
TRAVIS, 14/08/2024
Brian Winner, el conocido jefazo de la productora, se encontraba en su amplio despacho californiano a media mañana. Tenía mal aspecto. Apuró su segundo whisky de la mañana, se apretó los cordones tejanos que hacían las veces de corbata en su atuendo y llamó a su secretaria:
– Señorita Hardaway, ¿a quiénes tenemos hoy?
Por el interfono se escuchó la voz de la secretaria:
– Tengo aquí a los tres productores ejecutivos a los que Vd. había citado para la película sobre los Juegos de París.
“Pufff”, suspiró Mr. Winner.
– ¿A quiénes me han mandado esta vez?
– A la señorita Greenflower, a Dick Boathead y…
– ¿El mismo Boathead de aquel proyecto sobre Simone Biles y Djokovic? -interrumpió el productor.
– El mismo. Y el tercero es el señor Rodríguez.
– ¿Rodríguez? ¿Robert Rodríguez?
– No, señor Winner. Es otro Rodríguez, pero este viene de España, la España de Europa.
“Ah”, pensó el tejano. “España de Europa y no de México, ¿y cuál coño es la diferencia?”.
– Señorita Hardaway, ¿la Greenflower esa es la que trabajó varios años para Netflix?
– Exactamente -respondió la secretaria de modo diligente.
“Qué pereza”, pensó el productor.
– Bueno, que pasen los tres y a ver si despachamos rápido.
– ¿Todos a la vez?
– Sí -vociferó-, que cada uno escuche las historias de los otros, si yo me las trago, ellos también, y a ver si así sale algo entre toda la bazofia que me traigan.
– Como quiera.
Los tres visitantes entraron al despacho y tomaron asiento frente al productor Winner, que estuvo tentado de servirse un nuevo whisky. Desde aquella absurda denuncia de una trabajadora, había tenido que dejar los habanos que recibía hasta poco después de los Juegos de Tokio. “Que si estaba embarazada y no sé qué”, se quejaba en su círculo interno de amigos, “ahora resulta que puedo emborracharme durante la jornada de trabajo y soltar fucking gilipolleces, pero no me dejan echar unas caladitas, que son las que de verdad me relajaban y me llevaban a acertar sobre las historias, ¡este mundo se nos va a la mierda!”.
Todos los productores ejecutivos que habían pasado por ese despacho sabían que contaban con un tiempo máximo de tres minutos. Si la idea era “mala de cojones”, el señor Winner los callaba con el índice y pasaba al siguiente. Si la idea era medianamente ejecutable, dejaba que terminaran su exposición. El señor Winner miró a los tres y torció el gesto cuando vio el aspecto colorido y extremely cool de la señorita Greenflower:
– Recuerde: tres minutos. Empiece usted -le conminó con el dedo.
Mrs. GREENFLOWER.- Señor Winner, el público está cansado de historias deportivas heteropatriarcales repletas de hombres musculosos que luchan y se enfrentan a otros hombres igualmente musculosos, tipos duros que exudan testosterona y solo conocen el sacrificio extremo y el entrenamiento hasta niveles de tortura. Así que queremos apostar por las nuevas tendencias que tanto están gustando a las nuevas masas. Mi proyecto se titulará “Supercampeonas” y me encantaría que lo dirigiera Greta Gerwig, que hizo esa obra maestra que es Barbie.
Pasó un dedo por su iPad y mostró un fotomontaje en el que se veía a un grupo de mujeres: negras, blancas, mulatas, orientales, de distinto peso y altura. El señor Winner comenzó a levantar el índice para cortarla, «fucking woke», pero recordó que la señorita Greenflower era el fichaje estrella de los nuevos inversores de la Metro, así que, aunque su idea era pasar por napalm ese esbozo de guion, al menos tenía que fingir interés y escucharla. A medida que soltaba nombres, la productora pasaba las imágenes en la tablet:
Mrs. GREENFLOWER.- Contaremos la intrahistoria que hay detrás de cada participante. Shafiqua Maloney, mire qué aspecto tan estético para una buena historia. Natural de San Vicente y las Granadinas, se quedó a dos décimas de lograr la primera medalla de la historia para su país.
Kim Mi Rae, de Corea del Norte. Lloró al recibir la medalla de bronce, pero no por la recompensa a su esfuerzo, sino al pensar que el idolatrado Líder Supremo del país la recibiría como una heroína del pueblo.
Por la cabeza de Winner pasó otra vez ese pensamiento de «malditos rojos millonarios», pero no le dio tiempo a decir nada al ver el nombre de la siguiente candidata, «¿un tío?». Un malentendido que se aclaró enseguida:
Julien Alfred, oro en los 100 metros lisos y plata en los 200. Afroamericana de Santa Lucía, una isla de menos de 200.000 habitantes, ha obtenido las primeras medallas de la historia de esta nación.


