír, disfrutar con lo que tienen, aunque luego te digan que están «hungry» y que les des unas chuches. No sé si son felices o no, pero lo que sí sé es que carecen de muchas de las gilipolleces que hacen infelices a tantos niños en occidente.


Los jóvenes
Todos esos niños, aquellos chavales que aguantaron una infancia muy dura y superaron las elevadas tasas de mortalidad infantil hace poco más de una década, son ahora adolescentes o jóvenes en una zona en la que apenas hay trabajo u oportunidades. La mayoría de ellos se defienden en inglés, pero fueron muy pocos los que tuvieron los recursos económicos para acceder a la escuela secundaria (unos 40 euros mensuales, se puede financiar a través de la Fundación Emalaikat) y menos aún los que llegaron a la universidad. Conocimos a algunos de los universitarios, un profesor, otro de los sanitarios, incluso a un gigantón que vivía en Suecia y estaba esos días en Kokuselei pasando sus vacaciones (no recuerdo los nombres de todos ellos). Había estudiado algo relacionado con la alimentación, pero no sabría decir si era más algo como Tecnología de los Alimentos o un técnico agroalimentario, nos lo explicó regular. Medía un metro-noventa, estaba fuerte y tenía una constitución más robusta que el resto de veinteañeros de la zona. De Kokuselei a Estocolmo, a trabajar en una empresa de tomates, y de vuelta a Turkana, vaya cambio.
La misión también realiza esfuerzos para concienciar a los chicos de la importancia de aprender un oficio, de estudiar para poder aportar algo a la comunidad: mecánica, jardinería, carpintería, albañilería… Con tantas necesidades en la zona y tanta escasez, si hay algo que sobra es mano de obra. Por desgracia, el interés que tienen por el deporte, y el fútbol en especial, no es el mismo que comparten por ese aprendizaje tan necesario. El peligro que afrontará la zona en los próximos años es lo que en realidad podría ser una oportunidad de crecimiento: la llegada de Internet y los móviles. Apenas ha llegado y ya vimos a muchos chavales enganchados a la pantalla del que tenía un móvil. Tik-toks en cadena, uno detrás de otro, vídeos chorras que poco pueden aportar en la zona.


Tuve la oportunidad de jugar al fútbol con los jóvenes de la zona, la mayoría de ellos descalzos, de maravillarme con su velocidad y dureza, y de comprobar la nobleza con la que jugaban. No solo se respetaba al árbitro, sino que al acabar el partidos, los chicos escuchaban atentamente el discurso de sus entrenadores sobre los valores del juego, lo que habían hecho bien y la pequeña reprimenda cuando alguno se había revuelto. Esta vez sí, puedo decir que colgué las botas: se quedaron allí.


Los voluntarios también preparamos unas «olimpiadas», una competición con carreras, salto de longitud y salto de altura, con podio y entrega de medallas. Medallas de carreras de Madrid, Las Rozas, Villanueva del Pardillo, sansilvestres y campeonatos escolares traídas desde España. Los chicos pasaron una gran jornada y nos prepararon este vídeo que comparto:
La historia de Peter
Peter es el enfermero con el que más tiempo trabajé en el dispensario y la clínica móvil. Un gran tipo. Desde el primer día me maravilló su dedicación, el cariño por los niños y por su trabajo, y su sonrisa. Venía todos los días andando desde su casa en Riokomor, a unos diez kilómetros en coche, unos siete por los caminos de cabras por los que venía. Me contó su vida a través de varias conversaciones que tuvimos y me sorprendió saber que había sido pastor de cabras durante muchos años. Hasta que decidió ponerse a estudiar. Por eso creo que era mejor contarlo en un pequeño vídeo y con su propia voz:
Volveremos. Estoy seguro.