El oso gris (I)

LESTER, 09/09/2020

“Me voy a pasar la cuarentena con mi madre”.

Seis años habían pasado desde que Valeria le dijo esa frase. “Seis”, se recordó Raúl a sí mismo. En todo ese tiempo solo volvió una vez y fue para recoger sus cosas. Lo cierto es que la pandemia le trajo la excusa, porque lo que fuera que había entre ellos llevaba tiempo roto, sumido en un aburrimiento absoluto, lejos de las locuras con las que iniciaron su relación ocho años atrás. Valeria era un soplo de aire fresco en su monótona vida. Alocada, infatigable, era una novedad cada día, pero la convivencia trajo de manera imperceptible la desidia. Habían llegado a un punto en el que compartían muy pocas cosas en común. Tras las largas jornadas de trabajo de ambos, ella se sentaba en el sofá a dar “likes” con desgana a todos los contactos de sus redes sociales, los conociera o no, y Raúl se ponía un capítulo tras otro de las series a las que nunca consiguió enganchar a Valeria. Menos de dos metros de distancia, pero un mundo virtual de separación.

Raúl se mudó un año después, pero no lo hizo solo para olvidar todo lo que le pudiera recordar a ella, sino para estar preparado para el siguiente confinamiento. “No sé cuándo sucederá, pero no tengo ninguna duda de que llegará”, confesaba con preocupación a sus amigos, “y no quiero que me pille el oso gris”. Se fue a vivir a uno de los bloques-colmena que se construyeron a toda velocidad a unos cincuenta kilómetros de las grandes ciudades.

Arcadia era el nombre, como mostraba un enorme cartel a la entrada del complejo. Tecnologías importadas de China para levantar edificios de gran altura en tiempo récord. Rascacielos de más de cuarenta plantas con apartamentos diminutos, de treinta metros cuadrados, con todas las necesidades básicas e higiénicas cubiertas. Cincuenta metros para una pareja con dos niños, aunque fueron muy pocas las familias que se mudaron. Más ascensores, pero de menor tamaño para evitar el contacto con los vecinos. Un sistema de transporte de mercancías interno en el propio edificio para que la compra llegara directamente al domicilio sin necesidad de bajar a la calle ni de ver al mensajero o al repartidor. Un gimnasio de celdas individuales en la última planta con servicio de autolimpieza y desinfección tras cada uso. Una azotea cubierta con una cúpula transparente para que los ancianos y los escasos niños del edificio pudieran salir unos minutos al día en rigurosos turnos.

El apartamento estaba dotado de todo lo básico para subsistir, sin excesos, pero sin carencias. Sin duda la palabra que mejor lo definía era funcional. La pared más ancha del apartamento era en realidad una pantalla LED que simulaba una ventana, puesto que la mayoría de los minipisos de la colmena eran interiores o tenían vistas a la colmena de enfrente. Para proyectar en la gran pantalla se podía elegir un paisaje idílico en la montaña o frente a un lago como hacían todos al principio de mudarse, u optar por una ciudad real, con sus días luminosos (pocos) o con la capa gris mezcla de nubes, polución y la solución de yoduro de plata con la que se bombardearon los cielos para combatir la pandemia de 2024. Según los estudios realizados, la opción de la ciudad real era la que escogían de manera mayoritaria los habitantes de la colmena. Había algo psicológico en aquella elección, como si de algún modo buscaran mantener el contacto con el mundo que existía ahí afuera, aunque muchos hubieran olvidado lo que era pisar la calle. Quizás albergaban la esperanza de recuperar aquellos espacios, pero cada vez eran menos los que la mantenían. “Durará entre dos y tres meses”, dijo el gobierno en su día, “como en 2020”. Pero lo cierto es que estaban cerca de cumplir el segundo año de encierro y las cosas estaban lejos de arreglarse.

El edificio en el que vivía Raúl era el bloque 1 de la manzana C del primer desarrollo urbanístico de Arcadia, la moderna ciudad adaptada a los últimos sistemas de protección contra pandemias. En ese momento estaban finalizando el bloque 8 de la manzana J del tercer programa y desde la azotea se podían ver los avances de las fases K, L y M. Se calculaba que unas 450.000 personas vivían en ese diminuto complejo y algunas noticias dijeron que la lista de espera para entrar a vivir en los siguientes desarrollos superaba el millón. La situación en las grandes metrópolis era caótica y el aire en las calles irrespirable, puesto que el nuevo virus permanecía en el ambiente durante tres semanas. Quedaba muy poco de lo que un día fuera una ciudad con atascos e incomodidades, pero también con cultura, ocio, animación en las calles y “bullicio, he llegado a echar de menos el bullicio”.

