Once contra once

En el transcurso de la rueda de prensa de Pep Guardiola tras la eliminación de su Manchester City ante el Real Madrid en el Etihad, se lamentó hasta ocho veces de no haber podido “jugar once contra once”. No podía discutir la justicia de la expulsión de Bernardo Silva, irrebatible hasta para el entrenador que cuestionaba los aciertos arbitrales (o los análisis de orina, recordad El sexto sinsentido), pero sí quiso dejar un doble mensaje con sus amargas quejas:

  • Minusvalorar al Real Madrid, algo que lleva haciendo desde que ejerce como entrenador y que ha elevado al paroxismo tras la cuarta eliminación en cinco años a manos de los blancos. Del “son atletas” tras el 0-4 de Múnich a la escocida frase “el Madrid no ha sido mi mayor desafío estos años, ha sido Klopp”. Como bien dijo alguien en redes sociales, Klopp será su mayor desafío superado, como acreditan los 6 títulos de Premier del City en los últimos 8 años. Su mayor desafío atragantado y no superado es el Madrid por mucho que le duela, pues solo ha conseguido la Champions en este último lustro en la única ocasión en que logró derrotar a los de Ancelotti y Arbeloa. Pep es un gran entrenador, no cabe duda, pero no resulta nada objetivo cuando habla del equipo por el que se marchó de Barcelona (la Liga de los récords de Mou lo dejó exhausto mentalmente). Nada más ganar la Carabao Cup el pasado fin de semana, volvió a la carga: “El Arsenal es, junto al Bayern de Múnich, y quizás el Barça, el mejor equipo de Europa”. Ni el PSG campeón de Europa que se los ventiló con solvencia en octubre, ni el Real Madrid “mediocre” de Arbeloa que le endosó un 5-1 en la eliminatoria. Como bien explicó el genial Marselle:
  • Su equipo es mucho mejor de lo que pudo demostrar, pero no le dejaron competir en igualdad de condiciones. “Nuestro equipo es extraordinario”, pero “jugar 10 contra 11 es casi imposible”, “la próxima temporada volveremos, seremos campeones. No pudimos jugar un partido como es debido, once contra once para ver qué pasaba”. 1.500 millones de euros invertidos en los últimos años, pero sigue sin competir en igualdad. El Madrid tenía una decena de lesionados y alineó a un chaval que comenzó la temporada en el juvenil, no siquiera en el Castilla. Pep se acerca peligrosamente a sus propios récords de hipocresía, como cuando pronunció aquella hilarante comparación del City “como el Villarreal de la Premier”.

Guardiola es culé de cuna, formación, aprendizaje, carrera como futbolista y, por supuesto, culé nivel supremo como entrenador. Eso significa haber nacido con el convencimiento de que son los mejores del mundo, los inventores del fútbol en un mundo que conspira en su contra, y por ello, cualquier medio vale para triunfar y poder demostrar a todo el universo que, efectivamente, son los mejores. Eso incluye contratar los servicios de Negreira, el dopaje, saltarse las normas de la competición o las 130 irregularidades financieras por las que su club aún no ha sido sancionado. Todo vale porque, al fin y al cabo, el objetivo es lícito: demostrar a ese mundo que conspira en su contra que son superiores.

Lo que me llama la atención de sus declaraciones sobre la importancia de jugar “once contra once” es que parece que se dio cuenta la semana pasada, tras casi una veintena de años como entrenador, de las dificultades que supone competir en inferioridad numérica. En el momento de la expulsión de Bernardo Silva protestó como un energúmeno (solo vio tarjeta amarilla) y con ello hizo ver a su afición que no había nada que hacer. Que en el minuto 20 del partido la suerte de la eliminatoria ya estaba echada. Tan contagioso fue su estado de ánimo al grupo que cuando Haaland empató el partido, ni siquiera lo celebró, casi pareció pedir disculpas al público porque no se podía hacer más.

