Memoria (I): recuerdos

LESTER, 28/03/2021

En el libro El río de la conciencia, del neurólogo y escritor británico Oliver Sacks, hay un capítulo titulado La falibilidad de la memoria que me encantó tanto como me aterró. En el mismo, el autor explica los resultados de investigaciones recientes que concluyen lo fácilmente maleable que es la memoria, o cómo su funcionamiento puede lograr implantar recuerdos de hechos o sucesos pasados que nunca existieron. Sacks parte de una experiencia personal, un bombardeo vivido en Londres cuando contaba ocho años de edad (1941), y lo narra en detalle, cómo reaccionó su padre, cómo salieron de casa en pijama, la oscuridad de las calles… Pero cuenta también que para él fue una sorpresa enorme cuando le convencieron de que no había estado en aquel lugar ni había vivido tal suceso, porque a esa edad vivía con su hermano Michael en Braefield. El caso es que la historia que narra le había sucedido a su hermano mayor David, que se la contó en una carta “muy gráfica y dramática” que dejó al pequeño Oliver fascinado: “había construido la escena en mi imaginación a partir de las palabras de David, y posteriormente me la había apropiado considerándola un recuerdo propio”.

La memoria nos traiciona, a veces movida por la fascinación, como en el caso de Sacks, o por la mezcla de recuerdos confusos y lejanos. O en otros casos la memoria funciona como mecanismo de defensa del individuo, por el sentimiento de culpa. “Supuse que los recuerdos que tenía -sobre todo aquellos que eran muy vivos, concretos y circunstanciales- eran esencialmente válidos y fiables, y me quedé de piedra al descubrir que algunos no lo eran”.

Yo soy una persona que se fía mucho de su memoria y al parecer mi cerebro alberga algunos “Gigas” más que la media de la población (“¿pero cómo te puedes acordar de eso?”, como me han dicho mil veces a lo largo de mi vida), así que el capítulo me acojonó un poco porque “asusta pensar que nuestros recuerdos más preciados podrían no haber ocurrido nunca, o podrían haberle ocurrido a otro”. “No existe ningún mecanismo en la mente ni en el cerebro que asegure la verdad, o al menos el carácter verídico, de nuestros recuerdos”. Uf, qué miedo. Tengo recuerdos tan vívidos como si hubieran ocurrido no tanto como ayer, pero sí recientemente, y quizás sucedieron quince o veinte años atrás. O a lo mejor no sucedieron como yo los recuerdo, o quizás ni siquiera sucedieron y fue mi cerebro el que quiso hacerme creer que sucedieron, o que lo hicieron de un modo diferente. Porque también en ocasiones nos interesa creer que actuamos de una manera concreta ante un hecho que vivimos o presenciamos. Que pronunciamos la frase perfecta que saldría de la cabeza privilegiada del mejor guionista, o que no tuvimos una actitud cobarde, o que reaccionamos de manera adecuada y fuimos capaces de controlar una situación delicada. Y a lo mejor la realidad no fue así, pero nos interesa contarla de ese modo y de tanto contárnosla a nosotros mismos hemos terminado por crear el recuerdo. Solo pensarlo me asusta.

Quizás en un futuro próximo exista una tecnología no menos escalofriante para solucionar esas manipulaciones inconscientes de la memoria, como la que muestra el capítulo de la serie Black Mirror (Netflix) titulado The Entire History of You, traducido como Toda tu historia. En el mismo, los protagonistas tienen implantado una especie de disco duro en el cerebro, tras la oreja, en el que se almacena todo lo que ven y escuchan, y con ayuda de otro aparato pueden emitir esos “recuerdos” en una pantalla de televisión. Entrecomillo “recuerdos” porque no son recuerdos, son realidades. Son hechos irrebatibles: la pantalla emite un vídeo de lo que vieron y escucharon, en primer plano y en los secundarios, y los protagonistas podían ampliar el resto de la imagen o escuchar conversaciones de fondo en un bar, porque todo quedaba grabado. Esa posibilidad se convierte en una tortura para un marido celoso o desconfiado, como se verá a medida que avanza la trama. Otro personaje le confiesa que se quitó el dispositivo de la mente y que desde entonces vivía mucho más feliz. ¿Es mejor vivir con el recuerdo que hemos almacenado o revivir los hechos exactamente como ocurrieron, sin matices ni alteraciones?

