Los Caballeros de la Orden de Malta, por Lester

cruz de malta

Este verano he tenido la suerte de pasar unos días de vacaciones en Malta. Obviando el ingente número de sicilianos y napolitanos que abarrotaban en agosto este pequeño país, el menor en tamaño y población de la Unión Europea, la isla, o mejor dicho, el archipiélago formado por  las islas de Malta, Gozo y Comino, nos ha sorprendido gratamente. Tiene algunos rincones maravillosos que merece la pena visitar y una historia apasionante de invasiones y encendidas defensas de sus puertos y sus ciudades. Pero no he venido a hablar de las islas, ni a hacer una guía de turismo, ni mucho menos una lista tipo “los 10 rincones malteses que no te debes perder”, tan del gusto de algunos medios.

Hoy voy a hablar de los Caballeros de la Orden de Malta, y más concretamente de sus principios morales. Esta Orden ha pasado por diversas denominaciones, siendo en realidad la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta. Se trata de una orden católica fundada en el siglo XI en Jerusalén, que se instaló en Rodas algo más de dos siglos, concretamente desde 1310 hasta 1522, y que finalmente llegó a Malta en 1530. Ese año, Carlos I de España (y V de Alemania, coletilla que me ha quedado desde el colegio) cedió a la Orden la soberanía de las islas a cambio de un tributo anual consistente en la entrega de un halcón maltés entrenado para la cetrería. La película de John Houston me abrió los ojos a esta historia, y soy un fiel seguidor desde entonces.

La Orden de Malta, como se la conoce de modo habitual, tenía como símbolo una cruz de ocho puntas, terminadas en V, que representaban los ocho orígenes de los nobles de la Orden: Auvernia, Provenza, Francia, Aragón, Castilla y Portugal, Italia, Baviera e Inglaterra (con Escocia e Irlanda). Y representaba fundamentalmente las ocho obligaciones o aspiraciones de la Orden, relacionadas con las Bienaventuranzas, que es de lo que quería hablar en el fondo en este blog. Estas ocho aspiraciones eran las siguientes: vivir en la verdad, tener fe, arrepentirse de los pecados cometidos, mostrar humildad, amar la justicia, ser misericordioso, ser sincero, y resistir a la persecución. Cuando leí estas ocho obligaciones o aspiraciones en la guía de viajes, me quedé pensando un rato, y las releí varias veces. Pensé: “qué sencillo, y a la vez, qué útil”. En el fondo, hablamos de algo que parece estar cayendo en desuso, como los principios o los valores.

Me quedé analizando una a una las ocho aspiraciones de los Caballeros, y me pregunté si no deberían ser de obligado aprendizaje en las escuelas en lugar de algunas de las memeces que enseñan a mis hijos. Y mis conclusiones fueron las siguientes:

– Vivir en la verdad: Obligatorio. La dejo para el final, ya entenderéis por qué.

Tener fe: Obligatorio. No hablo del concepto cristiano de la fe, que también puede ser válido. Hay millones de personas que mantienen la fe en un más allá en el que se nos premiará o castigará por nuestro comportamiento en la Tierra. O con una reencarnación en príncipe o en rata de cloaca según haya sido nuestra actitud con los semejantes. Y es lícito, por supuesto, pero también creo que se debe tener fe al margen de las creencias religiosas, es fundamental creer hasta lo irracional en algo, aunque sea tan etéreo como la bondad de las personas. Yo sí tengo fe en el ser humano, en el amigo, en el compañero, en el que ayuda desinteresadamente. Creo que los seres humanos somos los únicos capaces de salvarnos del agujero en el que nos han metido otros pocos, cada vez más despojados de su condición humana. El eslogan de la última campaña de Médicos Sin Fronteras era muy acertado: “Ser humano salva vidas”. Lo recomiendo: (https://www.youtube.com/watch?v=xD3w5Lrs3rc).

Arrepentirse de los pecados cometidos: me abstraigo de nuevo del significado cristiano del pecado y el arrepentimiento, y me centro en la aspiración que deberíamos tener de aprender de los errores cometidos, saber cuándo nos hemos equivocado, y lamentar cuándo hemos hecho daño a otros. A continuación, y sobre todo, proponernos no repetir esos errores, no volver a causar ese daño a otros, y rectificar nuestro comportamiento si es necesario.

