Mala idea, por Lester

Llegadas1

Siempre tuve envidia de esa gente que llega a un aeropuerto después de un vuelo de varias horas y se encuentra nada más abrir la puerta de “Llegadas” con un tipo que le espera con un cartel con su nombre. ¿Hay algo mejor en esta vida que el hecho de que te reciba un conductor que te va a llevar directo a tu hotel para descansar? El caso es que mi modo de viajar nunca fue el de esos “Mr. Smith”, “Familia Lopes” o “Sr. Sánchez” de los carteles, sino el más barato, económico, lowcostero o cutre que uno se pueda imaginar. Y doy fe de que hace falta mucha imaginación para viajar por el mundo a bajo coste.

Así que hace años decidí ser ese “Mr. Something” de los carteles. “¿Por qué no?”, pensé, “seguro que estos tíos no conocen al sujeto al que vienen a recibir, ni tienen una foto suya y tampoco piden acreditaciones”, así que pensé que podía ser un modo cojonudo de abaratar el trayecto al centro de la ciudad que visitaba.

Planeé bien el primer golpe, en Gatwick, Londres. Leí disimuladamente de un vistazo rápido todos los carteles de los conductores, localicé un apellido español, “Mr. Rguez.” y un conductor que pareciera paquistaní, y le hice la seña: “yo soy su hombre”. Tras mirarme de modo inexpresivo, el “paki” hizo ademán de coger mi petate, a lo que me negué y me indicó con un inglés peor que el mío que le acompañara. Le seguí por el parking de la terminal, me invitó a subir a un coche amplio y me llevó los cincuenta kilómetros sin decir apenas una palabra. No tengo remordimientos, pero le pagué del único modo posible una vez llegado a ese punto: en un semáforo junto a Hyde Park, abrí la puerta del coche y me largué sin decir palabra. Me interné rápidamente en el parque y adiós muy buenas. Más barato y cómodo, imposible. Aquel primer golpe me supuso una satisfacción inmediata, aspiré el aire del parque londinense y me felicité a mí mismo por la pericia mostrada.

Llegadas

Ser un hijoputa molaba, pero ser un hijoputa listillo molaba mucho más. Con el tiempo (y los viajes) fui perfeccionando mi estilo y tomando ciertas precauciones: que hubiera una sola persona esperando, que tuviera pinta de hablar poco inglés, si es que eso se puede detectar hoy en día, salir con gafas de sol o una gorra, o ambas, nada de llevar varios bultos ni dejar que me los colocaran en el maletero,… Por supuesto yo no sabía si esos trayectos habían sido pagados de antemano o si eran de cortesía de alguna empresa, si me llevaban a una punta de la ciudad o a un hotel en el centro, nada. Ni lo sabía, ni lo podía saber, así que optaba por bajarme siempre en un sitio con fácil escapatoria. Y aun con todas esas precauciones, en alguna ocasión tuve que tirar de mis mejores recursos para escapar de alguna situación complicada. Como en Bangkok, con aquel tipo de la tablet. Me acerqué a él, a su cartel con el nombre de “Mr. Martinez” y levanté el dedo índice.

– Sure? -me dijo el tipo tras clavarme la mirada. Pasó un dedo por la pantalla de la tablet y apareció el rostro de un hombre que rondaría los sesenta-. Mister Luis Martinez, you?

Evidentemente no iba a salirme con la mía, así que solo quedaba probar la respuesta que ya había ensayado para estas ocasiones:

– Oh, no, sorry. My name is Rodrigo Martínez -fingí una carcajada-. Ha, ha, ha -el charlie mantenía su mirada fija en mí sin cambiar el rictus-. Ha, ha, ha, Luis, no Rodrigo -pronuncié mientras me largaba de allí al divisar a unos metros al verdadero Luis Martínez de la foto.

Aquel día me tocó tirar de transporte público y me jorobó bastante. No en vano a esas alturas de mi vida, rondando los treinta, ya había viajado de gorra una veintena de veces y empezaba a no estar acostumbrado a buscar un tren o un autobús que me llevara al centro de las ciudades.

En Berlín lo bordé. No es que el conductor me llevara al centro de la ciudad, es que “me dejó” a cincuenta metros del hotel. Vi el camino que llevaba por el interior de la ciudad, por la Lindenstrasse y le pedí al conductor que parara un momento junto a un cajero para sacar dinero. Estaba un poco reacio por la incomodidad del sitio para parar, de lo cual yo era obviamente consciente, así que le sugerí que diera una vuelta a la manzana mientras sacaba dinero para la generosa propina que le ofrecí. Por supuesto ni propina, ni cajero, ni españolito danzando por la calle un par de minutos después. Aquel día me zampé una jarra de un litro entera a la salud del pobre Friedrich.

