La biodiversidad animal en el gimnasio, por Lester

GYM3Menos mal que se acabó enero. Y digo “menos mal” porque enero es el mes en el que el gimnasio está a reventar de gente, producto sin duda de todos esos propósitos de principios de año que antes de que empiece febrero ya se han enterrado en el baúl de los recuerdos. El que suscribe es usuario habitual, constante y sobre todo silencioso de gimnasios de todo tipo desde hace unos catorce años, desde los cutres en los que se rompen los aparatos mientras haces ejercicios o tienen colchonetas con más lamparones que el vestido de Mónica Lewinsky hasta los megapijos en los que todo huele a colonia y perfumes de lavanda, luego me siento tan capacitado para hablar de sus especímenes como lo estaba Féliz Rodríguez de la Fuente para disertar sobre la fauna ibérica. Que en el fondo es un poco lo que hay en ese pequeño ecosistema que es el gym, un espacio en el que cambian sus criaturas según sean rapaces diurnas, hervíboros de mediodía o depredadores nocturnos.

Yo pertenezco al grupo de los madrugadores, esos tarados que se caen de la cama y entran en el gimnasio poco después de las siete de la mañana, y por sorprendente que pueda parecer dado lo intempestivo del horario, durante todo el mes de enero he tenido problemas para encontrar una cinta libre pese a haber doce disponibles. Bueno, miento, hay diez, porque una lleva estropeada… no sé,… poco tiempo,… como unos dieciocho meses, y otra con el cartel de “NO FUNCIONA” que va rotando de cinta en cinta, yo creo que por joder.

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Luego están las preferencias: los corredores, como animales de costumbres que somos, tenemos nuestra cinta habitual, nuestro hueco predilecto en el que soltar las piernas por las mañanas. En mi caso no es una cinta concreta, sino siempre la más alejada de Nubetóxica. Nubetóxica es una señora de poco más de cincuenta tacos con evidentes problemas de sobrepeso que lleva una camiseta por trimestre. De verdad, es totalmente verídico. No se la cambia nunca la muy cerda, salvo con el cambio de estación. Ahora está en fase roja Cullera 1991, igual que en otoño fue azul Caja Rural de Ahorros o blanca en verano (de Supermercados Condis), lo que provoca un hedor vomitivo a su alrededor que de verdad que no sé cómo la gente aguanta. Yo veo a Nubetóxica en segunda fila a la derecha y me voy a la izquierda de la primera fila. La veo en primera fila en el medio, y me voy a la trasera a uno de los extremos. Si solo queda una cinta libre a su lado,… ese día hago spinning o me voy a correr a la calle aunque estemos bajo cero. La primera vez que se puso a mi lado, la onda expansiva del olor estuvo a punto de hacerme caer del aparato. Otro día se dejó la toalla con la que se limpia el sudor y se activó el protocolo antirradiactivo. Es insoportable.

Luego te llegan los típicos colegas en la oficina, eh, guarrete, seguro que te pones en la segunda fila del gimnasio para verle el culo a las pericas de la primera, ¿eh?, todo ello mientras te dan con el codo y se sonríen de oreja a oreja. No, chavalín, los mejores culos del gimnasio nunca están a las siete de la mañana. Son mucho mejores los del mediodía, pero sobre todo los de la noche, si bien en algunos casos son cuerpos tan artificiales y siliconados que echan para atrás, unos senos turgentes con menos movimiento que yo en una pista de baile. En ocasiones se trata de culos de chonis que van maquilladas al gimnasio como si salieran de una peli de vampiros. O como si fueran la propia vampiresa anhelando ser cazada por los Van Helsing que las acechan. Estoy seguro de que, para ponerse esas mallas apretadas que lucen, utilizan un aparato de envasado al vacío, un extractor del aire que queda entre sus cachas y la lycra, de tal modo que si se les escapa un pedo (y doy fe de que se les escapan, es lo que tiene la alimentación vegana) se puede ver el paso de la burbuja de aire desde sus rectos hasta el tobillo.

Estas superheroínas Marvel tienen su grupo de admiradores, un par de chavales que se miran entre ellos, sueltan las mancuernas, se dan codazos de complicidad y se sonríen mientras con el mentón las señalan y profieren un gruñido gutural extraído del fondo de la garganta del primate que nunca dejaron de ser. El gruñido febril del macho hispano pasa a bramido propio de la berrea de los cérvidos cuando la chica Marvel está trabajando en aparatos que requieren que su cuerpo quede extendido boca abajo con el culo en pompa. O cuando se emplean con fuerza trabajando los abductores y abriendo las piernas todo lo que sus caderas admiten sin llegar al descoyuntamiento.

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Estos chavales que están más pendientes de las féminas que de ejercitar su musculatura (y posiblemente hagan bien) no aguantan mucho en el gimnasio, suelen ser de los que pagan la cuota solo en enero y septiembre. Por el contrario, los tíos que están todo el año machacando su físico cumplen en muchos casos la máxima que leí hace poco:

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Les ves haciendo pesas frente al espejo y contemplando henchidos de orgullo cómo todos los músculos de sus brazos se ponen en tensión. Brazos tatuados con dragones, letras chinas, crucifijos, rosarios, vírgenes o tíos barbudos. O a veces todo junto. Pero sobre todo se les distingue por el ruido que hacen: gimen cada vez que alzan la mancuerna como si un toro bravo les embistiera por detrás, y que cada uno interprete esta frase como quiera. Gimen y gritan para que todo el resto del gimnasio seamos conscientes del esfuerzo tan inhumano que están realizando. Claro que luego les ves coger la toalla con el mismo esfuerzo y gemidos, como si pesara ciento veinte kilos, uuuaaarghh, y se desmitifican ellos solos, aparte de que se secan el sudor compungidos como si se estuvieran pasando una lija en lugar de una toalla.

