


JOSEAN, 22/03/2026
Si las dos primeras partes trataban sobre las innovaciones tecnológicas o la economía y geopolítica mundial, esta tercera parte versará sobre el modo en que todo ello afectará a nuestras vidas, ya sea por la manera de comportarnos y relacionarnos, o por el modo de entender el ocio, la educación, la cultura, los viajes ¡o el propio mundo! Para algo tan ambicioso tendré que apoyarme en informes y artículos que he ido recopilando por distintos sitios, a los que añadiré comentarios de mi cosecha. Utilizaré sobre todo dos:
- The Future 100, de VML, agencia de marketing, tecnología y creatividad. VML presenta todos los años un informe que analiza diversas tendencias esperadas de consumo y comportamiento clasificadas por conceptos: cultura, alimentación, belleza, viajes, salud… Los expertos consultados pronostican o juegan a imaginar ese futuro quizás no tan inminente y, de ese modo, nos encontramos con cuestiones interesantes y también, por qué no decirlo, con algunas chorradas de iluminados (una nueva especia que prolifera y se expande, hasta el punto de ser otra tendencia; se les denomina influencers). Es un informe de casi 300 páginas en inglés que —lógicamente— no he leído íntegro, sino aprovechando las maravillosas bondades que la IA nos ofrece para traducir, seleccionar, filtrar y quedarme con todo aquello que me resultaba más atractivo.
- Los pronósticos presentados por el Consejo Editorial de Ethic, una web sobre tendencias globales y tecnología con una perspectiva humanista y crítica.
Cultura
VML ofrece varios puntos de vista interesantes acerca de cómo se ha “democratizado” la creatividad (unbounded crativity) en el sentido en que resulta más accesible para casi cualquiera poder crear imágenes, sonidos, vídeos o textos a partir de unas instrucciones dadas a la máquina. La hiperrealidad, la mezcla de tecnologías (pantallas, Google glass, sensores a tutiplén) o los gemelos digitales permitirán a los que estén interesados en ello una nueva forma de ver lo que les rodea o de encontrar un nuevo ¿arte?
Aunque no capta mi interés, me ha hecho gracia ver que una tendencia define como “entropism” un gusto por la estética sucia, quizás por lo imperfecto. En este mundo de las imágenes precocinadas por IA en las que todo resulta de una perfección exagerada, quizás se valoren las impurezas, las manchas en la piel o las arrugas no uniformes, «ganadas tras años de esfuerzo», como decía Anna Magnani. No sé si es por la huida de la IA, pero se me ocurren muchas películas y manifestaciones culturales en las que se aboga por la fealdad y la mugre, con Arco, la estética reggaeton y Sirat a la cabeza.
Mucho más relevante para el futuro me parece lo que el informe denomina “alfabetización de la verdad”: como hay millones de imágenes falsas circulando, cada vez resulta más sencillo crearlas y difundirlas. Y como tenemos un cerebro preparado para consumir imágenes más rápidamente de lo que nos lleva leer textos (y se asimilan mejor, pues afectan en mayor medida a las emociones), en este presente que nos toca vivir, “debemos aprender a detenernos y reflexionar ahora sobre si lo que vemos en un vídeo o en cualquier medio es algo que sucedió en el mundo real”. En ocasiones hasta da lo mismo, y me explico: sabemos que algo es falso, pero sirve para alimentar nuestras ideas preconcebidas sobre algo o alguien, un político, un club de fútbol o un actor. El sesgo de confirmación. Los llamados fact-checkers tendrán que ser más ágiles en detectar el fraude, y ni siquiera será suficiente con ello. Como dice Sean Pillot en el informe: “nos encontramos con un panorama en el que la verdad se manipula deliberadamente, la confianza se ha devaluado catastróficamente y la desinformación organizada es un negocio en crecimiento”. Elena Pisonero plantea en Ethic que «la digitalización, la inteligencia artificial o la automatización multiplican la eficiencia, pero también la complejidad. El riesgo no está en la tecnología, sino en la falta de preparación para integrarla con sentido».
