Las cartas de Ingrid Bergman

TRAVIS, 29 de agosto de 2021

El 29 de agosto de 1982, la actriz sueca Ingrid Bergman se acostó tras la fiesta de cumpleaños que celebró con unos amigos en su residencia de Londres. Cumplía 67 años y no volvió a despertar. Según su hija Pia Lindstrom, “creo que eligió morir el mismo día que había nacido; hay una especie de simetría en ello, es algo que le gustaba. Y es apropiado, fue como cerrar el círculo de su vida”. No estoy seguro de que Ingrid Bergman escribiera una carta de despedida ese mismo día de 1982, pero sería acorde con su modo de vida hasta la fecha y con la importancia que las cartas tuvieron en su vida.

Como esa primera carta que no quiso recoger, en sobre blanco (el marrón era para los rechazados), convencida de que no había sido seleccionada para la Escuela de Arte Dramático de Estocolmo, con lo cual tendría que dar la razón a su tío Otto y abandonar toda esperanza en el mundo de la interpretación. Afortunadamente no fue así y comenzó una gran carrera como actriz que se prolongó durante cinco décadas en varios países y en diferentes idiomas.

Tras una docena de películas en Suecia, recibió dos invitaciones muy dispares para trabajar en otras cinematografías: la del productor David O’Selznick para que realizara una nueva versión de Intermezzo en Estados Unidos, y la del mismísimo ministro de propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels, con la intención de que realizara películas para el III Reich. Todos sabemos que eligió Hollywood, y en 1942 interpretó el inolvidable papel de esa “fugitiva” Ilsa Lund que intenta conseguir un salvoconducto junto a su marido Víctor Laslo en el café de Rick. Hablo, cómo no, de la mítica Casablanca, en la que su personaje escribe una de las cartas más recordadas (y más simples) de la historia del cine, la que recibe Rick en la estación de tren de París (recurso de la lluvia como lágrimas incluido):

“Richard, no puedo acompañarte ni volver a verte. No debes preguntarte por qué, simplemente que sepas que te quiero mucho, cariño. Y que Dios te bendiga. Ilsa”. Pero, pero, pero… con lo que me gusta esta peli, ¿qué mierda de carta es esta? No sé, se la podrían haber currado un poco más, digo yo. El caso es que Ingrid Bergman recibió tres nominaciones consecutivas a los Óscar, pero no por Casablanca: sino por Por quién doblan las campanas, Luz que agoniza (con la que ganó) y Las campanas de Santa María. Y todavía recibiría una cuarta en 1948 por su Juana de Arco (Victor Fleming).

Se ve que el cine norteamericano no le aportaba más, tras menos de una década, y fue entonces cuando escribió su famosa carta al director italiano Roberto Rossellini:

“Querido Sr. Rossellini: He visto sus cintas ‘Roma, ciudad abierta’ y ‘Paisá’ y las he disfrutado mucho. Si usted necesita una actriz sueca que habla muy bien inglés, que no ha olvidado su alemán, que no entiende mucho de francés y que en italiano sólo puede decir ‘ti amo’, estoy lista para viajar y hacer un filme con usted”.

El italiano, que no sabía quién era la actriz sueca, pidió que le localizaran la cinta sueca Intermezzo, y tras ver su actuación, contestó con una de esas mentiras piadosas que tanto se deben estilar en este mundillo:

“Acabo de recibir con gran emoción su carta que, por coincidir con mi cumpleaños, se ha convertido en el regalo más precioso. Ciertamente he soñado en rodar una película con usted y desde este momento me esforzaré en que sea posible. Le escribo una larga carta comunicándole mis ideas. Con mi admiración acepte, por favor, mi gratitud y mis cordiales saludos”.

Lo que ocurrió después es de sobra conocido: Ingrid Bergman se presentó en Italia, abandonó a su marido y su hija, e inició una tórrida relación con el director italiano, lo cual resultó un escándalo para la mojigatería hollywoodiense de entonces, sobre todo cuando la actriz quedó embarazada sin haber cerrado su divorcio con su marido desde los 21 años, el dentista sueco Petter Lindstrom.

