Los muertos salen a hombros, por Lester

Jard Poncela

“Los muertos, por mal que lo hayan hecho, siempre salen a hombros”.

Esta mítica frase del dramaturgo Enrique Jardiel Poncela me viene a la memoria cada cierto tiempo, de modo especial cuando fallece alguien, da igual si ha sido la mejor persona sobre la faz de la tierra, un tío controvertido o directamente un redomado hijo de perra. Los muertos siempre salen a hombros, como los toreros triunfantes de la plaza, aunque su vida no hubiera sido precisamente un dechado de virtudes, o al menos no en su vertiente pública.

Parece como si la muerte tuviera la facultad de ennoblecer al fallecido, como si con la misma todas sus fechorías quedaran perdonadas, o al menos exculpadas. Por supuesto que hay que respetar a la familia del fallecido, mostrar las condolencias (si se les conoce) a los más cercanos, o al menos no ahondar en el dolor, pero llevo mal la falsedad y la hipocresía.

Si Alfredo Pérez Rubalcaba hubiera escuchado en vida los elogios que soltaron algunos de sus adversarios y (por qué no decirlo) enemigos tras su repentina muerte, no habría abandonado la vida política y a buen seguro habría seguido en la primera línea: “si tan bueno soy, si soy un hombre de Estado como ha habido pocos, si soy una de las figuras más relevantes de las últimas décadas, si soy un tipo indispensable para entender España, ¡no puedo irme a dar clases a la universidad, me necesitan!”

El presidente de Gobierno Pedro Sánchez fue uno de los primeros en subirse al carro de los elogios y quizás de los últimos en bajarse, porque su muerte ocurrió apenas tres días antes del inicio de la campaña electoral e interesaba mantener esa imagen revitalizada y de unidad del PSOE, una imagen que solo la muerte de alguien de peso podía lograr. El tratamiento informativo fue excesivo, especialmente en Televisión Española, la “tele de todos” que nunca es de todos, sino de quien manda. La realidad es que Rubalcaba no se hablaba con Pedro Sánchez y se había apartado de la primera línea entre muchas otras cosas por sus discrepancias, pero eso no iba a evitar el aprovechamiento de su desgracia:

Jard Rubalcaba.PNG

El fin de semana pasado falleció de modo inesperado otro personaje muy conocido, el futbolista José Antonio Reyes. Según han dicho algunos medios, circulaba a 237 kilómetros por hora y su apego a la velocidad era conocida por los que le rodeaban. En su accidente mortal se llevó por delante a su primo y  otro familiar quedó gravemente herido, ingresado con pronóstico grave. El futbolista era un tipo que caía bien, había jugado en el Sevilla, Real Madrid, Atleti, Arsenal, Benfica, Córdoba, Español, Extremadura, en la selección española,… un tipo con mucho más talento que cabeza. Su muerte fue una pena, como todas aquellas que suceden a temprana edad, pero fue consecuencia de su poco seso, como le ocurrió en otros momentos de su carrera profesional. Enseguida comenzaron las muestras de cariño, admiración, los elogios que hacía años no recibía, pero también llegó el mensaje discordante del ex portero Santi Cañizares:

Jard Reyes Cañizares

Cañizares nunca fue el más listo de la clase, ni el que mejor se explicaba, le vi hacer el ridículo hace años en una entrevista con Manel Fuentes, intentando hacerse el gracioso y explicar el sexo tántrico con poca fortuna, pero en su mensaje trataba de incidir en la inconsciencia del futbolista, o en la directa responsabilidad del jugador en su muerte y en el daño a otras víctimas. Lo hizo como tantas otras veces, mal, y no porque no tuviera razón en lo que trataba de explicar, sino por lo mal que lo decía. Le llovieron palos por todos lados, los “ofendiditos” que saltan ahora cada vez que alguien dice una frase fuera de lugar, por simple que pueda parecer. El propio Cañizares, hastiado de la polémica, terminó unas horas después diciendo: “Claro que merece un homenaje y un gran recuerdo por su carrera”. Nadie dice lo contrario.

Cada vez que fallece un personaje famoso, suelo estar más atento a las reacciones que a la propia carrera del fenecido, salvo que sea desconocida para mí. Lo hago por dos razones: la primera, si conozco bien al personaje, porque no me interesa que me cuenten todo lo bueno que hizo obviando sus fracasos o errores, y la segunda, por la gracia que me produce escuchar ciertos halagos, especialmente de los que lo machacaron, atacaron o simplemente ignoraron en vida.

Si es un escritor quien muere, enseguida aparecen cientos de “amigos” que habían cenado o comido con él la semana anterior, lo cual conforma una vida social tan admirable como sorprendente para ser la última semana de vida de un tipo moribundo, o sacan un artículo muy personal con cartas antiguas o una supuesta conversación trascendente con “ese gran tipo que se nos acaba de marchar”. Si es un actor o una actriz quien muere, los compañeros de profesión que no se ocuparon de verle ni de ayudarle a encontrar trabajo se desviven hablando de “un talento innato que no supo ser valorado”. También lo sueltan algunos que fueron directores o productores que no llamaron a su puerta en años, qué digo años, en lustros o décadas.