Brittney Griner, 2,03 metros de estatura, tejana, como usted. En menos de un año ha pasado de una cárcel rusa por algo tan sano como la marihuana a colgarse un oro al cuello con el equipo de baloncesto.


Diyora Keldiyorova, 50 kilos de peso, una uzbeka que logra llevarse el oro en un país que llevaba casi exclusivamente luchadores y boxeadores hombres a los Juegos. Raven Saunders, plata en peso en 2020 y «undécime» en París. Realmente se identifica como no binaria y queer, pero compite como mujer.
A Winner le vino a la cabeza una de las parejas cómicas del cine mudo. Masculino, por supuesto.
– Vale, vale -le apremió Winner-. Supongo que las siguientes serán lesbianas…
– Sí, tengo varias futbolistas de la selección española. Y Ana Carolina Silva, bronce en voleibol con Brasil.
– ¿También es boll… lesbiana?
– No, es vegana y ha hecho gala de su dieta para llegar a lo más alto.
– Mucha diversidad, seguro que es lo que le parece, ¿pero no habría sido mejor incluir a algún hombre, uno al menos?
– Oh, mire, tenemos -pasó el dedo por la pantalla y se lo mostró.
– Hergie Bacyadan, boxeador filipino. Nació mujer, pero se identifica como hombre transgénero.
Winner suspiró, «creo que me voy a tomar ese whisky».
– Y a todo esto, ¿de qué iría la trama de la película?
– Nada especial -respondió Greenflower-, serían como piezas documentales para contar las dificultades contra las que han tenido que luchar estas supercampeonas.
– ¿Dificultades? ¿Ser negra, vegana, de ojos rasgados, gay o porreta? ¡Ni que fueran atletas con discapacidad!
– ¡Anda, se me ha olvidado incluir a un paralímpico!
Pasó el dedo varias veces por la pantalla, encontró lo que buscaba, y se lo mostró:

– Aquí está. Valentina Petrillo. 51 años, con deficiencia visual. Compitió como hombre hasta los 45. Está casado con una mujer y tiene dos hijos ya creciditos. Pero desde que compite como mujer…
– Ya he tenido suficiente -interrumpió Winner con el dedo-. Siguiente, usted, Boathead.
MR. BOATHEAD.- Gracias, Mr. Winner. Yo sigo insistiendo en que hay una gran historia de buenos y malos con los personajes de Simone Biles y Novak Djokovic.
– WTF? ¿Otra vez con lo mismo? -en su interior repetía «cabezabuque, cabezabuque, qué apellido tan apropiado llevas».
– No, no, no, déjeme que continúe, que desde los anteriores Juegos ha habido una evolución de los personajes.
MR. BOATHEAD.- Recordará que en Tokio Simone Biles apareció como la heroína que se sobrepuso a una terrible historia de abusos, depresión y estrés en la propia competición, mientras que el serbio Novak Djokovic se mostró prepotente y desafortunado en sus declaraciones. A mí me gustaría titular esta película Dos caras de la misma moneda, y que la dirigiera alguien un tanto retorcido, Darren Aronofsky, por ejemplo. En París tendremos a una Simone Biles que ya no es tan buena como nos la habían pintado: sus broncas en las redes con la excompañera que la sustituyó en Tokio, MyKayla Skinner, sus palabras totalmente equivocadas sobre la gastronomía francesa, el excesivo protagonismo de su marido y la reacción agresiva de la gimnasta ante las críticas.