Mostrar humildad: Obligatorio. No somos mejores que nadie, simplemente tuvimos la suerte de nacer en una familia en lugar de haberlo hecho en otra o en la otra parte del mundo. No olvidar nuestros orígenes, no creernos superiores al resto porque estudiamos en colegios de pago o tenemos salarios mayores o puestos mejores. Siempre he detestado a los niños de Papá, y he conocido desgraciadamente a unos cuantos. En el colegio, en la Universidad y en el trabajo, y son insoportables. El concepto “cura de humildad” describe perfectamente lo que me encantaría que pasaran algunos de estos sujetos.

Amar la justicia: Obligatorio, por supuesto, pero la justicia entendida como esa virtud de hacer lo que es justo, como ese ideal de otorgar a cada uno lo que le corresponde por sus propios derechos. No la justicia en el sentido de interpretación que hacen unos tipos de las leyes y normas impuestas por otros peores. La justicia se representa con una mujer con los ojos vendados (es imparcial), con una espada en una mano (el peso de la Ley) y una balanza en la otra (la equidad). A esta mujer es a la que debemos aspirar a amar. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a la justicia actual, cuyo símbolo debería ser una fulana con los ojos bien abiertos observando en una mano el historial y la procedencia de los ajusticiados, y en la otra un fajo de billetes.

Ser misericordioso: ¿Y qué es la misericordia? Los Caballeros de la Orden de Malta destacaron por la atención a los enfermos y su voluntad de ayudar a los necesitados. Al asentarse en una ciudad, lo primero que fundaban era un hospital y una hospedería. Creo que la misericordia consiste en esa capacidad de compadecerse del sufrimiento ajeno y en la voluntad de actuar para aliviarlo. Creo que va más allá del sentimiento de solidaridad, y por supuesto, debería ser de obligada enseñanza. La preocupación por el otro en lugar del individualismo.

Ser sincero: “la verdad os hará libres”, y lo sabemos. Qué sencillo, pero a la vez qué difícil. Cuántos problemas se evitarían con una actitud sincera, sin mentiras, sin engaños. Sin falsedades. Y tan importante como la sinceridad con los demás, o más aún, ser sincero con uno mismo.

Resistir a la persecución: el sentido de esta obligación venía de la necesidad de resistir a la persecución que durante siglos han sufrido los creyentes por causa de su religión (ahora mismo en Irak, por ejemplo). Hoy en día yo me siento perseguido por un entorno que no me agrada en absoluto, por la desidia, la falta de principios y el egoísmo. Por la corrupción moral. La resistencia de nuestros principios es hoy más necesaria que nunca.

Y vuelvo al primero de todos: vivir en la verdad. ¿Y qué es la verdad? No tengo ni idea, pero lo que sí sé es qué no es la verdad y no es este mundo desigual que estamos viviendo y que vamos a dejar a nuestros hijos. Poncio Pilato tuvo la oportunidad de encontrar la respuesta, cuando interrogó a Jesús: “¿Y qué es la verdad?” (Juan 18, 38). Pero se dio la vuelta y se marchó. Pilato, como prefecto de Judea, no dejaba de ser un político puesto por Roma, y al igual que sigue ocurriendo dos mil años después, a los políticos no les interesa la verdad. Ni la misericordia. Ni la sinceridad, ni la justicia, ni que les persigan. Por supuesto no son humildes, ni se arrepienten de sus pecados. Quizás sólo cumplan con la obligación de tener fe. Fe en que con una buena cuenta corriente y las amistades adecuadas, son libres de hacer lo que les plazca.

Cara Lester

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2 comentarios en “Los Caballeros de la Orden de Malta, por Lester

  1. Yo tengo fe en que no todos los políticos son como los que describes en tus últimas líneas. Como, igual que tú, creo en los hombres, también creo en que debe haber algún político honesto. Además, me conviene creerlo así porque sin los políticos no podemos vivir.

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    • Por supuesto que sí. Hoy, al releerlo, me he dado cuenta de que he cometido un nuevo error: el de generalizar. Tenía que haber suavizado esas últimas frases o no haber hecho referencia a “todos los políticos”.

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