
LESTER, 08/04/2025
A nadie le apetece una inspección de Hacienda. Y eso que en este capítulo me referiré a la incomodidad que supone una inspección realizada a la empresa en la que trabajo, no quiero ni imaginarme lo que puede ser sufrir una en tus propias carnes de persona física sin apenas más ingresos que los de tu nómina.
Aquella mañana acudimos a la sede central para grandes contribuyentes de la Agencia Tributaria, justo enfrente de esos Nuevos Ministerios que tienen poco de “nuevos”. La mañana era fría y allí acudí acompañado por dos colegas de trabajo: Gabriel, mi brazo derecho en la empresa, y Ramón, el responsable fiscal del grupo. Por aquel entonces (¿y cuándo no?), la Agencia Tributaria estaba a la caza de grandes fortunas y el organismo aparecía con bastante asiduidad en la prensa. Messi y Cristiano Ronaldo tenían casi tanta presencia en los medios por las investigaciones de Hacienda que por sus goles o hazañas sobre el terreno de juego. Actores, futbolistas, empresarios, políticos… nadie se libraba de sus tentáculos. Justamente acababa de pronunciar la palabra “tentáculos” cuando en el control de seguridad de la entrada al edificio me pidieron el DNI.
– Coño -me dije-, voy a controlarme, que seguro que graban a todos los que los ponemos a escurrir.
En la planta cuarta nos esperaba un amplio equipo de la inspección: Aquel día estaban todos muy sonrientes, enormemente amables y educados, como un equipo de cirugía refractiva antes de pegarte un sablazo. Ya habría tiempo de enseñar los dientes.
– Hola, soy Manuel -nos saludó el más veterano de todos mientras extendía la mano derecha-, seré el jefe de la inspección durante el tiempo que dure.
Nos presentó a los dos equipos que se iban a lanzar a nuestras yugulares contables durante los siguientes doce meses: Chelo, Montse, Julio, un informático, Alejandro… no logro recordar todos los nombres. El tal Alejandro era un auténtico cabrón, bueno, no quiero pasarme, era un tipo bastante desconfiado. Y bueno, un auténtico cabrón, como veríamos después. En aquella presentación todo muy cordial, muy correcto, y nos llevaron a una amplia sala. Con los inspectores de Hacienda me pasa lo mismo que me sucedía cuando era un chaval que acudía a mis primeras entrevistas de trabajo y había un psicólogo al otro lado de la mesa: joder, que me pone nervioso que a cada gesto o frase haya un tío (o tía, para esto sí empleo el lenguaje inclusivo) que anote mis palabras o el significado de mis ademanes.
¿Hablé de más, de menos, en aquella reunión de cortesía? ¿Captaron la directa de mis palabras cuando les dije que “Hacienda somos todos, menos mi vecino de dos casas más allá, que es diputado en el Congreso”?
El inspector nos pidió colaboración a lo largo de todos los meses durante los cuales la inspección iba a permanecer abierta:
– Vamos a fijar un día a la semana, unas veces en nuestra oficina, otras en las vuestras, pero, sobre todo, os pedimos la máxima colaboración en la entrega de documentación para que esto vaya rápido y no sea necesario ampliar los plazos máximos.
“¿Más de doce meses? No jodas, si para evitar eso precisamente tenemos la trituradora de documentos funcionando a pleno rendimiento”. En aquel momento se me ocurrían muchas frases así, pero me las guardé hasta ese momento de la inspección en que ya cogimos cierta confianza mutua. Para que una inspección sea llevadera tienes que lograr ese buen clima de entendimiento con ellos y eso a veces surge cuando les invitas a tomar un café.
– Venga, Chelo, Lourdes, ¿bajamos a tomar un café? -les dije un día en nuestras oficinas-, así estáis menos tiempo hurgando en nuestros papeles.
Lo normal era que hiciéramos esa parada sobre las once de la mañana, pero hubo un día que andaban muy liadas y declinaron nuestra invitación:
– Sois las primeras funcionarias de este país que rechazan un café -les solté.