Winner levantó el dedo y lo giró, como animándolo a continuar. «Nunca he soportado a esa petarda».
MR. BOATHEAD.- Por el otro lado de la trama tenemos a Novak Djokovic, el hombre que se enfrentó a todo el sistema, el antivacunas en su carrera por ser considerado el mejor de la historia. Lo ha ganado todo, más Grand Slams y Master 1000 que nadie, pero anhela como pocas cosas una medalla de oro para su país. Se opera la rodilla el 7 de junio y aun así, con un vendaje y mucho esfuerzo, es capaz de llegar a la final de Wimbledon, que pierde ante ese nuevo Nadal, ese tal Carlos Alcaraz. Ambos se enfrentan de nuevo en la final de París con el oro en juego. El villano de Tokio se convertirá por fin en ese héroe que lo ha ganado todo. El guion contaría ambos Juegos, los altibajos del deporte de élite y terminaría con el recibimiento que realizaron en Serbia al tenista, mientras que la norteamericana llegaría a Estados Unidos como una más de una delegación con bastantes triunfadores que acaparan más éxito mediático.


El señor Winner se quedó pensativo. Siempre le había caído bien ese serbio, le recordaba un poco a su querido Trump por el negacionismo ante ciertas imposiciones «de esos progres que todo lo invaden». Levantó el índice y señaló a Rodríguez, «el español que no es mexicano».
SR. RODRÍGUEZ.- «Otra manera de triunfar», ese sería el título. Sé que puede que no tenga gancho, pero «Un triunfo doloroso» o «Aprender a triunfar», que es lo que este guion trata de contar, me gustan menos. Es la historia de Carolina Marín, una paisana de mi tierra, de Huelva.
– ¿Caroline Merin? -exclamó Winner con un espantoso acento-. Where the hell is Well-bah?
SR. RODRÍGUEZ.- Puede que a priori le parezca que no tiene gancho, pero es un argumento que no tiene nada que envidiar a Rocky Balboa y sus entrenamientos por Filadelfia. La trama se desarrollaría en Huelva, una ciudad al sur de España en un país sin ninguna tradición en bádminton. La suya es una historia de determinación, de lucha, de garra, le puedo pasar la serie que ya existe en Amazon Prime, «Puedo porque pienso que puedo». Carolina solo conoce el triunfo, la victoria, fue campeona olímpica en Río 2016 y tres veces campeona del mundo. Se sobrepuso a una rotura del cruzado de la rodilla derecha en 2019 y, cuando se preparaba para defender el título en Tokio, se rompió el ligamento cruzado anterior y los dos meniscos de la rodilla izquierda. Pero se repone a todos los palos que le da la vida, aunque el más doloroso fue la muerte de su padre.
¡Joder, esta chica es la teniente O’Neil, la boxeadora de Million dollar baby y, tiene el espíritu de Sarah Connor y la determinación de Beatrix Kiddo! Tiene el oro entre ceja y ceja, llega a París en plena forma y va derrotando a sus rivales una tras otra hasta la semifinal, en la que va por delante con comodidad en el marcador. De repente, su rodilla cede de nuevo, se quiebra. El grito de dolor resuena en el polideportivo.
– Entonces, ¿es la historia de una derrota? -preguntó Winner.

SR. RODRÍGUEZ.- Noooo, toodo lo contrario. Ella llora porque solo concibe el título como meta, como objetivo, como modo de eludir lo que considera un fracaso. Pero todo el público comienza a aplaudir su esfuerzo por continuar en la brega, saben de su historia y de todo lo que ha peleado para llegar hasta allí y se lo reconoce. Como se lo reconocen muchos de los grandes deportistas de los Juegos, Carolina recibe incluso más cariño en redes del que había recibido por sus títulos. Su rival en las semifinales se acuerda de ella cuando recibe la medalla de plata, es un momento de gran emotividad. Carolina descubre que existe ese «otro modo de triunfar».
– Cómo os gusta a los europeos la épica de la derrota -sentenció Winner-. Gracias por sus propuestas, señores.
– Y señorita -respondió Greenflower.
– Sí, y señorita -suspiró.
Los tres ejecutivos abandonaron el despacho. Winner tenía claro lo que le podía llegar a interesar de todo lo que acababa de escuchar. ¿Y ustedes, amables lectores?
Capítulos París 2024
Juegos de París 2024 (I): el deporte popular, vía Lester.
Juegos de París 2024 (II): las mejores imágenes, vía Barney.
Juegos de París 2024 (III): las polémicas, vía Josean.
Juegos de París (IV): las películas que no se rodarán, vía Travis.




