Richard Curtis y la delgadísima línea del buenismo, por Travis

Z Yesterday

Yesterday (2019), escrita por Richard Curtis y dirigida por Danny Boyle, parte de una premisa delirante: ¿qué pasaría si los Beatles no hubieran existido nunca y solo un músico aficionado recordara sus canciones en ese mundo alternativo? Pues partiendo de este punto absurdo, totalmente inverosímil y lejano para los que buscan realismo o credibilidad en una historia, el guionista Richard Curtis es capaz de inventar una historia que nos mantiene con una sonrisa en la boca durante la mayor parte del metraje.

La película no es ninguna obra maestra, ni mucho menos, pero resulta agradable de ver, entretiene y además te regala un montón de temazos de los cuatro de Liverpool, así que sales de la sala con tu pareja con ganas de tomar una cerveza o un vino blanco, una cena ligera y ver si la noche acaba con la misma sonrisa boba. Como en Estados Unidos se etiqueta todo, he descubierto que este género de películas recibe la denominación de feel-good movies. Películas que te hacen sentir bien o que provocan buenos sentimientos.

Richard Curtis es un guionista al que sigo la pista desde hace décadas porque sus historias te llevan precisamente a ese punto de satisfacción, necesario en ocasiones tras alternar con Tarantinos, Jokers y asesinos en serie. Nació en Nueva Zelanda y debido al trabajo de su padre pasó su infancia en países como Suecia o Filipinas, hasta que se estableció de manera definitiva en Inglaterra con 11 años. Estudió Lengua y Literatura Inglesa en Oxford, donde conoció ni más ni menos que a Rowan Atkinson, estudiante de ingeniería eléctrica por aquel entonces y hoy más conocido como Mr. Bean. Entre ambos escribieron La víbora negra en 1983, una comedia producida por la BBC que tuvo cierto éxito.

 

Su primer gran éxito le llegó con esa comedia de 1994 sobre un grupo de amigos que se juntan en bodas, tienen sus ligoteos, amores no correspondidos, meteduras de pata y alguna historia gay que desconocían: Cuatro bodas y un funeral. Es una película amable que se ve con agrado, excepto por los tartamudeos de Hugh Grant al enamorarse de la norteamericana Andie MacDowell. Poco después, escribió el guion de Bean para su colega Atkinson y repitió la fórmula de Cuatro bodas en Notting Hill (1998): la americana de la que se enamora el británico tartamudo (Julia Roberts), el grupo de amigos con sus rarezas, la mujer desvalida que resulta entrañable o el personaje histriónico pasado de vueltas. Son películas en las que todos los personajes tienen un marcado carácter de bondad o ternura, no hay lugar para la mala leche y mucho menos para la violencia. Existe una delgada línea en las feel-good movies que si se traspasa convierten las mismas directamente en pelis moñas, cargantes, insoportables por momentos. La línea es delgadísima y según te acercas puedes encontrar un inmenso peliculón (Atrapado en el tiempo, Forrest Gump, El show de Truman), o traspasarla y toparte con una moñada cursi y en algunos casos repelente (The holiday, Mientras dormías, Te puede pasar a ti, Algo para recordar). Porque no es lo mismo ser sensible que sensiblero, bueno que buenista o romántico que moñas.

 

Richard Curtis se estrenó como director en 2003 con una obra que se sitúa directamente sobre la delgada línea roja: Love Actually. Trata una docena de historias de amor que se desarrollan muy cerca de la Navidad: amores imposibles, amores no correspondidos, tensiones sexuales no resueltas entre compañeros de trabajo, amoríos fugaces, duraderos, de todas las edades y de todos los tipos. Sus personajes se cruzan, se entrelazan, se relacionan y todo fluye con naturalidad en un guion muy trabajado de principio a fin. Pero aunque algunas de estas historias traspasan por momentos la línea y te provocan directamente arcadas, el conjunto se ha convertido en uno de esos clásicos imprescindibles de la época navideña que se ve con agrado.

Bordear la línea del buenismo y el sentimentalismo es un ejercicio arriesgado que requiere de la complicidad del espectador. Y de la mano firme y sabia del director. Si el espectador suelta “¡venga ya!, ¿que los Beatles nunca existieron?, menuda chorrada”, o “¡qué tontería!, un tipo viviendo el mismo día cien mil veces”, o “viviendo en un programa de televisión, ¡bah!”, en ese momento todo en la película resulta desdeñable. Si no te subes al carro que te propone el director, el resto de la película se convierte en insoportable. Como los musicales.

