2022: el año de Soylent Green

TRAVIS, 30/01/2022

El 1 de enero de este año que acaba de comenzar recibí esta imagen junto con una de las primeras felicitaciones, una línea temporal con las principales películas que se ambientan en hipotéticos futuros imaginados por los guionistas:

La manera en que el cine o la literatura han tratado de imaginar el futuro me ha interesado siempre, razón por la cual ya lo he tratado en anteriores ocasiones en el blog (El futuro ya está aquí). Esta imagen me llamó la atención, aunque tengo alguna que otra matización, y además echo en falta algunas grandes obras con fechas concretas en sus predicciones:

1984: la novela de George Orwell, imprescindible, no como la película que se basó en la misma. Aunque con algunos años de retraso sobre lo que el escritor británico predijo, el control y manipulación de la información, la censura totalitarista, la alteración del lenguaje para pervertir el pensamiento, o la reescritura de la historia forman parte ya por desgracia de nuestro día a día.

1995. La Naranja Mecánica, ambientada supuestamente en ese año: la novela se adelantó a su tiempo al hablar de las bandas de delincuentes juveniles, el abuso de las drogas y la ultraviolencia, y quizás se pasó de frenada con las terapias de reeducación y el célebre método Ludovico.

1997, Escape from New York: la versión española incluía el año en su título, 1997: Rescate en Nueva York. Una divertida peli de serie B dirigida por John Carpenter en 1981 y con un personaje de culto para muchos, ese Snake Plissken mitad héroe, mitad delincuente, interpretado por Kurt Russell. Para este juego del Timeline peliculero, echo de menos la segunda parte, 2013: Rescate en Los Ángeles. Se rodó en 1996 con el mismo director y protagonista, y en la misma estaba prohibido fumar, comer carne roja o ser musulmán. Quizás no estemos tan lejos de estas prohibiciones si cambiamos el Islam por el cristianismo.

2001, Una odisea del espacio: rodada en 1968. Otra película con el peligro de llevar una fecha en su título, porque no, el hombre no ha logrado llegar aún a Júpiter. O a Saturno, como decía la novela de Arthur C. Clarke. En este blog ya dejé mis particulares timelines de películas espaciales en A (bored) man on the moon:

2015, Regreso al futuro: Robert Zemeckis y Steven Spielberg imaginaron en 1985 cómo sería el 2015 al que viajaba Marty McFly y resulta curioso verlo una vez que llegamos a la fecha en cuestión. No tenemos aún coches voladores (salvo algunos prototipos), ropa ajustable, drones para pasear a los perros o aeropatines, pero sí «acertó» con el cine en 3D, las pantallas planas, las videoconferencias, la identificación biométrica y unas gafas muy parecidas a las Google Glass. Pero acertó sobre todo con algo que no es una innovación tecnológica, sino un comportamiento: el atontamiento que produce el enganche a las pantallas, sobre todo en los adolescentes.

1984-2029: Terminator, ¿cómo puede faltar Terminator en ese timeline? La guerra contra las máquinas se sitúa en 2029, pero han sido tantas las idas y venidas al pasado que se podría llenar esa imagen con distintas marcas. El primer Terminator viaja a 1984 para cargarse a Sarah Connor. En la segunda, para mí la mejor de todas, nos cuentan que el 29 de agosto de 1997 Skynet se cargó a 3.000 millones de personas con su petardo nuclear. En 2017, la sociedad está tan absorbida por la inteligencia artificial que hay tras las pantallas de sus tablets, ordenadores y televisiones que no se entera del control absoluto que existe sobre sus vidas (Terminator: Génesis).

2019: Blade Runner. Los seguidores de este blog ya saben que no se encuentra precisamente entre mis favoritas, pero es que además el noviembre de 2019 que imaginó se parece muy poco al real. La cagó incluso con las marcas comerciales que escogió para los carteles de neón: quebraron todas, excepto la Coca-Cola. La «maldición de Blade Runner» se llevó por delante a Atari, RCA, Pan-Am, Bell Systems o TDK.

2199, Matrix: ¿de verdad se desarrolla en ese año? Esa es la fecha que Morfeo calcula, porque durante la primera parte de la película (la primera, la mejor, la obra maestra) se supone que la acción se sitúa en el momento presente, con detalles como la fecha de vencimiento del pasaporte de Neo/Thomas Anderson, el 11 de septiembre de 2001. Acojonante, porque se rodó en 1999. Lo que ocurre es que llega un momento en el que cuesta distinguir el mundo real del virtual, ¿será el Metaverso de Facebook el principio de algo parecido?