La potencia de las nuevas herramientas de desinformación es tremenda. Recientemente, un grupo de investigadores de la Universidad South California diseñó un sistema de agentes de IA con identidad políticas y unas directrices concretas e introdujo a cincuenta de ellos en X, la red social Twitter de toda la vida. El programa se llamaba GABM (Generative Agent-Based Modeling) y los resultados fueron terriblemente esclarecedores: los agentes reforzaban sus ideas preconcebidas, interactuaban entre ellos y amplificaban de manera coordinada sus publicaciones, todas del mismo sesgo. Conseguían alcanzar a numerosos usuarios y sus mensajes tenían un nivel de propagación (y seguramente influencia) enorme. Una propaganda brutal para cualquier mensaje, mucho más efectivo que las granjas de bots, cada vez más detectables.
Por estos motivos, empresas tecnológicas y medios de comunicación como Adobe, Microsoft o la BBC están trabajando en un etiquetado de autenticidad de contenido, algo similar a lo que ya ofrecen Google, Meta o Pinterest con la (insuficiente) “marca de agua” para identificar el contenido generado por IA. YouTube acaba de anunciar la implantación de un sistema de detección de rostros generados por inteligencia artificial, pero no se queda ahí, sino que pretende que la suplantación digital no autorizada tenga consecuencias jurídicas. Dinamarca es el primer país que ha legislado sobre los deepfakes y la protección de las personas que son suplantadas por una IA, casi nunca por un buen motivo.
Este peligro de manipular figuras públicas, sus actos o sus palabras, entronca a mi modo de ver con lo indicado por José Antonio Marina en Ethic: “la aceptación de los autoritarismos, la credulidad rampante, la polarización, la influencia de las redes sociales. Por debajo de fenómenos tan diversos, detecto el «sistema del sujeto menguante». Se está favoreciendo la aparición de un sujeto débil, manipulable, falto de sentido crítico. La democracia debe basarse en ciudadanos responsables y críticos, pero los partidos políticos necesitan votantes crédulos y manipulables”. Todo ello constituye “un amable llamamiento a abdicar de los grandes proyectos humanos: la libertad, la democracia, la autonomía, el pensamiento crítico, la justicia”. El pensamiento crítico, ¿dónde quedó?
Ocio
Otra tendencia interesante que aparece en el informe de VML es el de la aparición de los microcines, las pantallas privadas para grupos muy concretos, precisamente en estos momentos en que los multicines lidian con la disminución de la asistencia de espectadores a las salas y el aumento del consumo de ocio en las plataformas de los hogares. The Nickel, ubicado en Londres, es un microcine financiado íntegramente por aficionados al género grindhouse, es decir, películas de serie B de terror o acción realizadas por y para el consumo de frikardos del gore. Este tipo de proyectos se están extendiendo en otros países: en Singapur ha abierto un «hogar para el cine y los amantes del cine», especializado en la emisión de películas no necesariamente de actualidad. En Nueva York abrió hace un año una sala para 42 personas especializada en la emisión de clásicos y documentales, y el complejo Metro Private Cinema en la misma ciudad cuenta con 20 salas, y ofrece un concepto de cine privado acompañado de una experiencia gastronómica exclusiva, elaborada por chefs. El amiguete Travis ya dejó una idea similar en un post de hace unos años, en su caso, para poder disfrutar de grandes clásicos en una pantalla grande y con la mayor calidad de sonido posible.
Algunas partes del informe dejan una extraña sensación de película futurista verosímil, y digo “extraña” porque puede ser atractiva y triste al mismo tiempo. Algunas de las tendencias, como esta misma de los cines casi privados, están relacionadas con la manera de combatir la soledad, un problema cada vez mayor en las sociedades modernas, incrementadas por el crecimiento de la longevidad, el aumento del número de divorcios o separaciones, las menores tasas de reproducción y el tipo de vida. Según informes de las Naciones Unidas, en 2025 hay 703 millones de personas mayores de 65 años, pero en 2050 este colectivo superará los 1.500 millones. Se estima que la población mayor de 80 años se triplicará en tres décadas y, por supuesto, Europa será el continente más envejecido del planeta. Eduardo Madina abunda en esta línea en Ethic: «Europa es el continente más envejecido. Sus más de 45 años de media de edad contrastan con la juventud de otras zonas geográficas del mundo. Si a esa media poblacional le sumamos una baja natalidad, es evidente una problemática que cuestiona la propia sostenibilidad del modelo social. El gran debate que tiene por delante nuestro país —y nuestro espacio europeo— es cómo dar cabida en ese modelo social a condiciones que generen una mejora en los niveles de natalidad (recursos públicos o ampliación del estado de bienestar)». De fondo surge el asunto de la inmigración, cómo no, pero este tema da para uno o varios post completos. Al igual que estas predicciones sobre la evolución de la población en este siglo, con lo que supondría de cambios de todo tipo: culturales, económicos, religiosos, sobre el modo de entender la familia o la sociedad…
Seguramente por este cambio de las pirámides de población y del tipo de vida familiar o comunitario en las sociedades occidentales, el informe de VML menciona tendencias como:
- Las multiflex cities, o el Living loyalty hablan de espacios urbanos en los que conviven pequeñas comunidades que comparten gastos de ocio, cuidado o trabajo. Puede ser una evolución de los llamados senior coliving, o la cooperativa Trabensol, una pionera en el autocuidado de la tercera edad, un lugar admirable a las afueras de Madrid que tuve la suerte de conocer hace unos pocos años. Este tipo de centros se están extendiendo por otros países y en algunos casos se convierten en verdaderas residencias de lujo para sus habitantes, los jubiletas activamente felices (el Coopers Chase de la película El club del crimen de los jueves, para que se me entienda). Se puede enlazar con otras tendencias como las que VML denomina Social Health o el Living loyalty, que se refieren al fomento de espacios comunitarios y actividades diseñadas para combatir la soledad.