Otra de las precauciones que incorporé a mi catálogo con los años fue la de comprobar que la puerta del coche se podía abrir desde dentro, no fuera a llevar uno de esos sistemas bloqueados que me impidieran la fuga. Así que lo que hacía al poco de arrancar era carraspear, rascarme la garganta en claro anticipo de un esputo en ascenso y abrir la puerta para soltar un gargajo. Los conductores solían mirarme con desdén, cuando no con visible asco, pero a mí me tranquilizaba al saber que no iba a quedar atrapado.

Llegadas 2

Lo que me cuesta reconocer es que este tipo de comportamientos no siempre fue una buena idea. Aquella noche forcé demasiado la situación. Nuestro vuelo aterrizó en Nueva York con cinco horas de retraso. La pereza que me daba buscarme la vida para llegar a Manhattan fue muy superior a las dudas que podía tener. Como solo llevaba un bulto, fui de los primeros en salir de la terminal al área de llegadas. Localicé al “primo” que podría llevarme y de entre todos ellos, con sus caretos visiblemente cansados por las largas horas de espera, encontré a uno que mostraba un cartel con un apellido alemán muy largo, Schwarzenbeck, Schwartzmann, o algo así. Perfecto, me haría pasar por alemán y así no tendría ni que fingir mi nivel de inglés durante el trayecto.

Supe que el conductor era árabe, no tanto por el color de la tez y mi perspicacia, sino por el cartel de Abdullah que lucía en su uniforme. Me pidió que le siguiera rápidamente hacia fuera. Sus pasos eran apresurados y solo ese nerviosismo podía haberme dado ya una señal de aviso. El coche era una limusina negra con los cristales tintados, “Wooow!”, pensé. Abdullah me abrió la puerta y subí a la limusina con una sonrisa de oreja a oreja que se me borró a los dos segundos. El tiempo de ver que dentro del amplio habitáculo había otra persona, un tipo de traje y corbata que me extendía la mano con poco entusiasmo.

– Llegamos tarde a la fiesta -me dijo en un perfecto inglés con acento british europeo-. Mi nombre es Martin.

Le estreché la mano y me acomodé (e incomodé) en el asiento.

– ¿Agua, vino, un whisky? -me ofreció mientras abría un mueble bar justo frente a mi asiento.

– No, gracias. O mejor, solo agua.

Mientras me servía un vaso y el coche se incorporaba con celeridad a la autopista, el gentleman se puso a hablar:

– Por culpa del retraso de su avión no tenemos tiempo ni para que pase por el hotel a darse una ducha. Sé que no es lo mejor, pero aquí tiene el traje, un par de camisas y varias corbatas para que elija -abrió la cremallera de un portatrajes y me mostró todas las prendas-. Espero que no le importe cambiarse aquí mismo, puede asearse y tenemos varios perfumes a su gusto. La condesa está histérica y quiere que le llevemos lo antes posible, sin más dilaciones. Hay más de doscientos invitados esperando ya su llegada.

“Ay, mi madre”, pensé. Hice el número del carraspeo y el gargajo, pero tampoco funcionó porque comprobé que la puerta de la limusina estaba cerrada. Comencé a cambiarme de ropa para no despertar sospechas. “Piensa, piensa, piensa”. Tenía que probar otras cosas:

– ¿Le importaría parar un momento en esa casa de cambio, que tengo que sacar unos cuantos dólares para…?

– ¡Imposible! -contestó Martin-. No hay tiempo que perder y el dinero no es un problema en su familia. No va a necesitar dólares esta noche.

Sobre una mesita junto al mueble bar había unos folletos que hablaban de la fiesta de los Schwarzeleches. La condesa hacía una fiesta para celebrar la vuelta de su hijo menor a los Estados Unidos tras una década en Europa. Miré la foto del chico, “la madre que me parió, es clavadito a mí, con algo más de nariz, pero es casi un mellizo alemán”. Y además tenía una talla muy similar a la mía, como comprobé al probarme el traje y una de las camisas de seda.

La cosa pintaba mal. Y pintó peor cuando vi que nos dirigíamos a un casoplón en Brooklyn. Una mansión cuyo tamaño, solo de la verja de entrada, era mayor que mi apartamentillo en Chamberí. Podía divisar la casa en lo alto de la colina, al final del camino serpenteante por el que avanzaba Abdullah con la limusina. Y luces, muchas luces. Y bullicio, mucho bullicio.

Fue una mala idea, como escribí unos párrafos antes. Tan mala como que después de dos meses esto es lo primero que soy capaz de escribir en un teclado. Los dedos de la mano  derecha empiezan a cobrar la movilidad tras la fractura múltiple, y el médico me ha dicho que a la izquierda todavía le quedan cuatro o cinco semanas más.

Pero viajé gratis, eso sí. No se puede tener todo en esta vida.

 

 

 

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