Y llegado a este punto es donde me apetece recordarle a Guardiola (o a quien quiera leerme) que precisamente jugar en inferioridad numérica es lo que sufrieron durante años los equipos que se enfrentaban a su Barcelona. Sí, el de las grandes figuras y el mismo cuyos presidentes untaban a Negreira y le mejoraban las retribuciones cada año. Helenio Herrera inmortalizó hace años la famosa frase de “se juega mejor con diez que con once”, pero la verdad empírica, estadística y demostrable es que no es así, y menos en un fútbol tan físico como el actual.

Por supuesto que la célebre frase no es cierta. Por eso mismo, hace años que el Madrid aprendió a jugar en inferioridad numérica y contra arbitrajes sibilinos, lo cual forja el carácter, te hace más inasequible al desaliento, más fuerte, y todo ello explica en buena medida por qué la mayoría de jugadores del club se retiran con más títulos internacionales que nacionales. Volvió a demostrarlo el pasado domingo tras la incomprensible expulsión de Fede Valverde a manos de Munuera Montero. Un árbitro que demostró tener criterios bien distintos en un mismo partido (amarilla a Ruggeri, roja para Valverde). O si lo comparamos con actuaciones suyas en el pasado, como en la entrada de Reinildo a Rodrygo, por detrás, sin el balón a distancia de ser jugado, o con la salvaje tijera de Raphinha al jugador del Mallorca Morey. Entradas salvajes que saldó solo con amarilla, mientras que a Valverde le mostró la roja con la misma celeridad que a Bellingham hace un año. Como si el trencilla tuviera prisa por adquirir el protagonismo del choque.

Los diez de Arbeloa podían haberse ido mentalmente del partido o podían haberse ganado varias tarjetas más por las protestas, pero me gustó la actitud del equipo. Una vez pasada la incredulidad (maravillosa la expresión de Tchouaméni), se apretaron los machos como diciendo: “venga, muchachos, es lo de siempre, dejad tranquilo al tipo este, que ha venido a lo que ha venido, igual que en Pamplona hace un año. Ya sabemos lo que toca, cerrar líneas y jugar con inteligencia, con balones largos a Vini y Mbappé para que aguanten el mayor tiempo que puedan allá arriba, y en defensa, sin contemplaciones”. Arbeloa reorganizó a los suyos y realizó algunos cambios. Con el descuento fueron casi veinte minutos de sufrimiento y se logró salvar el resultado, para disgusto de Munuera Montero y de los actuales gestores del CTA.

Son muchas las veces que el Madrid ha ganado el partido con un jugador menos. En muchas ocasiones es una cuestión de carácter y, si uno recuerda algunos de esos partidos, entiende que el Madrid de las 6 Champions en 11 temporadas se forjó en situaciones de inferioridad numérica. Y más lejos aún en el tiempo.

Aún duele a los atléticos aquel 1-4 en el Calderón, en una de las actuaciones más recordadas de Raúl. Corría el minuto 67 cuando Pedja Mijatovic fue expulsado. El montenegrino llevaba todo el partido recibiendo insultos de la que se autoproclama “mejor afición del mundo” (así de tarados están algunos), con alusiones muy desagradables a la enfermedad de su hijo, el cual falleció unos pocos años después, por cierto. Hasta que Pedja se cansó y la tomó con el juez de línea en una de sus protestas. Tarjeta roja, 1-1 en el marcador y todavía recuerdo las carcajadas que se escucharon en el estadio.

Ni por esas. El Madrid no solo ganó en inferioridad numérica, es que goleó, humilló a los que se deshuevaban de la roja. Era el año 1997 y no debe ser casual que un año después se rompiera la sequía de 32 años en la máxima competición europea, la Octava en Ámsterdam.

Guardiola se quejaba de no poder competir once contra once, pero es que ni lo intentó. Quizás su memoria frágil le hizo olvidar que durante varios años de Real Madrid-Barça (me niego a ennoblecer estos partidos y denominar “Clásico” a un encuentro con tanta diferencia de “clase” entre los contendientes) hubo 15 expulsiones en esos partidos. Años negreiros todos ellos, supongo que una casualidad. 14 de esas 15 expulsiones cayeron del lado madridista.

