LESTER, 15/08/2025
Recojo el guante que deja el amiguete Josean sobre las falsificaciones para hacer una confesión ante los lectores habituales de este blog. Con algo de pudor, bien es cierto, pero allá va: siempre he querido colar una falsificación. Un documento inventado, una trola gorda, bien gorda. Y luego lograr que se hiciera viral, como se dice ahora. A modo de broma, no con ánimo de obtener algún tipo de beneficio ilícito, pero sí colar una trola bien gorda, absurda, ver cómo se la tragan esos “crédulos interesados” del anterior post, cómo la convierten en dogma durante tres o cuatro días, una semana a lo sumo, para luego, yo mismo, desmentirla. Desmontarla, mostrar a esos believers que están dispuestos a tragarse todo que hay que tener un poco más de espíritu crítico.
Este blog cumple hoy 11 años, casi nada, y desde el primer momento siempre he tratado de mantener el rigor en todos los asuntos tratados: contrastar los datos, revisar varias fuentes, no fiarme de la memoria, que a veces juega malas pasadas… y que nadie pudiera reprocharme que «eso es falso», o que «te has inventado esa parte». Incluso, o, sobre todo, en temas que tocan la fibra, como el fútbol o la política. Sin embargo, sucede que a veces apetece hacer bromas con algunos asuntos y ver las reacciones que genera. Guiado en parte por el «Si non e vero, e ben trovato»: no es cierto, pero lo he contado bien. Bonito. Así colé alguna falsedad en un post de cine (Libros de atrezzo, aunque al final se desvelara) o algun gazapo fake en Una furgoneta del siglo XIII.
No han sido las únicas bromas. Hace un par de años, publiqué una broma en X/Twitter sobre el supuesto borrador de notas del asesor jurídico del Barça para Joan Laporta antes de su publicación. Para mi sorpresa, unas 60.000 personas leyeron ese texto, bastante burdo, con un post-it pegado, con una letra atropellada, la mayoría de ellos, difundiéndolo como la coña que era, pero algunos me preguntaron: “¿Pero esto es cierto?”. ¡Coño, cómo va a ser cierto, si se ve a la legua que es una coña!”.
Pero es el peligro de las redes sociales. En otra ocasión junté la cabecera del Marca con un titular absurdo en la línea pastoral del periódico (alabar hasta los pedos de Guardiola y criticar todo lo que se refiera al Real Madrid) y este sí se lo creyeron la mayoría de los lectores. Unas veinte mil personas. Tuve que desmentirlo pocas horas después ante la cantidad de comentarios indignados con el periódico del atlético Gallardo.
Son bromas sin maldad alguna, pero no me gusta que se propaguen demasiado, así que enseguida aviso de la falsedad, como aquellas veces. Antes de que se vayan de las manos, que lleguen más allá de lo que a uno le gustaría. Eso me recuerda una vieja historia que me sucedió en mi anterior trabajo, hace más de veinte años, y de la que hoy me río con ganas. Se publicó una controvertida nota del presidente del grupo acerca de un asunto que iba a generar reacciones, muchas charlas de pasillo y múltiples interpretaciones. Cogí ese comunicado e hice algo parecido a lo de Laporta: cambié unas pocas palabras, añadí otras de mi puño y letra endureciendo el lenguaje y el toque final, un post-it pegado. Se suponía que eran los cambios del responsable de comunicación del grupo al mensaje inicial del presidente. Una broma que no pensaba que fuera más allá de mi media docena de colegas más cercanos. Pero alguno de ellos, pese a que les dije que no lo circularan, lo hizo, y llegó a más gente, y a más, y… Un día estaba en el baño y coincidí «meando» con el Director de Recursos Humanos. Se puso a mi lado y me dijo:
– Hombre, no sé si has sido tú el autor de ese escrito que está circulando por ahí, pero, por si acaso fueras tú, o lo conocieras, me gustaría decirle a ese artista dos cosas: la primera, que es muy peligroso hacer estas bromas, hay que tener mucho cuidado o no hacerlas directamente.
