Algo racistas, por Josean

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Creo que todos somos algo racistas. Todos, sí. No solo ese amigo tuyo que despotrica de los inmigrantes, ni ese vecino que siempre está metiéndose con los chinos, ni el imbécil que habla de los “sudacas” o “panchitos” con desprecio. Tú y yo, y tu hermano, y tu madre, y tu mejor amigo. Aunque se nos llene la boca diciendo que no lo somos.

Hace años vi un musical que me gustó más por lo que tenía de políticamente incorrecto que por la historia en sí o por la música, Avenue Q. Tenía una canción que se titulaba como la primera frase de este post: Creo que todos somos algo racistas.

Nos guste o no nos guste, la inmensa mayoría de ese “todos” tenemos algún tipo de prejuicio hacia alguna raza, clase social, religión o grupo de población. Y al igual que se ha puesto de moda el término “micromachismos” para definir algunos aspectos menos visibles del machismo latente y condescendiente (aunque el término se ha pervertido hasta el punto de ser usado para verdaderas gilipolleces), creo que tendría sentido el concepto “microrracismos”.

Si nos hicieran “un Villarejo” y nos hubieran plantado un micrófono en muchas de esas comidas en las que a algunos se les calienta la lengua, encontraríamos micro y macro racismos de todo tipo. Muchos de ellos vergonzosos, tanto si se sacan de contexto como si no. Y los que no nos consideramos racistas, o menos en una hipotética e imposible clasificación, reímos la broma o la amplificamos.

A veces intento analizar mi racismo y lo primero que me cuestiono es la palabra en sí.

¿Pienso que mi raza, nuestra raza, es superior a las demás?

¿Tengo algún tipo de aversión o manía a algún grupo étnico, o a toda aquella raza que no sea la mía?

¿Creo que no deberíamos tener todos los mismos derechos o que sería normal discriminar a alguno de estos grupos?

Y me digo a mí mismo que no. A las tres preguntas. Y me recuerdo que he tenido una relación excelente con amigos negros o afroamericanos en Estados Unidos, que por mis hijos he tenido durmiendo en casa a un marroquí, un iraní, un judío, una hindú y una china, que tengo buenos amigos “sudacas”, que me encanta conocer otras culturas y que el color de la piel me resulta irrelevante (el de Halle Berry me encanta, si se me permite el micromachismo microrracista).

¿Entonces? Pues entonces no será un problema de raza o de pertenencia a un grupo étnico u otro. Será otra cosa.

– Los gitanos inventaron el triatlón, porque van corriendo a la piscina y vuelven en bici.

Racismo 2Ja, ja, ja, me puedo reír a mandíbula batiente porque este chiste se lo escuché contar en directo a un gitano, el humorista vallisoletano Vaquero. El hecho de ser gitano y presumir de su condición le permitió hacer un monólogo en el que satirizar sobre otros colectivos como los chinos. O decir frases que me doblaron de la risa como:

– Voy a cambiarme de barrio, que este está muy mal. Se está llenando de rumanos.

Y utilizo ese chiste para atreverme a confesar en público que no me gustaría que la barriada cercana se llenara de gitanos. Soy consciente de que en el concepto racista de “gitanos” metemos a muchos que no lo son. Criticamos sus costumbres, su aspecto, su modo de vida. Sí, muy simpáticos y lo que quieras, veo por las cifras de audiencia que convertimos en programas de éxito los Gipsy Kings y Mi gran boda gitana, pero mejor que vivan en otro sitio.

¿Mi problema es entonces con ciertas clases económicas menos pudientes? Eso sería clasismo, no racismo, pero creo que tampoco. Siento verdadera lástima por todos esos pobres inmigrantes que llegan a nuestras costas en busca de una vida mejor, y me encantaría que en Europa hiciéramos mucho más por ellos de lo que lo hacemos, que suele ser mirar para otro lado, pasarnos por el forro la Directiva sobre Protección Temporal o el Convenio Europeo de Derechos Humanos, organizar reuniones multilaterales en Bruselas para nada, y detener a activistas que intentan echar un cable y evitar muertes en el Mediterráneo. Y mientras, las mafias sacando provecho de la situación.

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Me hice socio de Acnur al principio de toda esta crisis que comenzó con la guerra de Siria, trato de informarme de lo que se hace con nuestras donaciones, y de lo que no se hace desde las instituciones, pero, francamente, soy muy escéptico y no le veo la solución. Llevamos décadas con los problemas de Ceuta, Melilla y el paso del Estrecho, sin apenas avances. Me he mojado con muchos temas desde que escribo en este blog, pero no he sido capaz de hacerlo con la inmigración, porque no tengo ni idea de cómo afrontarlo o cuál es el tratamiento adecuado. Mucho menos la (im)posible solución. Y dentro de esa inmigración pobre que llega a Europa, mi racismo distingue entre el aprecio a los senegaleses y el miedo a cierto tipo de rumanos que ves por el centro o en los semáforos.