Tardaron un tiempo en entender nuestro particular sentido del humor, pero lo cierto es que la interacción fue bastante positiva para ambas partes, tanto que Chelo, la mayor, me respondió:
– Tranquilo, tengo varios compañeros que mantienen bien alta la media nacional de cafés de la administración.
El humor siempre ayuda, y el trabajo avanzó con una fluidez deseable para todos. Con el que metí la pata hasta el fondo fue con Manuel, el inspector jefe.
– A ver si me dejáis tranquilo a Cristiano Ronaldo, Manuel -le comenté en una ocasión antes de empezar la jornada-, que el pobre se está descentrando con tanta inspección, con las peticiones de cárcel y eso, y en un mes tenemos eliminatorias de Champions.
Me miró de soslayo y respondió:
– Si hubiera pagado lo que le dijimos desde el inicio, no tendría ahora estos problemas.
– Pero, desde el desconocimiento, pregunto, sea Ronaldo, Messi, Shakira, o quien sea: ¿unos ingresos por un anuncio rodado en las Seychelles para una empresa americana, que le paga una agencia de Singapur, y con los derechos de imagen cedidos a otra empresa con sede en Bahamas, de qué modo tiene que liquidar en España y por qué concepto?
Nunca profundizamos en estas conversaciones lo que a mí me habría gustado. Además, ahí estaba mi compañero Gabriel al quite para pedirme que no insistiera: “me da que este tío no es del Madrid precisamente”. Su intuición se corroboró un día que acudimos a sus oficinas, concretamente el día después de que Ronaldo marcara de chilena el golazo aquel en Turín:
– ¿Viste ayer a Cristiano, Manuel? Vaya chicharro, al final, la rabia por tanta inspección ha servido para que saliera a reventar a los italianos.
En aquel momento subíamos de una planta a otra porque la sala de reuniones de otras veces estaba ocupada. Íbamos por las escaleras, pero el inspector se paró, se giró y me dijo muy serio:
– ¡Qué pesaos estáis los madridistas, parece que no habéis visto un gol de chilena en vuestra vida!
Glups, definitivamente no parecía simpatizante del Madrid.
– La reunión tendrá que ser en mi despacho -nos dijo-, porque no hay una puta sala libre en todo el edificio.
Entramos al despacho, nos sentamos en la pequeña mesa de reuniones que tenía y “¡bingo!”, allí estaba la prueba: un calendario del Atlético de Madrid en la pared, tras el escritorio en el que se sentaba a diario. Y un banderín del Atleti colgando del monitor del ordenador.
“Con menudo hooligan he debido dar”, pensé. Don Manuel, Manolo, como vi que le llamaban sus compañeros, no era mal tío, simplemente era más seco que la mojama. En especial cuando salía el tema fútbol, que a partir de ese día traté de obviar. Castizo, madrileñazo de generaciones, con padres y abuelos colchoneros que sin duda habían contribuido a que no hiciera la elección adecuada en la infancia.
Según fuimos conociendo datos de su vida, supimos que estaba en sus últimos años de carrera profesional, que había compartido promoción con algunos tipos que dejaron pronto la inspección y se metieron en la política, “y se forraron a base de olvidar lo que sabían los muy…”. Siempre se cortaba antes de soltar la palabra “sinvergüenzas”, pero era muy evidente que le dolía especialmente ver cómo algunos excompañeros de carrera habían contribuido a cambiar las normas para favorecer a otros que les habían retribuido con generosidad.
