Cómics (II): El abismo del olvido

El abismo del olvido, historia guionizada por Rodrigo Terrasa e ilustrada por Paco Roca, obtuvo a principios de este año el premio al mejor cómic de 2023 en la categoría de Mejor Obra Nacional. Me interesé por esta novela gráfica al conocer que su ilustrador era el historietista Paco Roca, autor de Arrugas, una de esas obras plenas de sensibilidad, buen gusto y ternura hacia los personajes como la que recomiendo hoy. No he leído el cómic Arrugas, de 2007, una obra que recibió numerosos premios durante los siguientes años, incluido el Premio Nacional de Cómic, pero sí he visto la adaptación cinematográfica, seleccionada para los Goya y el Óscar al mejor largometraje de animación. Una maravilla.

El abismo del olvido está empapada de la misma tristeza que Arrugas, pero es una tristeza que no sé muy bien cómo definir. Ambas obras tratan temas difíciles (el Alzheimer en el caso de Arrugas, la exhumación de fosas comunes de la guerra civil en El abismo del olvido), pero es un sentimiento que, no exento de amargura, dota a sus personajes de una especie de rebeldía ante la situación, de aceptación ante el “sé lo que ocurrió”, pero a la vez de no aceptación porque “tengo que intentar revertirlo”.

El dibujo es realista, la paleta de colores escogida para el pasado tira mucho de ocres, incluso sepia en ocasiones para acentuar el tono «histórico», y sus personajes no dejan de ser unos tipos a los que la guerra sorprendió en un bando determinado. Individuos de pueblo, campesinos, agricultores o estudiantes a los que les tocó empuñar un fusil, o recibir un disparo.

La exhumación de fosas comunes de los fusilamientos de la guerra civil es un asunto controvertido en este país nuestro, tan dado a los extremos y a buscar lo que nos separa antes que lo que nos une. Una pena. Yo mismo reconozco que me pongo a la defensiva cuando aprecio afán revanchista en algunos de sus promotores (Memoria II: el olvido), casi siempre políticos interesados sin más interés que el de buscar la polarización, y, por eso mismo, reconozco que me gustó tanto la novela gráfica de Paco Roca.

Porque no hay rencor pese a la barbarie sufrida por tantas familias, porque no encuentras ánimo de venganza en los familiares, porque no ves más que una profunda tristeza en esa anciana, en su día niña, que sueña con el momento en el que su padre reciba una sepultura que ella considera adecuada, o la deseada, junto a su madre.

Hay numerosas fosas comunes sin localizar en España, pero también hay muchas otras perfectamente identificadas, en cementerios o fincas, pero en las que los cuerpos permanecen tal cual fueron arrojados hace noventa años. De una de ellas, en el cementerio de Paterna, trata la obra de Rodrigo Terrassa y Paco Roca. En lo formal, la obra tiene esa visión algo cinematográfica del autor, que no huye de recursos visuales como panorámicas, acercamientos a los personajes, saltos temporales o primeros planos más cercanos al documental.

La obra no puede eludir que hubo dos bandos, como no puede obviarlo cada película, libro o documental que se haga sobre nuestra cruenta guerra civil, pero no hay un interés especial en mostrarlo, en centrar la historia en ello, sino en las familias, en las personas, en quienes sufrieron el conflicto. Lógicamente, se centra en la recuperación de los cuerpos por parte del lado que sufrió más víctimas, el represaliado por el bando franquista. El que estuvo abandonado a su suerte durante décadas.

La historia de Pepica Celda en la que se centra la obra es la de una niña que se despidió de su padre en una cárcel en 1940, que supo que había sido fusilado poco después, como escuchó su madre en la distancia, es la de una joven marcada que se pasó el resto de su vida con el pensamiento de lograr recuperar los restos, los cuales estaban perfectamente localizados, aunque difícilmente distinguibles de los de los paisanos que fueron arrojados a la misma fosa en el cementerio de Paterna. En la obra, con 81 años, es ya una mujer que solo quiere descansar, y que sabe que lo conseguirá cuando los restos de su padre sean reubicados junto a los de su madre (interesantes las referencias a Troya, Aquiles y los restos de Héctor en la antigua Grecia). No hay un final feliz, sino más bien la amargura de quien ha luchado por algo de lo que no entiende ni siquiera bien su sentido, algo que anhela y desea, pero que apenas comporta más satisfacción que una paz interior, el cumplimiento de una promesa, de una misión.

Familias que luchan contra «el abismo del olvido» de sus seres queridos. Como dice el preámbulo de la Ley de Memoria Democrática: “La historia no puede construirse desde el olvido y el silenciamiento de los vencidos. El conocimiento de nuestro pasado reciente contribuye a asentar nuestra convivencia sobre bases más firmes, protegiéndonos de repetir errores del pasado. La consolidación de nuestro ordenamiento constitucional nos permite hoy afrontar la verdad y la justicia sobre nuestro pasado. El olvido no es opción para una democracia”. Como dije en su momento, no me gustan muchos de los «socios» que han introducido enmiendas a esta Ley, pero, como dice la novela, no se puede caer en el abismo del olvido. Como tampoco en la revancha casi un siglo después.

Don Francisco Tomás y Valiente decía allá a mediados de los noventa: «Hemos hecho en este país la transición a la democracia sobre la bisagra de una reforma cimentada en el silencio y la ruptura de la espiral de venganza. Así había que hacerla y no hay que arrepentirse de ello. Bien hecha estuvo. Pero del silencio al olvido y la ignorancia solo hay dos pasos, y sería pernicioso que muchos los dieran». Por desgracia, el mismo catedrático ya veía venir el interés de algunos por reavivar heridas del pasado: «que las peleas que entonces no hubo corremos el riesgo de (¡por fin!) entablarlas en este otoño por tantos conceptos caliente». Las familias de los ejecutados merecen todo el respeto y la atención, por supuesto que sí, el apoyo institucional, y solo ruego que no se dejen utilizar por esa casta política que parece gozar con la confrontación.

El libro de Roca y Terrassa narra también la historia de otros héroes anónimos, personajes que arriesgaron su vida para consolar a las familias de los ajusticiados. Como Leoncio Badía, el sepulturero del cementerio. Durante años y con una paciencia encomiable, recortó piezas de ropa, mechones de cabello, algún objeto personal e identificó los cuerpos de los cadáveres antes de enterrarlos, con la esperanza de que algún día sus esfuerzos sirvieran para ayudar en esa labor de exhumación y entrega a los familiares.

Una práctica que le costó el trabajo y una severa represalia de las autoridades de la época. Héroes anónimos, como decía, que trataron de aportar su granito de humanidad en la barbarie y la represión.

Como ocurre recientemente en tantas películas actuales basadas en hechos reales, la obra termina con imágenes reales de los protagonistas, de Pepica Celda, de los frascos en los que Leoncio Badía guardaba los nombres de los cuerpos sepultados y de ese agricultor de Masamagrell, José Celda Beneyto, que tuvo la desgracia de estar en el lado equivocado cuando comenzó la guerra.

El abismo del olvido deja una sensación extraña en el lector. Si la intención de los autores era que sintiéramos la tristeza de las familias, o que empatizáramos con las «Pepicas» de este país, doy fe de que lo logran.

Cómics (I): Pyongyang

Cómics (II): El abismo del olvido

Cómicas (III): Persépolis

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