“Esa película ha envejecido mal”. Habremos escuchado esta frase mil veces. Y resulta absurda porque una película, una sucesión de imágenes plasmadas en celuloide, es materialmente imposible que cambie. Ni un ápice. Somos nosotros los que lo hemos hecho y cuando revisitamos una película años después estamos influidos por el recuerdo que en su día nos causó la misma. De repente vemos con cuarenta o cincuenta años una película que nos maravilló en nuestra adolescencia y decimos que “ha envejecido mal” cuando los que lo hemos hecho, mejor o peor, somos nosotros, y esa frase es el producto de nuestra frustración porque la película no nos ha hecho revivir el recuerdo que teníamos. Me reí muchísimo y ahora no le veo la gracia por ningún lado, o me impresionó tanto que me desveló varios días y ahora me parece una chorrada monumental. La obra es la misma, pero nos decepciona no volver a nuestro recuerdo.

Isabel Allende cuenta en Mi país inventado que cada vez que volvía de visita a su país natal, “debo confrontar el Chile real con la imagen sentimental que he llevado conmigo por veinticinco años. Como he vivido afuera por tan largo tiempo, tiendo a exagerar las virtudes y a olvidar los rasgos desagradables del carácter nacional”. “He armado la idea de mi país como un rompecabezas, seleccionando aquellas piezas que se ajustan a mi diseño e ignorando las demás”. “No pretendo saber cuánto de mi memoria son hechos verdaderos y cuánto he inventado, porque la tarea de trazar la línea entre ambos me sobrepasa”.

Quizás sea un mecanismo de defensa. La maleabilidad de la memoria, la adaptación para poder seguir hacia delante, sin vivir anclado no ya en el recuerdo, sino en una realidad pertinaz. En los Artificios del escritor argentino Jorge Luis Borges hay un relato titulado La forma de la espada en el que el narrador cuenta una historia de traición y delación desde el punto de vista del traicionado, no del traidor. Al final del mismo el narrador confiesa que él era el traidor: había aprendido a vivir y contarlo de ese modo para olvidar el desprecio que sentía por sí mismo. Pero de ese mismo libro, sin duda no podía dejar de hablar de Funes, el memorioso, un relato sobre la hipermnesia del protagonista, una alteración de la memoria que permite a quien lo padece recordar prácticamente todo, no eliminar recuerdos: “Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo”. “Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras”. Ireneo Funes es un pobre joven al que su memoria extrema (y un grave accidente) impiden llevar una vida normal. “Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”. Pensar es olvidar, por tanto, y seleccionar lo que nos interesa o capta nuestra atención, y por lo que entiendo, el pensamiento también consiste en almacenar recuerdos que nuestro cerebro adapta y sobre los que asienta las nuevas vivencias para crear nuevos recuerdos adaptados.

Este mecanismo del cerebro de adaptación de la realidad lleva a la falibilidad de la memoria de la que habla el neurólogo y puede resultar muy peligroso si, como demostraron algunos experimentos realizados por la psicóloga Elizabeth Loftus, se implantan falsos recuerdos en la memoria de una persona. “Tras el escepticismo inicial y una posterior vacilación, el sujeto puede acabar sintiendo una convicción tan profunda que seguirá insistiendo en la verdad del recuerdo implantado incluso después de que el experimentador confiese que, para empezar, no ocurrió nunca”. Cuando leí este párrafo pensé que era una tragedia para cualquiera de nosotros y una bendición para los manipuladores de voluntades, que los hay. Ya lo creo que los hay.

En Breviario del olvido, el escritor Lewis Hyde nos habla del recuerdo y el olvido, de la recuperación de la memoria y de algo ligado a ella como es la reconciliación y el perdón. El subtítulo del libro es significativo: Apuntes para dejar atrás el pasado. Quizás no sea negativo el tener una mala memoria, sino que la tesis del autor indica que puede ser más bien “una bendición, un bálsamo, un camino hacia la paz”.

(Continuará en Memoria (II): el olvido)

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Un comentario en “Memoria (I): recuerdos

  1. Claro, claro, claro. Eso explicaría muchas cosas … como tu subconsciente ha estado todos estos años engañándote y haciéndote creer que has ganado al deporte a tu hermano pequeño muchas más veces de las que realmente lo has hecho. Mmmmm dicho subconsciente “protector”. 😉

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