Cómics (I): Pyongyang

Iba a titular esta serie Cómics adultos, Cómics para adultos o algo así, pero (no sé por qué) más de uno, y de dos, y de decenas, iban a sentirse defraudados al comprobar que no trataban acerca de cierto tipo de novelas gráficas con mujeres de cuerpos voluptuosos e historias más allá de los cánones del buen gusto. Otra opción era titular la serie Cómics serios, o Cómics políticos, pero algunos de ellos no eran exactamente una cosa ni la otra, así que se quedará tal cual está. De momento serán tres post, aunque es posible que aumenten en los próximos meses o años.

Comienzo con Pyongyang, quizás la novela gráfica más conocida del canadiense Guy Delisle. Narra los meses que pasó trabajando en la capital de Corea del Norte para una empresa de animación. La obra fue publicada en 2005, luego corresponde al período de Kim Jong-Il, padre del Líder Supremo actual, Kim Jong-Un, e hijo del anterior, Kim Il-Sung. Los «Kim» llevan en el poder del país asiático desde 1948, lo cual constituye una de las mayores anomalías conocidas en el mundo. Aunque ya nos hayamos acostumbrado a ello, sorprende, sigue sorprendiendo como todo lo que cuenta de este país, una nación que muestra -más con dibujos que con palabras- como obra de un megalómano pirado, excesiva, agobiante, opresiva…

Guy Delisle visitó Corea del Norte en 2003, y tuvo que firmar un compromiso de confidencialidad acerca de lo que veía o contaba. No podía sacar fotos, tenía que ir acompañado a todas partes por un agente del gobierno y su trabajo era supervisado continuamente. Sin embargo, pasados dos años, y una vez que quebró la empresa para la que trabajaba, se atrevió a contar su historia y a plasmar todo lo que había esbozado durante aquellos meses. El modo escogido resulta enormemente descriptivo. Tanto, que ahora me interesan otros de sus trabajos, como los que cuentan los períodos de su vida que pasó viviendo en Birmania, China o Jerusalén.

Lo primero que sorprendió a Delisle al llegar a Pyongyang fue la escalofriante uniformidad en las tiendas, los edificios, las personas… Una uniformidad que podía asustar por su perfección para ciertas disciplinas, pero una perfección que podía resultar robótica, y, como tal, triste. Por mucha sonrisa forzada que encontrara en los ciudadanos norcoreanos.

La ironía del autor se aprecia en cada viñeta, en cada texto. Escoge pocas palabras para la mayor parte de las viñetas, deja que las imágenes hablen por sí solas, pero las veces que se expresa lo hace con tino. Las cosas que cuenta son un despropósito, un absurdo imposible de comprender con los ojos de occidente, como los enormes edificios de tamaño desproporcionado que permanecen vacíos.

O la ineficiencia de unos servicios públicos más pensados en el «postureo» que en la atención al ciudadano:

En las pocas ocasiones en que hemos podido ver algún documental sobre Corea del Norte nos han mostrado un país con unas autopistas descomunales de tamaño, pero sin apenas coches en circulación, construidas de tal modo que sirvan como pista de aterrizaje para aviones militares, por si hicieran falta ante un ataque enemigo. Ese ataque enemigo latente del que llevan décadas alertando a la población.

Por esa razón hay barreras antitanques en el campo, en numerosas praderas, para evitar la «inminente» invasión del malvado enemigo. Los dibujos de Delisle transmiten a la perfección ese agobio ante la enormidad.

Como en el paseo forzado para depositar flores como culto al líder supremo de la nación. Un paseo en el que se encuentra a otros trabajadores extranjeros haciendo el mismo gesto.

El culto al líder es omnipresente, aparece en cada viñeta, se respira y transmite al lector. Es un país diseñado por una especie de semidiós todopoderoso y omnisciente, que sabe lo que va a ocurrir con antelación, provee a sus súbditos de lo que considera necesario y no permite la disensión. La duda que Delisle deja en el aire con sus pensamientos es si los norcoreanos son conscientes de esta total falta de libertad o si están abducidos desde la escuela. Los memoriales, el museo, las bibliotecas y los libros que se pueden encontrar en ellas, la publicidad, el cine, la televisión…

Después de varias semanas en las que el dibujante intentaba hacer algo diferente, como visitar zonas fuera del circuito marcado por el agente del régimen o hablar con habitantes del lugar, Delisle cae en una especie de apatía, se blinda para hacer su trabajo sin pensar demasiado en lo agobiante que le resulta todo. Como el opresivo metro, opresivo, cuyos profundísimos túneles me recordaron a los del suburbano de Rusia.

Las conversaciones con el enlace local, que hace las veces de traductor y guía, y quién sabe si de espía o policía, contienen algunos de los momentos más hilarantes (partiendo de lo poco divertido que debería resultar la atmósfera del país). Sin duda, mi momento favorito es la respuesta a la pregunta acerca de por qué no hay discapacitados en Corea del Norte, que no había visto ninguno:

O sobre el cine. Corea es lo mejor del mundo, o aún algo más: es la verdad absoluta. El resto del mundo es decadencia, descontrol, está equivocado:

El dibujante llega a desesperarse al ver que no hay reacción alguna en los habitantes de Pyongyang, al comprobar que millones de personas tienen asumida esta situación, incluso llega a preguntarse si anhelan otra, o si la educación que han recibido les permite pensar en que puede existir otro tipo de vida. En el país ha habido tímidos movimientos de protesta, alguno de los cuales, insignificante, vio el propio dibujante. Pero son sofocados rápidamente. Es una sociedad acojonada en la que, además, nadie se fía de nadie. Cualquiera puede ser un espía que pase información a los servicios secretos. Todo está contado en la novela con asombrosa sencillez. Y lo que es más difícil, con gracia.

Es la Oceanía que había descrito George Orwell en 1984 trasladada a la realidad. Con purgas de ciudadanos, crímenes del pensamiento y una especie de neolengua que logra sedar al que la emplea. Por eso no resulta casual que el libro aparezca en la novela gráfica. Cuenta Delisle que llevó un ejemplar a Corea y que a las pocas semanas se lo dejó al enlace del gobierno, lo cual, de ser cierto, resultaría una temeridad.

George Orwell falleció en 1950. El libro fue publicado en 1948, casualmente el año de la llegada al poder de Kim Il-Sung. Aunque las ideas de la novela se centraban en la represión que comenzaba a vislumbrar en el régimen totalitario soviético, le habría asustado ver hasta dónde se ha llegado en el país asiático. Como dice Delisle de manera acertada, «es el libro en el que uno piensa obligatoriamente para una estancia en Corea del Norte»:

Me gustaría saber la respuesta a la segunda viñeta. Sería gracioso. Como Pyongyang, aunque lo que cuenta, diste mucho de serlo.

Capítulos

Cómics (I): Pyongyang.

Cómics (II): El abismo del olvido.

Cómics (III): Persépolis.

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