Ni siquiera cuando hice alguna broma sobre el despacho de Montoro, los conocimientos fiscales de Montero o la inspección al banquero que murió en el acto conseguí sonsacarle algo. Solo una vez, cuando apareció el nombre de un inspector de Hacienda en excedencia entre los beneficiarios de las tarjetas black:
– Ese tío siempre fue un capullo integral
Y no dijo más. Quizás porque lo había dicho todo. Recuerdo otra salida suya cuando le planteé una cuestión acerca de un negocio que habíamos comenzado recientemente, “para la próxima inspección, Manuel”, un negocio de cientos de miles de pequeñas operaciones de céntimos que se gestionaban a través de una app de uso en los móviles:
– Imagina que son diez céntimos por operación, que se supone que llevan el IVA incluido -levantó las cejas como diciendo “que se te ocurra lo contrario”-, vale, luego dos céntimos para Hacienda, uno para el banco que pone la plataforma de pago, otros dos para la empresa que desarrolla la app, que está ubicada en la isla de Jersey, uno y medio para pagar el propio coste del servicio y el resto para nosotros. Y todo esto, unas diez mil veces al día.
Me miraba como si no quisiera escucharme más, como si se estuviera cagando en todos los desarrolladores de la nueva economía, así que, cuando lancé mi pregunta:
– Con todo esto, y con la poca calidad de la información que recibimos nosotros mismos para liquidar, ¿cómo nos vais a inspeccionar estas facturas y qué soporte esperáis que os facilitemos?
Su respuesta no pudo ser otra:
– Mira, quedan tres o cuatro años para eso, y para entonces yo ya me habré jubilado, ¡que se lo coma el siguiente!
Sentí envidia, quizás porque en el fondo yo sienta algo similar a él, una infinita pereza por estas nuevas tecnologías y los millones de céntimos que vuelan entre países y empresas. “Solidaridad en la pereza” podría haber sido el título de este capítulo. Pero he preferido llevarlo por el lado del fútbol porque fue decisivo para el cierre de la inspección. Los servicios de inspección suelen tener una cifra en la cabeza que esperan “encontrar” en los inspeccionados: diferencias de criterios, cambios normativos mal aplicados, interpretaciones interesadas… por lo general, hay más de diferencias por la regulación que por fraude o evasión.
– Mira, Lester -me dijo Manolo al comienzo del undécimo mes-, si aceptáis esta regularización que os proponemos, damos carpetazo a todo, cerramos aquí y hasta dentro de un tiempo. Si optáis por firmar en disconformidad, seguimos con la inspección abierta, ampliamos la petición de información y entonces, al tribunal vamos con todo, también con lo que ya habíamos dado por válido.
– Ya, pero es que creo sinceramente que nuestra interpretación es defendible -razoné-, que tenemos argumentos que lo soportan, aceptar en conformidad ese ajuste tendría un impacto relevante en nuestras cuentas.
– No es tanto para un grupo como el vuestro, estoy seguro, es un palo, pero entra dentro de lo aceptable.
– Un palo nunca entra dentro de lo aceptable. ¿Acaso te lo pareció el de Juanfran?
Joder, fue una metedura de pata, lo sé, pero es que, como estábamos en su despacho, la foto del jugador del mes en su calendario del Atleti era la de Juanfran, “nuestro héroe” particular de la Undécima en Milán. El inspector se llevó la mano al pecho como si le hubieran dado una puñalada.
– No me jodas, no me jodas, que todos estamos deseando llegar ya al final de esta inspección, a ver si la vamos a liar ahora y tenemos que pedir una prórroga.
– Me temo que eso nunca ha sido lo vuestro, Manuel, que luego vienen los penaltis, y ahí, como en los tribunales, tenemos mejores tiradores.
Por mi cabeza pasó ofrecerle que nos apostáramos la inspección al resultado del próximo derbi Madrid-Atleti, que se jugaba unos días después. Tocarle la fibra con su lema “Nunca dejes de creer”, que es en vuestro campo y esas cosas, pero me pareció demasiado temerario. Sin embargo, la sola referencia a una prórroga y penaltis, le hizo reflexionar y concluyó:
– Mira, lo mejor será que cerremos con lo que salga del cuadro que está revisando Alejandro con Gabriel, y que ambos aceptemos lo que salga. Es un dato objetivo.
– Me parece bien. Cualquier cosa mejor que los penaltis.
El Real Madrid ganó 1-3 al Atleti. Y firmamos en conformidad poco después.