Cae la felicidad

LESTER, 15/10/2020

Esta semana escuché en la radio que España había bajado nueve puestos en el ranking mundial de la felicidad, lo que nos situaba en el puesto 30º de la lista. La verdad es que cuando escuché la noticia me sorprendí por varios motivos y me hice una serie de preguntas:

  • ¿Tanto hemos caído? ¿Nueve puestos en un solo año?
  • ¿Solo estamos en el puesto trigésimo del mundo o de los países que entran en este tipo de mediciones?
  • ¿Cómo se mide la felicidad?

Respecto a la primera pregunta, si tuviéramos en cuenta este maldito año 2020 (que no sé si está considerado en la encuesta), es entendible que hayamos caído nueve puestos. Es más, incluso me parecen pocos. La Covid-19 ha traído mucha tristeza a la sociedad, muchas familias que han perdido a sus padres, hermanos, amigos y que no han tenido la posibilidad de despedirse de ellos. El vacío que ha dejado en miles de personas difícilmente se llenará en algún momento. Pero los efectos de la terrible pandemia no son exclusivos de España, así que ese descenso de la felicidad solo podría entenderse si hubiera sido una tragedia que sucediera únicamente en nuestro país. Entonces, (supongo que) entran en juego otros factores, como la incertidumbre generada por las informaciones contradictorias, la desastrosa gestión de unos y de otros, y la pelea barriobajera de la clase política por sacar réditos electorales o por hundir al adversario. Lamentable. Quizás lo que haga diferente a España respecto a otros países (“Spain is different!”) haya sido el aumento de la crispación. De la polarización de la sociedad. De la intolerancia.

En cuanto a la segunda pregunta, sorprende que seamos el trigésimo país del mundo en felicidad, sea lo que sea eso, cuando ocupamos el puesto 13º en términos de PIB, vivimos en un país avanzado, con un clima fantástico, con la segunda mayor esperanza de vida del mundo, sin grandes desigualdades sociales, con tantas y tantas cosas buenas que nos cuesta reconocer en este país cainita. Pero es que la felicidad no tiene nada que ver con el PIB. Estados Unidos, por ejemplo, es la primera potencia mundial, pero solo ocupa el 18º puesto del ranking de la felicidad. Los primeros en la estadística, como casi siempre en estos casos, son los países nórdicos:

Lo que nos lleva ineludiblemente a la tercera pregunta: ¿qué es o cómo se mide la felicidad? Ni idea, así de claro lo digo. En el texto en el que más me acerqué a esta cuestión, En busca de la tranquilidad, opté por sustituir la palabra felicidad por tranquilidad. Tranquilidad económica, bienestar emocional, satisfacción personal y salud. Ante todo, salud.

Pero para las Naciones Unidas, un concepto tan subjetivo como este sí es medible y por esa razón desde 2012 se publica el Informe Global de la Felicidad. En este Informe, que se publica todos los años el Día Internacional de la Felicidad, el 20 de marzo, España aparece en el puesto 28º. Veremos dentro de un año en qué puesto nos situamos, con todo lo ocurrido desde entonces. Lo que se valora en este informe son seis parámetros:

  • PIB per cápita.
  • Apoyo social
  • Esperanza de vida saludable
  • Libertad para tomar decisiones vitales
  • Generosidad
  • Percepción de la corrupción

La riqueza del país y el bienestar económico de su población son importantes, pero distan mucho de proporcionar la felicidad. El mito o la leyenda urbana entre el pobre feliz y el ricachón eternamente insatisfecho me vienen a la mente. La sonrisa de un niño en un país repleto de carencias.

Para el Informe de Naciones Unidas resulta más relevante la confianza en una sociedad igualitaria, solidaria o que apoya al desfavorecido o a uno mismo en caso de necesitarlo, que esa riqueza económica que, además, puede estar muy mal repartida. La corrupción, no solo de las administraciones públicas, sino también de los particulares, o la sensación de vivir en una sociedad plenamente libre son posiblemente más importantes para obtener una percepción más cercana a la felicidad, pero en el fondo no dejan de ser opiniones subjetivas. En un vistazo rápido al listado de países advierto que varias monarquías figuran en el top-ten, o que no hay países musulmanes en los primeros puestos. Son hechos, no opiniones, aunque me parece evidente que una sociedad musulmana, con represión religiosa en tantos aspectos de la vida cotidiana y con distintos derechos entre hombres y mujeres, es una sociedad menos feliz.