Creo que lo mío no es clasismo porque al igual que siento lástima por esos subsaharianos que han llegado a nuestras ciudades, manifiesto mi frontal oposición a determinadas costumbres del Islam más radical que nos han llegado a Europa y pretenden que normalicemos. Y como vienen podridos de petrodólares se les abren muchas puertas, pero yo no quiero el burka ni el niqab en Europa. Ni el chador. Aunque habrá quien le suene excesivo, deberían prohibirse, como han hecho en Dinamarca, Francia, Austria o Bélgica. He estado en algunas calles de Londres que me han hecho sentir como si caminara por Irán. Me cabreo cuando alguien me dice que es su cultura y debemos respetarla, o que lo llevan de modo voluntario. No, me niego, ¿con cuarenta grados en la calle y es voluntario? ¿Debemos respetar el sometimiento de la mujer al hombre, a su dueño? No, desde luego que no, por mucho dinero que se dejen en nuestros comercios.

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No entiendo que los máximos defensores del niqab provengan de la progresía de izquierda, porque “está en su cultura y deberían tener derecho a vestir como quisieran”. Hay muchos aspectos de otras culturas que deben ser erradicados incluso en sus propios países, pero ya que eso no podemos lograrlo, no permitamos al menos que lleguen a Europa. Como la ablación del clítoris o los matrimonios concertados, a veces con menores. Ha habido casos de ambos en España.

Ya que me pongo a hacer confesiones, diré que no me gusta que los chinos estén acaparando los negocios y los locales de mi barrio, ciudad, centro o país. Su cultura no es la nuestra, la cual, por supuesto, tengo en mucha mayor estima y entonces me planteo si lo que me incomoda es eso, que tema que su cultura termine imponiéndose sobre la nuestra. Entonces lo que padezco no es racismo, sino xenofobia, rechazo o aversión a esa cultura o persona llegada de fuera.

Pero lo analizo y creo que no es racismo ni xenofobia, sino algo mucho más racional. Lo que me molesta de verdad es que por culpa de esos Hiper Asia y restaurantes están cerrando los comercios y bares tradicionales de gente de aquí. De “nosotros”, de los nuestros. Me molesta de modo especial porque creo que no compiten con las mismas reglas que el resto: tienen a ocho personas trabajando doce horas diarias los siete días de la semana, nunca jamás me han dado una factura y tengo dudas acerca de si pasarían inspecciones de trabajo, sanidad o Hacienda. En mi familia tengo vetados los chinos cercanos, salvo caso de extrema necesidad (pan o cerveza a las once de la noche).

Gitanos, rumanos, musulmanes y chinos, y seguro que el lector tendrá los suyos. Me digo a mí mismo que yo no soy racista, pero he dejado aquí un buen catálogo, y me permito decir en público que deberíamos frenar el avance de los chinos, que se están quedando con todo, y que sobre todo deberíamos impedir ya (y ya llegamos tarde) el avance del islamismo. Es la guerra santa, idiotas, escribió Arturo Pérez-Reverte en agosto de 2014. “Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez”.

A veces me cabreo conmigo por pensar así y me planteo a qué distancia estoy de los supremacistas o de Donald Trump y su famoso muro para frenar a los “espaldas mojadas”. Me contesto que a una distancia sideral, pero luego veo los problemas que hay en numerosas ciudades europeas con los musulmanes, como en París, Bruselas, Colonia, Estocolmo y tantos otros, y me sorprendo diciendo a mi mujer en voz alta: “no me extraña que estén surgiendo tantos movimientos de extrema derecha en Europa”.

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¿Qué he dicho? ¿Estoy justificando a Matteo Salvini, Víktor Orbán o a los líderes de ultraderecha de Alemania o Suecia? Y aunque diga que no, que nosotros no somos así, me vuelven a la mente las palabras de la canción:

“Creo que todos somos algo racistas”, con el agravante de que ese “algo” ha crecido desde aquella vez que vi Avenue Q hace apenas cinco o seis años.

 

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2 comentarios en “Algo racistas, por Josean

  1. El fenómeno global que Occidente está experimentando es una reacción por parte de los pueblos más autónomos a una maldad mayor que lideres de la ONU realizan descaradamente, para debilitar su demografía y hacernos mas controlables, volviendonos su “ganado”.
    El rechazo a gente de costumbres inferiores o distintas a la nuestra es una reacción natural a un invisible ataque a nuestra superior o familiar forma de vida. También es una reacción a una amenza a nuestra raza: sabemos que en el fondo mezclar nuestros genes con los de ellos es muy desfavorable, y que estamos en riesgo de extinguirnos si no nos cuidamos.
    No hay solución a dar y compartir tu espacio con todos los migrantes del Africa por ejemplo ¿Cual es el sentido que un enorme continente se despoble por completo para que sus habitantes migren a Europa? ¿Tiene más sentido que lo mejor es solucionar los problemas que mantienen al Africa en tan mala situación? ¿Y a quienes le corresponde llevara cabo esa tarea?
    Pues obviamente, a los dueños de casa: a los africanos…

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