Tragué la saliva mientras deseaba terminar el chorro de orina cuanto antes.
– Y la segunda, me gustaría felicitar al autor en persona porque me he descojonado vivo. Es buenísimo, qué cabrón el que lo haya hecho.
Creo que solo supe contestar algo así como «se lo diré al autor», pero me cuido mucho desde entonces de hacer estas bromas en el mundo de la empresa. Y no será por falta de ganas. Aun así, me di cuenta de lo incómodo que es llevar, aunque solo sea una coña y por unos días, la carga de esa «falsedad». No me imagino lo que debe ser esa gente que lleva toda una vida basada en una mentira. Lo pensaba hace poco mientras veía la película Marco, una fenomenal recreación de Eduard Fernández de Enric Marco, el falso superviviente de Mauthausen, el hombre que vivió durante décadas dando charlas acerca de cómo había sido su vida en el campo de concentración nazi. El impostor al que Javier Cercas dedicó un libro entero.
Sus mentiras se desmontaron cuando un historiador, uno de esos expertos «buceadores» en archivos y documentos históricos, comenzó a ver que lo fundamental no cuadraba en la vida de este impostor: las fechas, el origen, el motivo que lo llevó al campo… Los nazis dejaban un soporte físico y documental de todas sus tropelías y esa manipulación fue clave para desmontar la mentira que fue la vida de este hombre. Quizás por todo esto veo un peligro cada vez más evidente en el mundo que nos va a tocar vivir en los próximos años y es precisamente la falta de soporte físico de la mayoría de los documentos. Sé que existe una firma digital, un registro informático de cada dato, de cada fecha, que la tecnología blockchain permitirá mantener esa trazabilidad del «documento», pero, si se pueden falsificar documentos del siglo XIV, no tengo ninguna duda de que cambiar un registro en un servidor es infinitamente más sencillo.
Y luego está el peligro de las redes sociales, de los believers que comentaba en el anterior post, los tipos que quieren creer algo porque encaja con sus valores o sus intereses. Hay granjas de bots expandiendo mentiras por las redes sociales y millones de creyentes de las mismas que no van a hacer el mínimo trabajo de averiguación acerca de la posible veracidad. Tipos que se las tragarán, las difundirán, retuitearán, amplificarán y contarán por todos los medios a su alcance. Como aparece en la cita de Mark Twain con la que inicio este post:
«Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada»
El sesgo de confirmación funciona a toda máquina en este inframundo moderno de las redes sociales, las noticias rápidas y los titulares tendenciosos. El sesgo de confirmación es ese convencimiento en toda aquella información, lectura, escucha o dato que concuerda con las creencias propias, para, de ese modo, confirmar o dar por contrastado nuestro pensamiento. El componente emocional juega un papel relevante en este llamado sesgo, «pensar con las tripas», y así podemos observar a diario cómo hay personas que creen firmemente todo lo que dicen sus líderes «espirituales» (pueden ser políticos, culturales, deportivos, periodísticos) al mismo tiempo que descartan esas mismas teorías si son expresadas por alguien a quien desprecian. Vivimos en una sociedad fuertemente polarizada y en la que ha crecido exageradamente la «posverdad», esa palabreja que hace referencia, según la RAE, a la «distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales».
Y aparte de las redes sociales o el desastre de la mayor parte de los medios de comunicación, advierto otro peligro para los años venideros: la expansión de la Inteligencia Artificial. Porque se alimenta de la popularidad de lo que ya existe en las redes y los medios, no del documento base original, y pesa más la estadística de un dato previamente difundido que su validez. La información tiene más posibilidad de transformarse en verdad para la IA si es popular que si es real. Copilot, Chat GPT, Perplexity, Meta AI y demás herramientas son estupendas, pero me pregunto cuántos de sus usuarios se quedan en la primera respuesta o contrastan la misma.
Por la parte que me toca como responsable del blog, trataré de mantener el rigor… y alguna vez colaré una falsedad. Gorda, bien gorda.