- Wellbeing status y programas de Resilience wellness que, pese a los nombres rimbombantes, vienen a estar relacionados: se trata de los autocuidados a base de monitorizaciones con el uso de wearables y apps, es decir, sensores corporales en relojes, teléfonos móviles y quién sabe si chips subcutáneos, todo ello para estar medido y controlado… en soledad. Como otras tendencias indicadas en el informe y que me provocan un hastío infinito: Reality interface, RelAItionships evolved, Smart plays, Commercial humanoids… asistentes de IA para suplir el diálogo humano. Sucede que a mí, y espero que a muchos otros, al menos de mi generación, cada vez me apetece menos hablar con una máquina y quiero hacerlo con alguien real, de carne y hueso. Ni chatbox, ni pantallas táctiles, ni asistente de voz en el móvil. Como bien decía este artículo que leí esta semana:

Medio ambiente
Si todas las predicciones sobre el cambio climático aciertan, nos espera un futuro a treinta años vista bastante problemático. VML habla ya de Climate-resilient healthcare, infraestructuras preparadas para combatir situaciones de clima extremo. El informe menciona la necesidad de la colaboración público-privada que pueda crear esas nuevas ciudades con condiciones habitables para frenar los fenómenos extremos a los que no terminamos de acostumbrarnos (y espero no acostumbrarme nunca): incendios, danas, borrascas extremas, inundaciones, huracanes… Supongo que si la tecnología ha permitido hacer pistas de nieve en mitad del desierto (con un impacto brutal sobre el medio ambiente), en alguna década de estas seremos capaces de convivir en ciudades más confortables y seguras, no solo en occidente.
La politóloga Cristina Monge indica en Ethic que «no estamos aplicando las medidas necesarias para hacer frente a unos fenómenos naturales extremos, que van a ser cada vez más frecuentes y más virulentos. En primer lugar, porque es muy difícil que tanto la población como los gobiernos entiendan la urgencia de poner en marcha, sobre todo, medidas de adaptación —revisar protocolos y actuaciones de emergencia de protección civil, generar una cultura de respuesta ante las emergencias, plantear políticas que ayuden a generar un territorio más resiliente—. En segundo lugar, porque gran parte de esto tiene que ver con políticas de mitigación, que implican necesariamente reducir emisiones de gases de efecto invernadero». El economista Alberto Andreu insiste en la idea de «conseguir todo eso sin poner en riesgo la identidad y los valores fundacionales de Europa. Y podemos, porque la sostenibilidad —social y ambiental— está en el centro de la esencia europea».
Claro que a veces nos preguntamos qué será de Europa, qué peso tendrá en las próximas décadas, o en esta misma, ¿nos quedamos en Atenas y Roma como fundadores del anterior mundo nuevo? ¿Seremos el museo del futuro, como dijo Ana Patricia Botín? En cuestión de sostenibilidad, sucede que la Unión Europea ya está desandando algunos de los pasos dados con anterioridad para no perder más competitividad de la ya perdida.


Igual hay que continuar esta serie de post y abrir nuevos «melones», ya que no soy capaz de prever la evolución de ninguno.