En casi todos los factores comentados influyen las políticas de los gobernantes de los países: la libertad económica, pero también ideológica, la capacidad de generar riqueza y de mejorar los servicios sociales, que a su vez influirán en la esperanza de vida, la inexistencia de conflictos civiles o raciales, o del tipo que sean, la confianza en los dirigentes y a su vez en la sociedad o la familia como soporte del individuo. Lo que me lleva a otro aspecto interesante, que es el por qué todas las políticas públicas se centran en el incremento del PIB casi en exclusiva y no en la mejora de otros indicadores, ya sea el Índice de Desarrollo Humano, el Índice de Progreso Social o el mencionado Índice de la Felicidad. En el artículo La dictadura del PIB, de Marco Schwartz, se recuerda cómo los premios Nobel de Economía Joseph Stiglitz y Amartya Sen realizaron un informe tras la crisis financiera de 2008 en el que, “sin invalidar el criterio del PIB”, se buscara un indicador estadístico que “se centre más en la medición del bienestar de la población que en la medición de la producción económica”. Quizás sea demasiado subjetivo o sus recomendaciones pecaran de inconcretas, lo desconozco, pero me parece un concepto interesante.

Otro país como Bután abandonó hace años el medidor del PIB como motor de sus políticas económicas para reemplazarlo por la Felicidad Nacional Bruta (2008). El sistema se basa en complejas encuestas realizadas a la población, un sistema que ha dado el inverosímil resultado de considerar a Bután “el país más feliz del mundo”. Inverosímil por cuanto se trata de un país pobre en lo económico, pero además con altas tasas de analfabetismo, trabajo infantil y desigualdades. Para los curiosos, Bután no aparece en el Informe de Naciones Unidas de 2020 y figuraba en el puesto 93º en 2019.

Todo lo que he comentado hasta este punto me lleva ineludiblemente a la consideración que tenemos cada uno de la felicidad. Yo discrepo profundamente con el ranking de Naciones Unidas. Discrepo con el hecho de estar por debajo de Arabia Saudí, por ejemplo. Ni de coña. O con los altos indicadores sobre los países nórdicos en contraste con el puesto tan bajo de España. Aunque los nórdicos han mejorado notablemente la tasa de suicidios, siguen teniendo un clima poco benigno, con muchas menos horas de sol que nosotros, razón por la cual son tantos los habitantes del norte de Europa que ansían jubilarse o pasar largas temporadas en nuestro país. Me juego parte de mi felicidad en ciernes por el pensamiento que pasa por la cabeza de ese jubileta sueco en Benidorm: “Calidad de vida”. Y añado otra razón más: el precio de la cerveza en España, la tercera o cuarta parte que en Dinamarca o Finlandia (Están locos estos finlandeses). Y desde luego hay que considerar las cañas con los amigos entre los indicadores de felicidad nacional de cualquier nación que se precie.

Decía Ortega y Gasset que la felicidad no es lo mismo que el placer. Totalmente de acuerdo, el placer es un momento puntual, efímero. La felicidad es un estado de ánimo, posiblemente también puntual y efímero, pero que provoca una sensación más duradera y plena. En el relato que escribí y publiqué recientemente, El oso gris, hay placer, pero totalmente disociado de la felicidad. Más bien al contrario, que era lo que buscaba el relato.

Para el filósofo español, la felicidad dependía precisamente del tiempo que le dedicábamos a aquello que nos satisface y nos agrada. “Si nos preguntamos en qué consiste ese estado ideal de espíritu denominado felicidad, hallamos fácilmente una primera respuesta: la felicidad consiste en encontrar algo que nos satisfaga completamente”. O más concretamente:

“Felicidad es la vida dedicada a ocupaciones para las cuales cada hombre tiene singular vocación”.

Y ahí entramos en el terreno pantanoso de cuál es la vocación de cada uno o qué le satisface en lo personal. Hace tiempo escuché a Juan Luis Arsuaga en una conferencia que para él la felicidad está ligada al aprendizaje, que mientras aprendes algo nuevo eres feliz, y que el día que no aprendes nada es cuando realmente envejeces. Pero en sus estudios antropológicos que se remontan al hombre prehistórico, la felicidad solo entraba en juego cuando las necesidades básicas elementales estaban cubiertas.

Si nos ponemos en plan budista, diremos que “no hay un camino a la felicidad, sino que la felicidad es el camino”. Lo que nos lleva a John Lennon, que nos animaba a disfrutar de ese camino cuando nos decía que “la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”. Bertrand Russell, premio Nobel de Literatura y autor de La conquista de la felicidad, ligaba la obtención de la misma al amor, pero el amor como herramienta para dejar a un lado el ego, superar la vanidad y alcanzar esa felicidad con otra persona.

En fin, yo sí que no tengo ni idea de qué es la felicidad, aunque creo saber cuáles son las cosas que para mí hacen que la vida valga la pena. Y desde luego tengo muy claro lo que no es, lo opuesto: crispación. Enfrentamientos. Mal rollo. Lo unimos al miedo, la angustia, las privaciones de ver a la familia, a los amigos, de viajar, de jugar al fútbol con los colegas, la pérdida del puesto de trabajo, las penurias económicas… Me parece poco que solo hayamos bajado nueve puestos en el último año.

Que seáis felices, cada uno con lo que le satisfaga.

Este próximo sábado, 17 de octubre, se celebra el Día Internacional de la erradicación de la pobreza. El Objetivo de Desarrollo Sostenible número 1 es precisamente eso. Comparto la reflexión de Ayuda en Acción al respecto en este enlace.

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