Raúl tenía suerte porque podía seguir trabajando a distancia y con los sistemas de videoconferencia o chatting para el ocio seguía manteniendo algo remotamente parecido al contacto con otros seres humanos. Pero había perdido a muchos amigos durante la pandemia y a los pocos familiares que le quedaban. Cada vez que se salía de Arcadia había que pasar un protocolo de desinfección tan riguroso que sus habitantes terminaron por no abandonar el complejo prácticamente nunca. Ni siquiera en los casos críticos de familiares o amigos porque acudir a un funeral o a un hospital equivalía en la práctica a la denegación del permiso de retorno a Arcadia.

“El oso gris no podrá conmigo”, se repetía a sí mismo cada mañana con la misma convicción con la que se lo decía a sus compañeros de trabajo en las escasas conversaciones que mantenía a diario, siempre a través de un monitor. “El oso gris” era el sobrenombre que Raúl utilizaba para no nombrar al TEAS y su abrazo letal. Diversos estudios psico-sociológicos realizados a grandes núcleos de población habían servido para catalogar al TEAS como una enfermedad de extrema gravedad. “La enfermedad de occidente”, como propagaban los medios. El gran peligro que acechaba a los habitantes de las nuevas urbes. El Trastorno Emocional Asociado a la Soledad se manifestaba de diversas maneras en los ciudadanos dependiendo de su estado mental, fortaleza emocional y rutinas diarias, pero podía darse en forma de depresión, ataques de ansiedad, conductas violentas o también como esquizofrenia y trastornos paranoides. El número de suicidios se había disparado en el segundo año de encierro. Los nuevos bloques de Arcadia estaban diseñados para que las ventanas no pudieran abrirse y además el cristal era blindado para que tampoco pudiera romperse en un ataque de desesperación.

Para combatir al oso gris, Raúl se sirvió durante los primeros meses de todo aquello que el bloque le ofrecía. En el gimnasio, las pantallas inmersivas le daban la posibilidad de correr por el centro de una ciudad rodeado de maratonianos o por un bosque finlandés con amigos virtuales generados por una aplicación informática. Al principio salía a pasear por la azotea durante los escasos veinte minutos que la normativa le permitía, aunque solo fuera para ver a otras personas a través del cristal. Durante esos meses también solía bajar a la consigna de la planta baja en la que le depositaban sus compras sin utilizar el sistema interno de transporte del edificio, aunque se cansó del mismo y terminó recurriendo al envío directo, como casi todos los habitantes del bloque. Y pasado un tiempo, también dejó el gimnasio y el paseo de la tarde. Se volcó en las pantallas interactivas. Muchas horas, incontables tardes y noches, todo el tiempo que fuera necesario para que su mente no tuviera que pensar en el modo de rellenar los huecos.

Durante los primeros meses mantenía algo más de contacto con sus amigos, pero el oso gris abrazó a varios de ellos, cada día más abúlicos y desganados, menos interesantes, sin nada que contar salvo que su mujer les había dejado o una desgracia en la familia, así que el aburrimiento venció a la interacción y las pantallas quedaron reservadas para el trabajo o para ver series tres o cuatro horas al día. Las cadenas de televisión, propiedad del gobierno en su mayoría, producían series para todos los públicos y todas las edades, con argumentos cada vez menos complicados. Habían evolucionado hacia sistemas interactivos que buscaban la complicidad del espectador para que este indicara hacia dónde quería que continuara la trama. Otras en cambio, para poder seguir viéndolas, reclamaban al espectador que puntuara cada escena, personaje o situación, con objeto de trazar el perfil de los espectadores y que los guiones se ajustaran a sus demandas. Raúl comenzó a votar lo contrario de lo que pensaba, porque todo se hacía demasiado previsible, sin margen para la sorpresa.

A los seis meses de encierro Raúl comenzó a sopesar utilizar otra de las posibilidades que la publicidad de las pantallas le ofrecía: servicios de prostitución a domicilio. “Con certificado sanitario. Totalmente limpias. Residentes en Arcadia”. “Qué paradoja”, pensó Raúl. “El hogar del futuro provocó la proliferación de la profesión más antigua del mundo”. Después de tantos meses le apetecía abrazar a una mujer, sentir la calidez de su piel sobre la suya, oler a otra persona, pero en todo ese tiempo lo había eludido por el riesgo de contagio. Tampoco se había planteado iniciar una relación con nadie, así que las posibilidades que se le abrían le parecían totalmente seguras y por tanto factibles. Una nueva técnica permitía identificar la existencia del virus en una persona a través del iris, y todos los apartamentos de Arcadia tenían instalada esa tecnología con un escáner en la puerta, pero aun así había escuchado historias de gente contagiada por prostitutas que usaban unas lentillas que engañaban al sistema.

(Continuará)

El oso gris. Segunda parte.

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