A veces el personaje que se va a criar malvas es un tipo siniestro que no merece el más mínimo de los cariños, y ahí es cuando observas el difícil ejercicio periodístico de evitar decir que el muerto era un cabrón y siguió siéndolo hasta el último día de su vida, sin ni siquiera un arrepentimiento postrero que pudiera suavizar sus tropelías.

De Jesús Gil se dijo que era una figura “única, irreemplazable, carismática, excesiva”, “un luchador nato”, o le veías atizando un puñetazo a José María Caneda, el antiguo presidente del Compostela, y el narrador decía que era “un tipo impulsivo, vehemente”, “amigo de sus amigos”. Menos mal que no me gano la vida blanqueando cadáveres.

Con todo, el fenómeno que más despierta mi atención en relación con estos asuntos luctuosos es la progresiva mejoría de la calidad artística de los trabajos del fallecido después de fallecido. ¿No ganaba batallas el Cid Campeador después de muerto? Pues algo parecido ocurre con algunos artistas, cuyos representantes o herederos logran vender todo lo que nunca imaginaron en vida, además de escuchar los elogios que jamás cosecharon mientras danzaban por este mundo. Suelen conseguir además otro hecho insólito: reciben de repente el respaldo de la crítica.

¿Habría merecido Heath Ledger los halagos que le llegaron por su papel de Joker en El caballero oscuro de no haber muerto? Pues elogios puede que sí, pero posiblemente poco más. Sin embargo, el actor murió un 22 de enero, justo en el momento adecuado para llevarse todos los premios: Globo de Oro, Óscar al mejor actor de reparto y el Bafta.

James Dean

¿Habría sido James Dean el mito en que se convirtió de no haberse matado en accidente de coche con 24 años? La leyenda del actor se multiplicó con su muerte, pese a que aún no se habían estrenado sus últimos trabajos, Gigante y Rebelde sin causa. Su mirada con el ceño fruncido se debía más a su miopía que a su habilidad interpretativa, y su voz en Gigante tuvo que ser doblada parcialmente porque resultaba poco inteligible. En esta misma película hay escenas en las que se ve a Rock Hudson con ganas de abrirle la cabeza por su sobreactuación, como en la escena de la soga, donde no es que le robara los planos, es que desviaba la atención. Fue su muerte la que lo convirtió en leyenda. Se le asoció al lema “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, erróneamente atribuida a Dean, cuando es una frase pronunciada por Humphrey Bogart en Llamad a cualquier puerta.

Club de los 27

Brian Jones, Janis Joplin, Amy Winehouse, Jim Morrison,… varios de los cantantes muertos a los 27 años cuya fama creció de modo exponencial tras su muerte. Como Kurt Cobain, del que llegué a leer en uno de esos panegíricos tras su suicidio: “al igual que Jimi Hendrix, supo marcharse antes de que lo cambiaran”. Vamos a ver, que la muerte “ennoblece” para algunos, o dignifica incluso sus trabajos anteriores, pero de ahí a decir que pegarse un tiro en la boca como Cobain, o asfixiarse con los propios vómitos como Hendrix es “saber marcharse” hay un mundo.

A Antonio Flores le llovieron los elogios que nunca escuché en vida, que si era un gran compositor, o un estupendo letrista,… ¡hombreee! Que cuando no sabía cómo acabar la canción decía parachururuchururuchuru, parachururuchurururuuu, o ayayayayay esa camiseta, o mi gato hace uyuyuyuy, no nos pasemos solo por la desgracia sufrida.

El amiguete Travis nos contó una vez un esbozo de guion titulado Necrocinefilia, basado en parte en este fenómeno de exaltación del fallecido de modo trágico. Trata de un grupo de amigos que están deseando rodar sus historias y no tienen éxito con ninguna hasta que le cuentan a uno de los productores: “es que el guionista acaba de morir”. Es mentira, por supuesto, tienen que ocultar y fingir la muerte del guionista, que “desaparezca” durante una temporada, pero consiguen el interés del productor, la pasta, ruedan la peli y alcanzan un notable éxito porque a la crítica le interesa esa “visión fatalista del autor, que sin duda preveía un trágico final en su vida”. Pese a que el guionista quiere contar la mentira, salir a la fama y recoger su Goya, los compañeros le convencen para rodar una segunda película. Las mentiras ante la prensa van creciendo y creciendo tanto como la angustia del “falso fallecido” y… si alguien quiere saber el final de la historia que afloje la pasta para producirla.

Jardiel Poncela

En fin, que como decía Jardiel Poncela, los muertos, por mal que lo hayan hecho, siempre salen a hombros. Sabía bien de qué hablaba. Tuvo un final de vida con poco éxito, acumulando fracasos, pasando penurias económicas, y en su nicho dejó la siguiente frase como epitafio:

Epitafio Jardiel Poncela

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