Desde el mismo momento en que se supo de la relación de ambos, la actriz comenzó a recibir cartas de todo tipo, pero ya no eran de elogios, como las precedentes, sino de lo que hoy en día se llamarían haters, odiadores vocaciones que usan las redes sociales, y que en su día se comunicaban por correo postal:

“Me llegaban cartas atroces, cada sobre iba lleno de odio. En algunas ponían que yo ardería en el infierno por toda la eternidad. Otras decían que era una agente del diablo y que mi pequeño era hijo del diablo. Y aun otras que mi bebé nacería muerto o sería jorobado. Hablaban de toda clase de horrorosas deformaciones que afectarían a mi hijo. Me llamaban puta y fulana. No podía creer que me odiara tanta gente. Al margen de lo que pensaran sobre mi vida, se trataba de mi vida privada, y yo no les había hecho nada. Estaba en estado de shock. Llegaban cartas de todas partes, pero la mayoría de América. América es muy grande, así que había gente para escribir cartas de todas clases. Roberto me preguntaba por qué las leía si me afectaban tanto. Decía que era como leer reseñas de críticos a quienes nunca les gusta tu trabajo. ¿Qué sentido tiene? Yo le respondía que era el único modo para encontrar cartas de amigos que me animaban y me apoyaban”.

Ingrid Bergman y Roberto Rossellini se casaron finalmente en 1950 y tuvieron tres hijos, entre ellos la también actriz Isabella Rossellini. Su propia hija fue la que tuvo la idea de producir un documental sobre la vida de Ingrid Bergman basada en sus cartas, diarios y vídeos familiares. Jag är Ingrid (Yo soy Ingrid), se estrenó en Cannes en 2015, con motivo del centenario de la actriz. Supongo que nunca salieron a la luz, pero me habría gustado leer sus cartas de “desquite” cuando volvió a Hollywood para rodar Anastasia (1956, Anatole Litvak) y ganar su segundo Óscar. Estaba tan cabreada con ese mundillo de Los Ángeles que fue su amigo Cary Grant quien recogió la estatuilla. En 1959 regresó a la ceremonia de los Óscar para presentar el de mejor película del año y fue recibida con una enorme ovación. Para entonces ya se había separado de Rossellini y se había casado de nuevo, en esta tercera ocasión con el productor teatral sueco Lars Schmidt.

O las cartas que sin duda debió cruzarse con el misógino Alfred Hitchcock, con el que rodó tres películas en las que sus papeles eran de meras comparsas de los protagonistas masculinos: Recuerda, Encadenados y Atormentada. Sé que Encadenados (Notorious) tiene muchos seguidores, pero yo no estoy entre ellos. Creo que Hitchcock tiene no menos de una docena de obras mucho más conseguidas que esta historia inverosímil de espías y amores falaces.

Poco tiempo después de lograr su tercer Óscar en 1974, por su papel de reparto en Asesinato en el Orient Express, tuvo conocimiento del cáncer de mama que finalmente se llevaría su vida por delante de manera prematura. Pero no dejó de trabajar casi hasta el final, como en Sonata de otoño con Ingmar Bergman (que, por cierto, no era familiar suyo, igual que no todos los Pérez lo son) o en televisión con Una mujer llamada Golda, en la que interpretó a la primera ministra de Israel Golda Meir.

Ingrid Bergman era la perfecta definición de clase, estilo, en el cine. La clase se tiene o no se tiene, no se hereda. No tuvo tiempo de escribir una carta a su hija Isabella para cuestionarle sus papeles en el cine, algunos de ellos terribles, y desde luego, carentes de la clase de su madre. Se fue cuando se tenía que marchar y seguramente se llevó a la tumba las ganas de soltar una enorme peineta a todas aquellas personas que la criticaron en vida por hacer siempre y en todo momento lo que le dio la gana.

Ingrid Bergman. 29 de agosto de 1915 (Estocolmo) – 29 de agosto de 1982 (Londres).

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