Sobre algunas otras fechas: La fuga de Logan se desarrolla en el año 2116, la escasez de papel higiénico de Demolition Man se adelantó algo en el tiempo con el confinamiento de 2020 y me importa un carajo la fecha de ese bodrio llamado El quinto elemento. ¿Y dónde situamos Fahrenheit 451, en qué momento las autoridades censoras se ponen a quemar libros? ¿Canadá, en pleno 2021?

2022. Llegamos al año de Soylent Green. Cuando el 1 de enero recibí esa imagen, no había visto la película, pero se encuentra fácilmente por internet, así que dejo aquí un enlace por si alguno siente la misma curiosidad por verla: Película «Cuando el Destino nos Alcance»

Se rodó en 1973, estaba basada en la novela ¡Hagan sitio, hagan sitio!, de Harry Harrison y su título español fue Cuando el destino nos alcance. La trama nos sitúa donde se sitúan siempre las escenas apocalípticas, ya sean meteoritos, inundaciones, nevadas, Godzillas, ataques zombis o atentados terroristas: en Nueva York. Pero una Nueva York con un ligero problema de hiperpoblación (40 millones de habitantes) y desempleo (20 millones de parados solo en Manhattan). La película fue dirigida por Richard Fleischer, uno de esos artesanos de Hollywood sin tanto nombre como otros directores, pero con una filmografía repleta de entretenidísimas películas: Asalto al carro blindado, 20.000 leguas de viaje submarino, Viaje alucinante, Tora! Tora! Tora!, o mi favorita de largo: Los vikingos.

Soylent Green cuenta con un reparto con tres grandes de la interpretación, Charlton Heston, Edward G. Robinson y Joseph Cotten en un papel menor, algunos secundarios conocidos como Chuck Connors (el de la cara cuadrada que casi siempre hacía de malo) y Brock Peters (Matar a un ruiseñor), y una actriz que desconocía, pero que es pura sensualidad en su papel de «mobiliario» del apartamento: Leigh Taylor-Young. Lo interesante de la trama es que se trata de una de las primeras películas con un mensaje claramente ecologista. Ya en los estupendos dos primeros minutos, en los que describe en fotos de época unos cien-ciento cincuenta años de historia, de 1850 hasta la segunda mitad del siglo XX, advierte del peligro de la polución, la superpoblación, el calentamiento global y el ritmo de vida de entonces. Tanto la ganadería como la agricultura se han echado a perder y la gente se alimenta de Soylent, en sus variedades roja y amarilla. La película habla también del control de grandes corporaciones, como Soylent, que anuncia el lanzamiento de su último producto, Soylent Green, elaborado a partir de plancton, según indica la publicidad de la empresa.

Sin desvelar grandes aspectos de la trama, me han llamado la atención algunos detalles que parecen actuales (recuerdo que se rodó casi medio siglo antes del 2022 en que sitúa la acción), como el toque de queda, las mascarillas que llevan algunos personajes, la iglesia como refugio o «Cáritas» para los más desfavorecidos o la referencia a violaciones en cuadrilla. Las élites tienen acceso a productos de lujo que no alcanzan a la población, pero nada del otro mundo, sino una ducha de agua caliente, un filete o la mermelada de fresa. Hay revueltas sociales, como en tantos lugares hoy día, y los antidisturbios tienen que actuar de manera un tanto particular (no desvelo nada, está en la carátula al principio del post).

No me ha parecido una gran película, aunque entretiene, y su resolución es algo floja, falta de metraje, de alternativas o de una gran final como el de esa otra película de Charlton Heston anterior en unos pocos años: El planeta de los simios. Por cierto, ya que hablo del actor de la Asociación Nacional del Rifle, su personaje es un jeta de cuidado, aunque si el papel consistía en hacernos valorar los placeres de la vida (lo que hoy parece cotidiano, en Soylent Green tratado como un lujo), cumple de maravilla. Su manera de solucionar el problema de superpoblación en el mundo guarda una cierta relación con La fuga de Logan, si bien aquí se matan dos pájaros de un tiro. Estamos en 2022, esperemos poder seguir disfrutando de buena comida, «¡un tomate!», dice Sol (Edward G. Robinson), y no compuestos plásticos insípidos distribuidos por la corporación megamillonaria de turno.

Una película que nos habla directamente de la belleza de este mundo, de sus paisajes, de la naturaleza viva y de la importancia de protegerla. Ya lo he comentado en otros post, pero la idea de la Tierra como vertedero que aparece en Wall-E me parece de lo más aterrador de estos futuros distópicos imaginados por el cine o la literatura.

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