A las siete de la mañana la edad media de los moradores del gimnasio es elevada, supongo que gente que no puede dormir por su mala conciencia, como las dos brujas charlatanas que me sacan de mi ensimismamiento mañanero. Son dos cotorras de avanzada edad que acuden al gimnasio a andar en la cinta y a hablar a gritos como si estuvieran en la carnicería. Joder, con lo cerca que está el Retiro, con lo agradable que debe ser un paseo con el rocío del amanecer… pues no, les mola ponerse cerca de mí cuando estoy concentrado haciendo series. Se saben la vida de todo el vecindario y de sus familias hasta el decimoquinto grado de parentesco y lo que desconocen se lo inventan. Se las entiende todo pese a la música ambiente del gimnasio, que no se emite a pocos decibelios precisamente. Son terribles. Así que cada vez que esto ocurre me veo obligado a subir el volumen de mi aparato para no oírlas, pero me avisa el móvil de que escuchar con el volumen elevado durante un tiempo prolongado puede ser perjudicial para mis oídos. ¡Joder, lo sé, pero escuchar a las cotorras puede ser demoledor para mi cerebro! Así que he elegido ser sordo antes que acabar imbécil.

Hubo un día en que me puse estratégicamente en una cinta de las que suelen utilizar las brujas. No había más libres en todo el gimnasio, salvo las de mis lados. “Jejejejeje”, pensé, iluso de mí, “hoy no os toca piar sobre el bombo de la hija de Pepita, ni sobre el vividor de Ramón, ni sobre el niño de la Paqui”. Pues me equivoqué, se pusieron a rajar a mi derecha y a mi izquierda, ¡en estéreo!, levantaban la cabeza y hablaban como por encima de mí, como si las muy lerdas pensaran que sus palabras iban a dibujar una parábola perfecta sobre mi cabeza para llegar grácilmente a oídos de su compañera. Joder, fue horrible, estuve por poner una denuncia al Tribunal de La Haya. Además hablaban con ese tono de abuelita cascarrabias que cree que no las escuchas, pero en el fondo desean que lo hagas:

– ¡Huy, Mari, cómo suda este chico!

– Le va a dar algo, Puri.

– A mí me ha salpicado una gota, es que no es normal, le voy a decir algo.

“¡¡Jodeeeer!! Lo que no es normal es el olor a laca que despedís, coño, y que vengáis aquí a andar con lo maravilloso que es un paseo por el parque. Y sí, ¡sudo, sudo muchísimo! Sudo como un pollo al horno, como un finlandés en una sauna o como Pedro Duque en rueda de prensa, porque aquí venimos a hacer ejercicio, a correr, a machacarnos y dejarnos las preocupaciones, no para poner a caldo a todo lo que se menea en vuestro entorno, ¡que un día os vais a morder la lengua y a envenenaros!” Ese día solté los brazos de modo exagerado, para que el sudor salpicara con más fuerza, a mayor distancia, para que les llegara hasta el careto, “huy, Mari, que me ha saltado hasta el ojo, pero este chico…” Una sonrisa se dibujó en mi rostro, ja, ja, ja, ja, ¿se nota lo relajado que salgo del gimnasio?

Al acabar mis ejercicios me pego una buena ducha, momento que me sirve para comprobar que quizás sea el único de todo el vestuario que no lleva tatuajes por el cuerpo. De hecho creo que en los gimnasios de tipo medio hay mayor número de tatuajes  por centímetro cuadrado de piel que en el módulo de reincidentes de una cárcel. De una cárcel común, no de una repleta de ciudadanos “ilustres” como la de Soto del Real.

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En el vestuario comienza también el intercambio de pastillas y recomendaciones sobre las mejores para el engorde de la musculatura. Es acojonante, les ves meterse unos pildorazos de esos que más que pastillas son canicas de claras de huevo reconcentradas. Y batidos de proteínas, y arroz con pollo con unos polvos que no sé de qué son, pero huelen a rayos. He visto a tipos que cambiaban completamente de físico en apenas seis meses. Se hinchan el tronco superior, los pectorales, espaldas, bíceps, cuello, pero por el contrario se quedan con unas piernitas de etíope. “El tipo croiassant sobre alambres”, como definió una amiga mía.

Tras la ducha me visto, me pongo la corbata y me dispongo a iniciar una nueva jornada de trabajo. Salgo del gimnasio, me despido de Hormigatómica, una chica de metro cuarenta súper cachas con unos bíceps que para mí quisiera, de Kirdúglas, el ancianete escuálido sin un gramo de grasa, y de Ligón Podemita, el tipo simpático de la coleta que no viene a hacer deporte, sino a flirtear con la monitora o con alguna joven desprevenida. Sonrío. He liberado endorfinas, he dejado mis preocupaciones atrás empapadas en sudor y he tratado de abstraerme durante una hora escuchando podcasts frikis o las noticias, ¿puede haber algo mejor para comenzar el día?

Creo sinceramente que el CIS no necesita hacer 2.500 llamadas aleatorias para sus encuestas de intención de voto. La biodiversidad humana del gimnasio es una muestra mucho más rica y diversa, bastante más fiel y representativa, de la sociedad. Y total, ¡los resultados iban a ser igual de fiables que los del CIS de Tezanos!

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Un comentario en “La biodiversidad animal en el gimnasio, por Lester

  1. Muy buenas Lester,

    He leído este post atraído por el título….y me ha encantado! Describes una realidad que existe en TODOS los gimnasios… No obstante, aunque yo soy más de correr en la calle, o en la pista de atletismo (cuando toca sufrir de verdad), siempre es una buena opción a esas horas de la mañana…

    Un abrazo y a sumar kms!

    D. Claros

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