“¿De qué coño va esto? ¿De unos tíos de una familia que se meten en un armario y viajan hacia atrás en el tiempo? ¡Buffff, qué chorrada!”. Pues de esa premisa tan chorra surgió la maravillosa Una cuestión de tiempo, una de esas pelis que consigue engancharme cada vez que la veo. Es una feel-good movie de manual, una exaltación de la amistad y la familia con personajes entrañables, una norteamericana (otra vez) de la que enamorarse perdidamente, Rachel McAdams, con (otra vez) la hermana del protagonista como una mujer débil y tierna, y un personaje directamente tarado, pero es una gran película. Escrita y dirigida, cómo no, por Richard Curtis en 2013.

 

Como ya expresé en este mismo foro hace tiempo en la Carta de amor de un cinéfago, el discurso final del pelirrojo (Domnhall Gleeson), con la voz en off, podría haberlo escrito yo mismo. De tener el talento de Richard Curtis, por supuesto:

“Todos viajamos a través del tiempo juntos, cada día de nuestras vidas. Solo podemos esforzarnos por disfrutar de este notable viaje”.

“La verdad es que ya no viajo, ni siquiera para revivir un día. Trato de vivir cada día como si hubiera decidido volver a ese día, de disfrutarlo como si fuera el último día entero de mi extraordinaria vida ordinaria”.

La misma línea del buenismo, la peligrosa raya en la que solo los maestros saben moverse, es la que nos propone el viaje al cielo al que se supone que solo van las almas bondadosas que han poblado la tierra. Como no lo hagan bien, director y guionista se caen con todo el equipo.

Qué bello es vivir (1946) comienza de un modo muy arriesgado: muestra a Dios en forma de estrella hablando con un ángel al que encarga la misión de bajar a la tierra para ayudar a George Bailey. Si el espectador rechaza esos tres primeros minutos de película, no hay más que hacer, adiós muy buenas. Pero a los mandos estaba Frank Capra y la película se convierte en una obra maestra absoluta, de principio a fin. El gran clásico de las navidades pasadas, presentes y futuras.

 

Por el contrario, del mismo 1946 es A vida o muerte, Stairway to Heaven en el original o Escalera al cielo en Sudamérica. Escrita y dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger, protagonizada por David Niven y Kim Hunter, nada hacía presagiar que me resultara tan infumable. Quizás porque no entré en el juego que plantea la historia desde los primeros minutos: un piloto que tenía que haber fallecido en accidente, pero se debate entre la vida y la muerte en la cama de un hospital, mientras en el cielo se realiza un juicio para ver si sube la escalera o se queda en la tierra.

Lo normal es que estas películas traspasen la delgada línea de la sensiblería, como el pastelón espantoso Más allá de los sueños, con Robin Williams. Para mi gusto Ghost se queda en el borde, aunque cada vez que sale Whoopi Goldberg cae al abismo tenebroso de la cursilería y el ridículo. Se me ocurre salvar de la quema El cielo puede esperar, de Warren Beatty, o no tomarme en serio Como Dios, o Sigo como Dios, con ese Dios cachondo interpretado por Morgan Freeman.

Cualquiera que siga este blog sabrá qué tipo de películas me suelen gustar. No le hago ascos a las feel-good movies. El mundo está repleto de buena gente, pero también de hijos de puta sin escrúpulos. En mi caso, me gusta rodearme de buena gente, del mismo modo que como contrapartida, en pantalla me encanta ver a hijos de puta sin escrúpulos.

2 comentarios en “Richard Curtis y la delgadísima línea del buenismo, por Travis

  1. Seguiré tu recomendación. La veo y te cuento. Aunque tienes razón: muchas veces el éxito de una película está en que uno acepte la propuesta del director y “se suba al carro”. Ya sé que voy a tocar a uno de tus “intocables” y no en la “delgada línea del buenismo”, sino del extremo contrario. Es decir, si uno acepta la propuesta de Tarantino en “Kill Bill” se lo va a pasar bien, como poco; y si es fan, la considerará como “obra maestra”. Si no la acepta, la película será una especie de tortura con una zorra sedienta de sangre de protagonista que da mandobles de katana a diestro y siniestro (lo demostraría la pelea con los “88 Locos”) y un despilfarro de litros y litros de ketchup (o sangre prefabricada). Es la misma línea que distingue a una película de acción sangrienta de una película gore de “serie Z”.

    Saludos,
    Aguador

    Me gusta

    • Totalmente de acuerdo, la verdad es que nunca lo había pensado así, quizás porque tengo muy claro que la violencia de Tarantino es totalmente irreal y alejada de mi mundo. Pero las pelis de Richard Curtis también lo son. “Yesterday” es entretenida sin más, para un rato agradable con tu pareja escuchando buena música, pero para mí el verdadero peliculón de Richard Curtis que hay que ver es “Una cuestión de tiempo”.
      Esa línea que comentamos, llevada al mundo de Tarantino, no sería la delgada línea del buenismo sino la gruesa línea de la locura psicopática, supongo. Hay gente que no logra entender que disfrutemos algunas de estas locuras gore de litros de ketchup, ja, ja, ja. Siento las risas.
      Saludos.

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.