En la primera época de Guardiola como entrenador, en el F.C. Barcelona, obtuvo grandes éxitos como la Champions de 2011, una competición en la que pudo avanzar fases gracias a expulsiones tan surrealistas como la de Van Persie en el Camp Nou (conviene recordar que, a falta de media hora, el Barça estaba eliminado) o la de Pepe por la teatralidad de Dani Alves en semifinales (Por qué, por qué?). Se pasaron todo el partido del Bernabéu fingiendo agresiones, en lo que me llevó a escribir Escuela culé de teatro. Para que vea Guardiola lo importante que es jugar “once contra once”, que asimile que en igualdad de condiciones su equipo habría sido eliminado por el valor doble de los goles en campo contrario (0-0 en el Bernabéu, 1-1 en el Tramp Nou).

Estoy convencido de que todas estas sobreactuaciones venían motivadas por la red con la que jugaban en las competiciones españolas, en las que expulsar a un jugador culé pareció estar fuera del Reglamento durante años. Años negreiros, sí, lo recuerdo de nuevo. El famoso «saldo arbitral» que confesó Alfons Godall, exdirectivo del Barça.

En Europa, numerosos equipos sufrieron también esa desventaja de jugar en inferioridad numérica: el Atleti, el Chelsea… Una de las más famosas fue en 2010: Motta sufrió una expulsión cuando jugaba en el Inter por otra gran sobreactuación de Busquets. Solo había transcurrido media hora de las semifinales y aún quedaba más de una hora por delante por jugar. Por suerte, los de Mourinho supieron apretar los dientes el resto del encuentro y evitaron que el Barça se clasificara para la final de Champions en el Bernabéu. Habría sido un premio terrible para el fingimiento de Busqueta.

Volviendo a la eliminatoria del City, Guardiola podría argumentar que bajó los brazos en el partido contra el Madrid porque la desventaja de goles en la eliminatoria era muy grande. Y yo le recordaría aquel año en que el Real Madrid se jugaba el título de la Supercopa contra aquel gran Valencia de David Silva, Villa, Mata y Joaquín. Con 0-1 en el partido, Iturralde González, otro de los trencillas más negreiros que haya pasado por nuestro campeonato, expulsó a Van der Vaart. Aún era la primera parte, lo que no evitó que el Madrid se rearmara en el descanso y peleara aquel partido. Logró empatarlo al inicio de la segunda mitad. Como Piturralde vio que se le escapaba el partido, expulsó a Van Nistelrooy, y en ese preciso instante fue cuando surgió la locura: con nueve jugadores sobre el campo, el Madrid anotó tres goles en los siguientes quince minutos. ¡Chúpate esa, Negreiro, el título se queda en casa!

El carácter competitivo se forjó durante años en situaciones y partidos así. La primera visita de Zidane como entrenador al Camp Nou coincidió con una de las terribles actuaciones de Hernández Hernández al silbato. Con 1-1 en el marcador, anuló un gol a Bale por ser más alto que Jordi Alba, y poco después expulsó a Sergio Ramos. El equipo podía haberse descentrado de nuevo, pero insistió e insistió, y ganó aquel partido con un gol de Cristiano Ronaldo.

La facilidad con la que reciben roja los blancos contrasta con las agresiones constantes de Luis Suárez en el equipo contrario. Más de dos años sin expulsiones ni penaltis en contra en LaLiga. Ocurre que luego ambos equipos salen a competir en Europa y unos pueden sobreponrse a todo, mientras que otros, sin colchón, se desmoronan en Liverpool, Roma o Múnich. Esta aberración estadística, Pep, es la que hace que tu máximo rival sea tan competitivo:

Es una lección difícil de aprender, pero algunos lo han logrado. Que Modric, Bale, Bellingham o Vinícius tengan muchas más rojas que Suárez, Mascherano o Piqué es absurdo. Pero parece que sirvió para algo.

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